en Zúrich

Estimado señor Bernstein:                                           Londres, 4 de nov. de 1882

«Con cortés confirmación de mi atenta de ayer, tengo el placer de acusar recibo de su estimada del 1.º del corriente y me apresuro a contestarla.» Usted ve, el viejo estilo de oficina no ha muerto del todo. — Le escribo inmediatamente para ahorrarle muchas molestias superfluas. Es muy amable de su parte rebuscar y enviarnos todos los libros, pero «realmente no tenemos en este momento ninguna aplicación para ellos». En efecto, M[arx] quiere simplemente, en la 3.ª edición, rectificar y poner al día el estado de la legislación fabril hasta hoy; para ello necesita los textos originales de las leyes y nada más.???!!! Cuestiones accesorias, como la protección obrera, la responsabilidad civil, etc., carecen de importancia para este fin. Y lo que yo para Bismarck!*!#! todavía necesito, se lo escribí ayer: las cotizaciones de los 6 ferrocarriles recientemente estatalizados, de comienzos o mediados de 1879, y los proyectos b[ismarck]ianos de seguro de accidentes, etc., en su primera redacción. Si necesitara una nueva edición de Saling que apareciese entre tanto (me alegra que me llame la atención sobre ello), puedo tenerla aquí en 4 o 5 días.

Sus informaciones sobre García me son muy gratas; nunca se sabe dónde puede uno encontrarse con ese individuo. Lo que dice acerca de la agitación por el túnel del canal de parte de ciertos jefes de las trade unions es completamente correcto. Son los mismos que siempre estuvieron a sueldo de los burgueses radicales (con Morley), esta vez aumentados con G. Shipton, redactor del «Labour Standard». Que la compañía del túnel paga a esta gente, está fuera de duda; puro entusiasmo no los hace incurrir en gastos de viaje, etc. El asunto es, ciertamente, bastante inocente, pero Shipton, de todos modos, ha probado ya una vez el dinero burgués, y dado su ilimitada debilidad y su afán de popularidad, esto puede tener consecuencias ulteriores. La virginidad se ha perdido, y los otros «representative working men»¹ canos en esos manejos no tardarán en llevarlo completamente al remolque.

¹ «obreros representativos»

Que a usted le bombardeen desde París con cartas en favor de Malon contra Guesde, lo creo fácilmente. Pero el corresponsal que usted cita se revela a sí mismo como un juez incompetente al declarar que escribe bajo la impresión de la momentánea agitación antialemana y al reprocharle a usted, como redactor del órgano del partido, que cumpla con su deber, es decir, que contemple el asunto «a vista de pájaro», de manera crítica y con perspectiva, sin dejarse dominar, como él, por el suceso momentáneo y local. Y si ese señor, dos meses después, sigue todavía dale que dale con aquel desdichado artículo!***!, si permite que su juicio sobre una fracción importante de los obreros esté determinado exclusivamente por ese único incidente, ¿deberá el órgano del partido proceder con idéntica estrechez de miras? Si en París existe una multitud de obreros no socialistas y semisocialistas que desahogan su chovinismo contra los odiados alemanes, ¿tiene la culpa el «Citoyen»? No más de la que tienen los socialistas alemanes en París por el hecho de que muchos obreros alemanes no socialistas, en París, Londres, Nueva York y todas las demás grandes ciudades americanas, cuando llega la ocasión, aceptan salarios más bajos, con lo que deprimen el salario de los nativos (¡en América incluso el de los irlandeses!) y arrastran en masa a los obreros alemanes a un descrédito no del todo inmerecido. Y, por último, si el artículo le sentó tan mal al estómago, ¿por qué no defenderse? La desautorización se produjo; es cierto que tomó la cosa con bastante ligereza, pero Marx me dice que, según los conceptos periodísticos de París, fue tan suficiente como la que un periódico de allá suele dar respecto a un redactor que ha metido la pata, mientras no se ejerza presión sobre el periódico. Y esa presión debía ejercerse, y era muy sencillo. Si se redactaba una carta de protesta y se llevaba a la oficina personalmente o por una diputación, la redacción se veía obligada a tomar la cosa en serio. Si el redactor presente (bien podía ser el mismo Picard) ponía dificultades, bastaba la amenaza: si mañana no sale la carta en el «Cit[oyen]», ese mismo día va a Zúrich al «S[ozialdemokrat]». Si su corresponsal no sabía bastante francés, allí estaba Vollmar; si éste se hallaba ausente, Hirsch habría tomado el asunto con gusto. Si esa gente hubiera obrado así, se habrían ganado respeto, habrían dado una lección útil al «Cit[oyen]», y yo me habría alegrado mucho. Pero aguantarlo todo con paciencia de cordero y luego lamentarse, eso es muy alemán y ha granjeado a los alemanes el desprecio merecido. Si nosotros, de franceses e ingleses, nos hubiéramos dejado tratar de esa manera, si nuestros camaradas en Alemania hubieran sido tan pusilánimes, ¿dónde estaríamos hoy? Antes de que los socialistas alemanes de París pretendan que su opinión sobre el movimiento francés tenga validez en el órgano del partido, deben demostrar, primero, que son capaces de una crítica libre e imparcial, y, segundo, que saben dar la cara frente a los franceses. Ni lo uno ni lo otro ha sucedido.

