en Zúrich

Londres, 22 de septiembre de 1882

Estimado señor Bernstein:

Adjunto el prólogo, las secciones I y II. La número III está igualmente terminada, así como una nota final de unas 7 páginas sobre la antigua propiedad comunal germánica de la tierra («La Marca»). Pero quiero revisarla aún a fondo una vez más y la retengo aquí por algún tiempo.

El reclamo al principio no puedo admitirlo. Como en la edición francesa Lafargue era el editor y Malon envió un engendro de lo más insuficiente, Marx escribió con Lafargue esa introducción, que allí quizá resultara adecuada. En la edición alemana publicada por mí mismo, semejante cosa resulta del todo imposible. No obstante, cuando Marx esté de nuevo aquí, quizá le elabore un folletito sobre el socialismo alemán de 1840 a 1852; eso tiene que hacerse alguna vez. Pero Marx posee más de la mitad del material, y Dios sabe dónde lo tiene enterrado.

De la ley de seguro de accidentes tendría que tener, naturalmente, ambos proyectos, así como todas las nuevas proposiciones de ley de carácter social que se presenten al Reichstag en otoño.

La condena total de los impuestos indirectos ya la establecimos nosotros en 1849 y 1850; de ahí la aprendió Lassalle. Lo que dice usted, por lo demás, sobre Lassalle, tomo nota. Respecto a algunos puntos habría esto o aquello que objetar, pero no viene al caso. La persona de Lassalle queda enteramente fuera de juego, pero no podré evitar poner fin a la ilusión de que Lassalle haya sido un pensador original en economía (y también en cualquier otro terreno).

Me alegra que los artículos sean de Vollmar; demuestra que se ha desarrollado notablemente. Lo que dice usted acerca de la ley contra los socialistas cuenta con mi plena aprobación. Sólo si la ley es derogada pura y simplemente puede sernos de provecho. Y eso ocurrirá únicamente si entra de algún modo nueva vida en el tenderete político alemán, si se producen acontecimientos que empujen directamente hacia la revolución, nueva era, constitución rusa o algo por el estilo. En ese caso es también indudable que obtendremos mayorías allí donde ahora tenemos fuertes minorías, y conquistaremos todas las grandes ciudades excepto Sajonia.

En cuanto a los franceses, su queja es la eterna queja de cualquiera. Los domina el instante, y la persona. No leo el «Citoyen», recibo la «Egalité» de manera muy irregular, no sé si aún vive, así que no puedo juzgar en absoluto lo que esa gente ha hecho últimamente. Pero una cosa es segura: con Brousse no hay paz posible. Éste es y seguirá siendo un anarquista craso y sólo ha admitido la admisibilidad de la participación electoral; además, él y Malon, al expulsar a los otros de la Fédération du Centre, han llevado la lucha al extremo, y Brousse la conduce con una táctica enteramente bakuninista: calumnia, mentiras y toda clase de infamias. La táctica de los otros podrá ser a veces alocada y pueril, podrá errar su objetivo, podrá hacernos imposible a los extranjeros salir en su defensa (cosa que también aquí hemos rechazado regularmente), pero el fondo de la cuestión sigue siendo que con Brousse, de una vez por todas, toda colaboración sigue siendo imposible. Ése no está satisfecho mientras su pequeña clique, al estilo de la «Alianza», no tenga todo el movimiento en la mano. Por lo demás, todo el «Partido Obrero» de ambas fracciones juntas no es sino una parte ínfima de las masas obreras parisinas; éstas siguen siempre a hombres como Clemenceau, contra quien Guesde ha llevado su polémica también de un modo demasiado personal y, por lo demás, de ninguna manera en la forma correcta. Clemenceau es, por cierto, muy susceptible de desarrollo y puede, según las circunstancias, ir aún mucho más lejos que ahora, sobre todo cuando llegue a comprender que se trata de una lucha de clases; cosa que, desde luego, sólo comprenderá cuando no tenga más remedio. Guesde se ha metido en la cabeza que la república ateniense de Gambetta es mucho menos peligrosa para los socialistas que la república espartana de Clemenceau, y por eso quiere impedir esta última, ¡como si nosotros, o cualquier partido del mundo, pudiéramos impedir que un país atraviese sus etapas de desarrollo históricamente necesarias, y sin considerar que difícilmente llegaremos en Francia de la república a la Gambetta al socialismo sin pasar por una república a la Clemenceau! Pero sin esa comprensión de la necesaria conexión histórica y, por tanto, del probable curso de desarrollo de las cosas, no es posible hacer política de partido con éxito. Sin embargo, yo ya he renunciado y dejo a esa gente hacer lo que quiera. Los belgas con sus exhortaciones tampoco conseguirán nada.

La sobrina e hija adoptiva de John Stuart Mill, que envió dinero al fondo electoral, se llama Helen Taylor, así que no es idéntica a Ellen M. Taylor; aunque ambos nombres de pila signifiquen Helena, se distinguen estrictamente.

De García no sé absolutamente nada. De vez en cuando viene alguien del Club a verme; ya me informaré en su momento.

A propósito. ¿De dónde salió el bulo de la muerte de Bebel en «Citoyen» y «Bataille»? ¡Nosotros aquí —y Marx en Vevey, donde estuvo tres semanas— nos llevamos un susto terrible y no teníamos medio alguno de verificarlo, hasta que el lunes por la noche la «Justice» trajo un telegrama de Liebknecht con el desmentido; pues lo que el «Sozialdemokrat» comunicaba y no comunicaba no podía darnos una certeza absoluta debido a que aparecía ya el jueves! Marx está ahora probablemente de regreso hacia Argenteuil, quizá unos días en Ginebra; se encuentra mejor, pero el mal verano le ha privado de la mejor mitad del éxito de la cura.

Ruégole dos líneas de acuse de recibo del manuscrito, así como el envío del mismo con los pliegos impresos, naturalmente bajo faja. ¿Cuánto tiempo puedo retener aquí el resto sin causar trastorno?

Mis mejores saludos.
Suyo
F. E.