en Ginebra

Londres, 16 de diciembre de 1882

Desde hace algún tiempo esperaba la entrada de algún dinero para enviarte de nuevo cinco francos; por fin llegó ayer e inmediatamente después, por la tarde, tu tarjeta postal. ¡60! Así que he sacado al momento un giro postal por los susodichos cinco francos = fr. 126 y espero que recibas el dinero sin demora.

Me ha alegrado mucho saber que has salido de la porquería cantonal y comunal; es una pura pérdida de tiempo, no sale de ahí más que chismorreo e irritación inútil. Dicho sea de paso, el burro de Solari me sigue enviando los dos ejemplares del «Precurseur»; ¡vaya una expedición bonita! 

Los anarquistas se autodestruyen cada año y al año siguiente resurgen de las cenizas, y así seguirá hasta que el anarquismo sea perseguido en serio alguna vez. Es la única secta socialista que realmente puede ser destruida por las persecuciones. Pues su perpetuo renacimiento se basa en que siempre hay vanidosos que quieren hacerse notar por poco precio. Para eso el anarquismo es como hecho a medida. Pero correr peligro, ¡ni hablar! Por eso las actuales persecuciones a los anarquistas en Francia solo dañarán a esa banda si no son pura farsa y engaño policial. Pero quienes en todo caso caen como víctimas son los pobres diablos de mineros de Montceau. Por lo demás, me he acostumbrado de tal manera a los bufones anarquistas que me parece de lo más natural cuando junto al movimiento real corre paralelamente esta caricatura bufa. Son peligrosos solo en países como Austria y España, y aun allí solo momentáneamente. También el Jura, con su relojería dispersa en casas aisladas, parece un foco predestinado de esta idiotez, y a los de allí tus golpes les serán de mucha utilidad.

Marx ha recibido permiso de los médicos para pasar el invierno en la costa sur inglesa y está desde hace unas seis semanas en la isla de Wight. Hasta ahora las cosas han ido bien en los dos puntos principales: no han vuelto a aparecer rastros ni de pleuresía ni de bronquitis. Que con el tiempo cochino que tenemos aquí (desde hace ocho días apenas salimos de la niebla) sean inevitables toda clase de pequeños resfriados para un convaleciente, se comprende de por sí, y en el estado de Marx son también prolongados y desagradables. Pero si no pasa de ahí, no tiene importancia. Sin embargo, el próximo verano bien podría darse que lo manden de nuevo a Suiza, y en ese caso os veréis de todos modos.

La dirección de Madame Lafargue es 66, Boulevard de Port-Royal, París. Su marido acaba de ser detenido, pero ya está de nuevo en libertad; se trataba de algunos discursos en provincias, y cuando el juez de instrucción de Montluçon lo citó a él y a Guesde, en vez de obedecer, se burlaron horriblemente de él en la «Egalité». En consecuencia, orden de arresto, como es natural; pero aunque Lafargue iba todos los días a la redacción y se ocultaba tan poco que incluso se anunciaba como orador en asambleas y hablaba, la fina policía parisina necesitó tres semanas para encontrarlo. Fue puesto en libertad, como antes Guesde, tras el primer interrogatorio en Montluçon. Tal vez les caigan aún un par de meses.

Ya sabes que en Francia el partido obrero se ha escindido. Malon y Brousse no pueden esperar el momento de ser diputados, y para eso hay que reclutar a tambor batiente ganado electoral. Así que hacen un partido sin programa (literalmente, pues tras una larga serie de «Considérants» sigue la conclusión: que cada localidad se haga su propio programa), donde es bienvenida gente de toda laya, y para imponerlo, antes del congreso admiten en el partido a gente que solo acepta el antiguo programa con la reserva de echarlo abajo en el congreso. Guesde, Lafargue, etc. fueron puestos en minoría, y los que permanecieron fieles al programa se fueron a Roanne. Los nuestros no son tácticos y han cometido garrafales disparates, pero aun así se abren paso, y los «posibilistas» no llevarán la voz cantante por mucho tiempo. Los nuestros tienen en el diario «Egalité» una palanca muy importante, y además a ellos solo les importa la causa, cosa que no ocurre con los camarilleros Malon y Brousse.

Bueno, adiós, viejo, mantente fuerte; la cuesta abajo no irá tan deprisa, ¡ya sabes que en esa ruta estamos todos!

Tuyo,
F. E.