en Zúrich

Londres, 13 de septiembre de 1882

Estimado señor Bernstein:

Del trabajo en el balneario de Yarmouth no resultó nada — 5 personas en una habitación, entre ellas un niño de cuatro meses de mi sobrina; allí no había nada que hacer y todo trabajo se disolvía en complacencia y consumo de excelente cerveza de Pilsen. Mañana, sin embargo, me pongo manos a la obra, y sin interrupción hasta que el folleto esté terminado.

Su propuesta acerca del prólogo sobre el socialismo bismarckiano está, hasta cierto punto, completamente en orden y coincide en parte con mis propios deseos. Pero estos asuntos no se pueden despachar en un prólogo; resultaría demasiado largo. Además, me falta el material sobre el seguro de accidentes, etc., a saber, los proyectos de ley, y sin ellos no puede hacerse.

Hace ya tiempo que este asunto me ronda por la cabeza, y veo bien que es necesario escribir algo al respecto. Me propongo ahora escribir una serie de artículos (cada uno de los cuales formará un todo cerrado) sobre el socialismo no auténtico que prolifera en Alemania (para el «Sozialdemokrat»), que luego podrían publicarse como folleto. Primera parte: el socialismo bismarckiano, 1. aranceles proteccionistas, 2. estatalización de los ferrocarriles, 3. monopolio del tabaco, 4. seguro obrero. Para ello necesitaría:

ad 2. un boletín de cotizaciones que indique los valores de las líneas ferroviarias recientemente estatalizadas (Bergisch-Märkische, Berlín-Görlitz, Berlín-Stettin, Märkisch-Posen) poco antes de la estatalización y, a ser posible, los precios que el Estado pagó por esos ferrocarriles;

ad 4. el proyecto de ley de Bismarck tal como fue presentado al Reichstag.

Si puede usted proporcionarme esto, tendré material suficiente.

Pero a ello añadiría una segunda parte, que somete a crítica una serie de concepciones confusas, introducidas por Lassalle y aún hoy repetidas aquí y allá cual papagayos por los nuestros; por ejemplo, la «ley de bronce del salario», «el íntegro producto del trabajo para el» (no «los») «trabajador», etc. Es aún más necesario que en lo que respecta a la primera parte que se ponga orden de una vez en estas cuestiones, y si ello irrita a algunos de los «dirigentes» lassalleanos desdichadamente adoptados, tanto mejor. Así pues, la segunda parte es en realidad la más importante para mí.

Ahora bien, no sé qué tal sentaría a más de uno que el santo Fernando fuera sometido a una crítica objetiva de este tipo. Tal vez se dijera que, si algo así apareciera en el órgano del partido, sería una provocación a la escisión en el partido y una ruptura del acuerdo de entonces con los lassalleanos. En ese caso, una vez terminado, todo ello podría aparecer como folleto, sin previa publicación en el «Sozialdemokrat».

Así pues: o el conjunto aparece en el «S[ozialdemokrat]» y después como folleto,

o aparece de inmediato como folleto,

o por lo pronto queda sin escribir.

Voilà mon cas. Vea usted, pues, lo que prefiere y, si es necesario, consúltese con este o con aquel. Pero, una vez decidido, habrá que cumplirlo. No puedo exponerme por segunda vez a las molestias que me ocurrieron con el «Dühring», cuando Most protestó contra él.

Por lo demás, en los dos artículos del «S[ozialdemokrat]» sobre la eventual abolición de la ley de socialistas ya se ha hecho un excelente trabajo preparatorio en relación con la bismarckiana y lo que le concierne. Sospecho que son de Bebel; si no, el partido puede felicitarse de poseer a un segundo hombre que sabe penetrar tan admirablemente en el meollo del asunto, dejando de lado todas las consideraciones secundarias, y escribir al mismo tiempo con tanta sencillez y claridad. Los artículos son magníficos.

Lo que usted dice para disculpar la endeblez de diversas personas en Alemania, también me lo he repetido yo varias veces. Con todo, se trata una y otra vez de la vieja carencia alemana de carácter y de fuerza de resistencia, y de la necesidad de presentarse, no ante el obrero, sino ante el filisteo, como un hombre de bien respetable, que dista mucho de ser el peligroso ogro por el que se le tiene. Son siempre los mismos que consideran absolutamente necesario su poquito de cultura, para que el obrero no se libere por sí mismo, sino que sea redimido por ellos; la emancipación de la clase obrera solo les parece posible mediante el filisteo ilustrado; ¡cómo van los pobres obreros, desamparados e incultos, a lograrlo por sí mismos!

Ayer escribí a Kautsky. Sostiene haber encontrado unos cuantos doctores philosophiae bastante buenos. Si realmente son buenos, serían muy bienvenidos.

Adolf Beust puede cantarle la melodía del «Vicar of Bray».

Un cordial saludo.

Suyo,
F. E.