en Leipzig

Londres, 22 de diciembre de 1882

Querido Bebel:

Espero que pasado mañana puedas liberarte por 24 horas y que estas líneas obren en tu poder sin dificultad.

El pasaje de mi última carta que te pareció místico no significa otra cosa sino que yo espero una abolición de la ley de excepción de acontecimientos que, o bien son de naturaleza directamente revolucionaria (por ejemplo, un nuevo golpe o la convocatoria de una asamblea nacional en Rusia, cuya repercusión sobre Alemania se mostraría de inmediato), o bien ponen en marcha el movimiento y preparan la revolución (cambio de trono en Berlín, muerte o retiro de Bismarck), ambas cosas con una “nueva era” casi inevitable.

La crisis en América me parece, al igual que la de aquí y la presión aún no levantada del todo sobre la industria alemana, no una verdadera crisis, sino una secuela de la superproducción de la crisis anterior. El crac en Alemania fue precipitado la vez anterior por la estafa de los mil millones; aquí y en América llegó a su hora normal, en 1877. Pero jamás, durante un período de prosperidad, se han incrementado tanto las fuerzas productivas como de 1871 a 1877; de ahí, al igual que en 1837-1842, una presión crónica aquí y en Alemania sobre las principales ramas industriales, en particular el algodón y el hierro; los mercados aún no logran digerir todos esos productos. Puesto que la industria norteamericana sigue trabajando en lo fundamental para el mercado interior protegido, allí puede surgir muy fácilmente una crisis intermedia local con el rápido aumento de la producción, pero a fin de cuentas ésta sólo sirve para acortar el tiempo en que Norteamérica se vuelve exportable y aparece como el más peligroso competidor de Inglaterra en el mercado mundial. Por eso no creo —y Marx es de la misma opinión— que la verdadera crisis vaya a llegar mucho antes de la fecha de vencimiento normal.

Una guerra europea la consideraría una desgracia; esta vez se volvería terriblemente grave, inflamaría por años el chovinismo en todas partes, pues cada pueblo lucharía por su existencia. Todo el trabajo de los revolucionarios en Rusia, que están a punto de triunfar, resultaría inútil, aniquilado; nuestro partido en Alemania sería momentáneamente barrido y estallaría bajo la inundación del chovinismo, y lo mismo ocurriría en Francia. Lo único bueno que podría resultar, la creación de una pequeña Polonia, se daría también, y por sí misma, con la revolución; una constitución rusa a consecuencia de una guerra desdichada tendría una significación completamente distinta, más bien conservadora, que una arrancada revolucionariamente. Una guerra así, creo yo, aplazaría la revolución diez años, aunque después sería tanto más radical. Por lo demás, volvía a vislumbrarse la guerra. Bismarck ha hecho una demostración con la alianza austríaca exactamente igual que en 1867 con las alianzas con los Estados del sur de Alemania en el asunto de Luxemburgo. Habrá que esperar a ver si en primavera ocurre algo.

Tus noticias sobre el estado de la siderurgia alemana nos han interesado mucho, sobre todo la confirmación expresa de que el convenio de cartel de los productores de hierro se ha roto. Eso no podía durar, y mucho menos entre industriales alemanes, que no pueden vivir sin la más mezquina fullería.

Las cosas de Meyer no las hemos visto aquí hasta ahora, así que también en eso nos has contado algo nuevo. Era de esperar que Marx figurase al lado de sus cardenales; a Meyer le producía siempre un placer muy especial poder pasar directamente del cardenal Manning a Marx, cosa que nunca callaba.

En sus «Cartas sociales», Rodbertus estuvo a punto de dar con la pista de la plusvalía, pero no se acercó más. De lo contrario, todo su afán y empeño por socorrer al terrateniente endeudado se habría acabado, y eso no podía quererlo el buen hombre. Pero, como tú dices, vale mucho más que la masa de los economistas vulgares alemanes, incluidos los socialistas de cátedra, que no viven más que de nuestros desechos.

La historia del noviazgo de Carlitos nos era también nueva. La boda, según me han contado testigos oculares, debió de ser muy luctuosa, tanto que uno de los presentes en la ceremonia civil exclamó: c’est l’enterrement de première classe! —¡un entierro de primera clase!

Ayer envié a Zúrich el último manuscrito para el folleto, a saber, un apéndice sobre la constitución de la marca y una breve historia de los campesinos alemanes en general. Como Maurer narra muy mal y mezcla muchas cosas, en una primera lectura cuesta trabajo encontrar el hilo de las cosas. En cuanto reciba pliegos de prueba, te enviaré la historia, ya que no se limita a extractar a Maurer, sino que también lo critica indirectamente y contiene muchas cosas nuevas. Es el primer fruto de mis estudios sobre la historia alemana, cultivados desde hace algunos años, y me alegra mucho no tener que presentarlo primero a los maestros de escuela y otros «cultivados», sino a los obreros.

Ahora debo terminar, si no ya no podré certificar la carta para el correo de la noche. Los prusianos no parecen haber llegado aún al punto de robar también las cartas certificadas; hasta ahora todo llega en estado normal, y la larga práctica me ha enseñado a juzgar eso con bastante seguridad.

Ruégale a tu mujer que acepte la tarjeta de Navidad adjunta y mis más atentos saludos.

Tuyo,
F. E.