Sobre lo perjudicial de un diario en París no puedo compartir la opinión de usted. Una publicación semanal en París solo actúa sobre círculos reducidos; si se quiere influir sobre las masas, hay que tener un diario. También nosotros estuvimos en contra de un diario cuando no había perspectivas de conseguir uno y cuando se hizo aquella infantil emigración a Lyon con «L’Émancipation»²⁵. Ahora las cosas son distintas. El «Cit[oyen]» se ha hecho un nombre, para sí y para sus redactores, en París; periódicos burgueses de todos los colores han tenido que trabar polémica con él y han sido vencidos y derrotados; y si ahora perdiéramos el diario, sería una derrota decidida. Que no pueda ser un periódico ideal y perfecto, que la redacción pseudodemocrática a menudo, de hecho, funcione por un comité en ausencia de toda la redacción, como en el artículo de Picard, eso no le quita nada. Pero L[afargue] me ha enviado hace poco los números relativos a la escisión!!!, unos 20, y no encuentro en modo alguno que el periódico fuera tan malo — aparte de los puntos ya censurados desde hace tiempo y que en un semanario serían los mismos. Pero un periódico que aparezca dos veces por semana es, para quien conoce las condiciones de la prensa parisiense, de antemano imposible: nacería muerto. O un semanario, o un diario. Y para esto último, la ex redacción del «Cit[oyen]» tiene ciertamente ahora posibilidades muy importantes; así lo prueba su rápida transformación en el diario «Égalité», que ya vende en París más de 5.000 ejemplares.

Ahora, sobre el mitin Clemenceau. Aplicar un rasero alemán a este, como a otras cosas parisinas, es absolutamente imposible. Cuando Gambetta no pudo tomar la palabra en su distrito electoral, toda la prensa radical y socialista triunfó. Ahora le sucede lo mismo a Clemenceau. Cl[emenceau] es un hombre tranquilo, calculador, totalmente dispuesto a ir más lejos si ve la necesidad, incluso a hacerse comunista si se le puede convencer: ¡convainquez-moi donc! Y los obreros de su distrito electoral aplican un medio de convicción muy eficaz al demostrarle que su escaño está en peligro. Esto quizá ponga alas al estudio, algo lento, que hace del socialismo.

Pero, ¿quiénes fueron los que hicieron eso? ¿Acaso exclusivamente Guesde y Cía.? No, ¡el presidente fue Joffrin, amigo de Malon y futuro candidato contrario a Cl[emenceau] en Montmartre! Los nuestros fueron, pues, como siempre hasta ahora en la lucha contra los burgueses, tan decentes que votaron al presidente de Malon y se fueron con los de Malon. Si hay que reprobar la conducta de los obreros, el reproche recae mucho más sobre la gente de Malon que sobre la de Guesde.

La frase del «Cit[oyen]» dice precisamente que esta táctica contra Cl[emenceau] debe continuar; si una vez tuvo éxito, ¿por qué no en adelante también? Si el «Prolétaire» sería capaz de pagar a la «Égalité» con la misma moneda en las asambleas, estoy a la expectativa. Hasta ahora no he visto nada que me autorice a creerlo. Pero, aunque así fuera momentáneamente, ello no importaría y difícilmente duraría mucho.

Y ahora, rápidamente antes del cierre del correo — de lo contrario, esta carta no saldrá hasta el lunes por la mañana —, unas palabras sobre su proyectada campaña programática. !*°°! La considero muy inoportuna. El programa es malo, pero ya nadie habla de él. Una modificación del programa requiere que sea inatacable. Mientras no se pueda elegir abiertamente a los delegados, mientras todo mandato pueda ser impugnado, es mejor, sin necesidad acuciante, no tocar el programa. Una modificación del programa daría al ala derecha el pretexto para hacerse pasar por los verdaderos fieles, que juran por el viejo y probado programa, etc. Piénsese, pues, la cosa dos veces antes de arrojar esta manzana de la discordia en medio de un partido atado de pies y manos.

El mayor peligro de toda emigración política reside en el afán de actuar; ¡algo tiene que pasar!, ¡algo tiene que emprenderse! Y así suceden cosas cuyo alcance no se abarca y que, como uno mismo reconoce después, mejor habría sido que no hubieran ocurrido⁵. ¿Acaso usted y Vollmar padecen todavía de algún afán de actuar? Entonces, ándense con mucho cuidado… consigo mismos.

Con el mejor saludo.

Suyo,
F. E.

Marx está en Ventnor, isla de Wight; le va bien.

⁵ En el manuscrito dice: werden.