en Zúrich

Londres, 20 de octubre de 1882

Estimado señor Bernstein:

Hace ya tiempo que quería escribirle acerca de los asuntos franceses, pero hasta ahora no he tenido ocasión. Mejor así; de una pedrada mato dos pájaros.

1. St.-Etienne. — Pese a los bienintencionados consejos de los belgas, lo inevitable ha ocurrido: los elementos incompatibles se han separado.[20] Y eso es bueno. Al principio, en la fundación del *parti ouvrier*[3], hubo que admitir a todos los elementos que aceptaban el programa; si lo hicieron con reservas secretas, ello tenía que manifestarse más tarde. Nosotros, aquí, jamás nos llamamos a engaño sobre Malon y Brousse. Ambos se criaron en la escuela de intrigas bakuninista; Malon fue incluso cómplice en la fundación de la secreta «Alianza» de Bakunin[27] (uno de los 17 fundadores). Pero, *enfin*[2], había que darles la oportunidad de demostrar si, junto con la teoría bakuninista, se habían despojado también de la práctica. El desarrollo ha mostrado que sólo aceptaron el programa (y lo falsificaron, Malon introdujo diversas adulteraciones) con la secreta reserva de echarlo por tierra. Lo iniciado en Reims y en París[93] se ha consumado en St.-Etienne. El carácter clasista proletario del programa ha sido eliminado. Los considerandos comunistas de 1880[88] han sido reemplazados por los de los estatutos de la Internacional de 1866, que tuvieron que formularse de manera tan laxa precisamente porque los proudhonianos franceses estaban tan atrasados y, no obstante, no se los podía excluir. Las reivindicaciones programáticas positivas han sido anuladas, pues cada localidad queda en libertad de elaborarse, para cualquier fin especial y cuantas veces quiera, un programa particular. El supuesto partido de St.-Etienne no sólo no es un partido obrero, sino que no es un partido en absoluto, porque de hecho no tiene programa: a lo sumo es un partido Malon-Brousse. El peor reproche que estos dos podían hacer al viejo programa era: que había repelido a más gente que la que había atraído. Eso se ha remediado: proudhonianos y radicales[20] ya no tienen motivo para mantenerse fuera, y si dependiera de Malon & Cía., la «papilla revolucionaria» de que se queja Vollmar[100] sería la expresión oficial del proletariado francés.

En todos los países románicos (quizá también en otros) ha imperado siempre una práctica muy indulgente en lo tocante a los mandatos congresuales. Muchos de ellos no podían soportar bien la luz del día. Mientras no se llevara demasiado lejos y se tratara de cuestiones secundarias, ello poco perjudicaba. Pero fueron los bakuninistas quienes (primero en el Jura) introdujeron esto como regla, practicaron el fraude de mandatos como un oficio y pugnaron así por encaramarse a la dirección. Así ahora en St.-Etienne. En la preparación del congreso domina por entero la vieja táctica bakuninista, para la que todo medio es bueno: mentira, calumnia, maquinaciones en lo secreto. Esto es lo único en lo que Brousse es maestro. Olvidan esas gentes que lo que puede tener éxito en secciones pequeñas y en un ámbito reducido, como el Jura, en un verdadero partido obrero de un gran país destruye necesariamente a quienes practican tales cosas y artimañas. La falsa victoria de St.-Etienne no durará mucho, y con Malon-Brousse se habrá acabado pronto de manera definitiva.

Al parecer, todo partido obrero de un gran país sólo puede desarrollarse en lucha interna, como corresponde a las leyes dialécticas del desarrollo en general. El partido alemán llegó a ser lo que es en la lucha entre eisenachianos y lassalleanos, en la que el pugilato mismo desempeñó un papel principal. La unificación sólo fue posible cuando la banda de lumpen que Lassalle había cultivado deliberadamente como instrumento se hubo desgastado, y aún entonces se hizo por nuestra parte con demasiada precipitación.[3] En Francia, las gentes que, si bien han sacrificado la teoría bakuninista, continúan usando los medios de combate bakuninistas y al mismo tiempo quieren sacrificar el carácter de clase del movimiento a sus fines particulares, también tienen que desgastarse primero antes de que sea posible una nueva unificación. Predicar la unificación en semejantes circunstancias sería pura locura. Con sermones morales nada se consigue contra enfermedades infantiles que, en las condiciones actuales, tienen que ser superadas alguna vez.

Por lo demás, también los de Roanne necesitan urgentemente que se ejerza contra ellos una crítica constante y aguda. Muy a menudo se dejan arrastrar por la frase revolucionaria y el afán de acción impotente.

2. «*Citoyen*» — «*Bataille*». Ya en el verano, cuando la «*Bataille*» iba mal, el dinero se había despilfarrado en anuncios, etc., los capitalistas se retiraban y Lissagaray había roto con Malon-Brousse, Lissagaray propuso a Guesde fusionar ambos periódicos; ambos serían juntamente redactores jefe, y cada uno tendría derecho a echar a tres de los redactores del otro periódico. Así pensaba Lissagaray eliminar al odiado Lafargue. Los redactores del «*Citoyen*» rechazaron esto por unanimidad. La «*Bataille*» siguió hundiéndose. Entonces Lissagaray arregló la fusión con el propietario del «*Citoyen*» (un *financier* holandés) a espaldas de los redactores de éste, con la esperanza de someterlos por medio de este golpe de Estado. Sucedió lo contrario: los redactores del «*Citoyen*» continuaron publicando el periódico sin interrupción un solo día y demandaron al propietario por incumplimiento de contrato. Con ello fracasó el *coup* de Lissagaray, quedó él mismo mortalmente en ridículo, y él mismo lo confiesa al recurrir a su última salida: provocar a duelo al «*lâche* Lafargue», como lo llama en la «*Bataille*»; cosa que éste, espero, no aceptará bajo ninguna circunstancia. — Que Lissagaray se ha arruinado para siempre con esta jugada bonapartista, es cosa segura. En el momento en que el partido necesita más que nunca su periódico para la lucha contra los de St.-Etienne, poner en juego su existencia para salvar su propio periódico en decadencia, alterar en cualquier caso (de haber triunfado el golpe) el carácter del periódico, y hacerlo mediante alianza con el propietario burgués contra los representantes del partido, los redactores — eso es algo que no puede pasar.

Si lo adjunto es demasiado fuerte, suavícelo usted.[2] ¿Cómo andan las cosas con la impresión del folleto?[2] Marx está aquí (¡pero es un secreto!) y, con suerte, podrá pasar el invierno en la costa inglesa.

Suyo  
F. E.

Esta carta sale hoy a las 5 de la tarde, 20 de oct., de modo que debería estar en sus manos mañana por la noche o el domingo por la mañana.