en Zúrich

Londres, 27 de octubre de 1882
Estimado señor Bernstein:
Con toda prisa, aquí va el final de las historias parisinas, pues no puedo suponer que los parisinos le envíen a usted las cosas; aquí nosotros mismos tenemos que arrancárselas a la gente a la fuerza.

Así que el «Citoyen» siguió apareciendo bajo la antigua redacción, mientras que Lissagaray redactaba «Le Citayen et la Bataille», con la ayuda de dos anarquistas, Mals y Crie. El viernes por la noche, «Citoyen et Bataille» intenta que la policía confisque «Citoyen» a causa de un folletín de Wanda Kryloff, ante lo cual el propietario del viejo «Citoyen», Blommestein —financiero holandés y ahora asociado de Lissagaray— reclamó derechos de propiedad. Advertido a tiempo, se retiró el folletín, y el comisario de policía encargado de la confiscación tuvo que marcharse con un palmo de narices. El domingo, la redacción de «Citoyen et Bataille» declaró que, si volvían a hacerse intentos de embargo contra «Citoyen», dimitiría en masa (3 hombres). Esa misma noche del domingo, el «Citoyen des deux mondes» —como se había titulado por consejo jurídico— es confiscado por uso indebido del título, también a instancias de Blommestein. El lunes, es decir, el martes por la mañana, reaparece como «Citoyen international» y exige a la redacción de «Citoyen et Bataille» que cumpla su palabra y dimita. Pero a ésta no se le ocurre hacerlo. Mals y Crie declaran en secreto que ellos dimitirán en todo caso, pero no lo hacen; Crie es detenido por presunta complicidad en los sucesos de Montceau-les-Mines y está en prisión.

Entretanto, como la redacción de «Citoyen» teme a diario la confiscación si no cambia de título, desde hace 4 días ha llamado al periódico «L’Égalité», junto a la cual seguirá apareciendo el semanario «Égalité». De dónde sacan el dinero, no lo sé; desde hace 3 semanas no tenemos noticias de esa gente. Hoy tampoco ha llegado ningún número de «Égalité». Pero el genio eminentemente organizador de los franceses se pone de manifiesto, sobre todo entre nuestros amigos, en la organización del más colosal desorden, de modo que no se pueden sacar conclusiones.

El intento de matar a «Citoyen» con ayuda de los tribunales y la policía desgarra a Lissagaray el último jirón que le cubría. Ha aunado estupidez y bajeza en una medida poco común.

Marx le ruega que le envíe un ejemplar de la ley fabril suiza. Si usted pudiera decirnos aproximadamente en qué año se aprobó la ley fabril actualmente vigente en Alemania, y si se trata de una ley especial o forma parte del Reglamento Industrial del Reich, nos haría un favor. Nosotros mismos podremos procurárnosla luego. Marx la necesita para la 3.ª edición del tomo I, y le promete a cambio enviarle alguna colaboración, ocasionalmente, para el «Sozialdemokrat». Dentro de unos días se marcha a la isla de Wight, donde, si no ocurre nada malo, pasará todo el invierno (de 5 a 6 horas de viaje desde aquí).

El señor Garcia de usted es uno de los muchos demócratas de pacotilla que corretean por Londres y participan en todas las asociaciones. Su nuevo jefe central o, como decía Stieber, «jefe supremo», es un barrister, Hyndman, un trepador muy demócrata y candidato al Parlamento que fracasó en las últimas elecciones. Toda esa gente no tiene a nadie detrás más que unos a otros. Se dividen en toda suerte de sectas y en la soporífera cofradía democrática general no sectaria. Lo principal es darse importancia ante el mundo. De ahí la enumeración de celebridades desconocidas en sus corresponsalías. Buena voluntad hay en la mayoría en abundancia, pero también la buena voluntad de representar un papel. Por eso yo le aconsejaría que fuera muy cauto con las cartas de este hombre: una pequeña camarilla que desde hace veinte años ha seguido siendo la misma nulidad bajo distintos nombres y formas — presentar esa nulidad como un partido importante es, a fin de cuentas, su objetivo principal. Pero el «Sozialdemokrat» no está, a mi parecer, para proporcionar a estos impotentes oficiosos una fama continental. Adjunto una tarjeta de una de las pequeñas asociaciones en la que García es secretario y en la que también me invitó hace poco a dar una conferencia; me excusé, por supuesto.

Espero con impaciencia el material sobre Bismarck. Si Marx se marcha ahora, me pongo seriamente a trabajar, y si me meto a fondo en un trabajo más extenso que debería estar terminado hace tiempo, no podré desembarazarme pronto, y le digo de antemano que entonces tendrá que esperar. Si tuviera aquí las cosas, podría ponerme de inmediato y despachar antes este asunto. Bebel lo ha prometido, pero no ha enviado nada, ¡y ahora encima se va a la cárcel, donde ya está Liebknecht!; de los demás, ¡seguramente no recibiré nada de nada!

Adjunto para Kautsky. Afectuosos saludos.

Suyo,
F. E.