en Zúrich

[Londres, 26 de junio de 1882]

...En Irlanda existen dos corrientes en el movimiento. La primera, la más originaria, es la agraria, que, a partir del bandolerismo organizado y apoyado por los campesinos —el de los jefes de clan y los grandes terratenientes católicos desposeídos por los ingleses (en el siglo XVII; estos bandidos se llamaban tories, y de ellos derivan directamente su nombre los tories actuales)—, se ha desarrollado paulatinamente hasta convertirse en la resistencia espontánea de los campesinos, organizada por localidades y provincias, contra los terratenientes ingleses invasores. Los nombres —Ribbonmen (hombres de la cinta), Whiteboys (Muchachos Blancos), Captain Rock, Captain Moonlight (Luz de Luna)!”, etc.— han cambiado, pero la forma de resistencia —el fusilamiento no solo de landlords y agentes odiados (recaudadores de los landlords), sino también de aquellos campesinos que aceptan una granja de la cual otro ha sido violentamente desalojado; el boicot, las cartas amenazantes, los asaltos nocturnos con amenazas, etc.—, todo esto es tan antiguo como la actual propiedad territorial inglesa en Irlanda, es decir, como muy tarde desde finales del siglo XVII. Esta forma de resistencia es irreprimible; la violencia no puede hacer nada contra ella, y solo desaparecerá con sus causas. Pero, por su naturaleza, es local, aislada, y jamás podrá convertirse en una forma general de lucha política.

Poco después de la Unión (1800)[1298] comenzó la oposición liberal-nacional de los burgueses de las ciudades, que, como en todo país campesino con pequeñas ciudades que se extinguen (por ejemplo, Dinamarca), encuentra en los abogados a sus líderes natos. Estos también necesitan a los campesinos; por ello, tuvieron que encontrar consignas que prendieran entre los campesinos. Así, O’Connell encontró una, primero en la emancipación católica, y después en la abolición de la Unión. Esta tendencia, últimamente obligada por las infamias de los terratenientes, ha tomado otro camino. Mientras que la Liga Agraria!??! persigue fines socialmente más revolucionarios (y alcanzables aquí): la eliminación total de los landlords intrusos, políticamente se muestra más bien moderada y se limita a exigir el home-rule, es decir, un parlamento local irlandés, al lado y por debajo del parlamento imperial común. También esto es ciertamente alcanzable por la vía constitucional. Los terratenientes atemorizados claman ya (los propios tories lo proponen) por la redención lo más rápida posible de la tierra de los campesinos, para salvar lo que aún haya que salvar. Por otra parte, Gladstone declara perfectamente admisible una mayor autonomía para Irlanda.

Entre estas dos corrientes se interpuso, tras la Guerra Civil americana, el fenianismo.'*%*! Los cientos de miles de soldados y oficiales irlandeses que participaron en la guerra lo hicieron con la intención secreta de preparar un ejército para la liberación de Irlanda. Las disputas de América con Inglaterra después de la guerra se convirtieron en la principal palanca de los fenianos. Si se llegaba a la guerra, Irlanda se convertía en pocos meses en miembro de los Estados Unidos o, al menos, en república bajo su protección. La suma que Inglaterra asumió tan gustosamente y pagó en el asunto del Alabama con el laudo arbitral de Ginebra!*%! fue el precio con que compró la no intervención americana en Irlanda.

Desde ese momento quedó eliminado el mayor peligro. La policía bastaba para acabar con los fenianos. La traición inevitable en toda conspiración coadyuvó, y sin embargo solo eran líderes los que traicionaban y luego se convertían directamente en espías y falsos testigos. Los líderes que escaparon a América practicaron allí una revolución de emigración y en su mayor parte se envilecieron, como O’Donovan Rossa. Quien ha visto aquí la emigración europea de 1849-1852 reconoce todo esto —solo que, naturalmente, a escala exageradamente americana.

Ahora, sin duda, han vuelto a venir muchos fenianos y han restablecido la antigua organización armada. Constituyen un factor importante en el movimiento y obligan a los liberales a actuar con más decisión. Pero, aparte de esto, no logran nada, salvo asustar a John Bull. Este, aunque se debilita notoriamente en la periferia de su imperio, está todavía tan cerca de casa en condiciones de sofocar fácilmente cualquier revuelta irlandesa. En Irlanda hay, en primer lugar, 14 000 hombres de la «Constabulary», gendarmería armada con rifle y bayoneta, y entrenada militarmente. Luego, unos 30 000 soldados de línea, que pueden ser fácilmente reforzados con otro tanto de tropas de línea y milicia inglesa. A ello se añade la flota. Y en la represión de insurrecciones, John Bull es de una brutalidad sin igual. Sin una guerra o peligro de guerra exterior, una insurrección irlandesa no tiene la menor perspectiva; y solo dos potencias pueden resultar aquí peligrosas: Francia y, en mucho mayor medida, los Estados Unidos. Francia está fuera de cuestión. En América, los partidos coquetean con la fuerza electoral irlandesa, prometen mucho, pero no cumplen nada. Ni se les pasa por la cabeza involucrarse en una guerra por Irlanda. Incluso tienen interés en que en Irlanda reine un estado de cosas que condicione una fuerte inmigración irlandesa hacia América. Y es comprensible que un país que dentro de veinte años será el más populoso, rico y poderoso del mundo no tenga grandes ganas de lanzarse a aventuras que pueden y deben perturbar su gigantesco desarrollo interior. Dentro de veinte años hablará de manera muy distinta.

Pero si surgiera peligro de guerra con América, Inglaterra concedería a los irlandeses todo cuanto exigen, con manos abiertas — solo que no la independencia total, que, dada la situación geográfica, no es deseable en absoluto.

De acuerdo con esto, a los irlandeses solo les queda la vía constitucional de conquistar gradualmente una posición tras otra; aunque el misterioso trasfondo de una conspiración armada feniana puede seguir siendo un elemento muy eficaz. Pero estos mismos fenianos son empujados cada vez más hacia una especie de bakuninismo: el asesinato de Burke y Cavendish!6) solo podía tener por objeto imposibilitar el compromiso de la Liga Agraria con Gladstone. Ahora bien, ese compromiso era lo mejor que, dadas las circunstancias, podía hacerse por Irlanda. Los terratenientes expulsan de casa y hogar a los arrendatarios, por millares, a causa de rentas atrasadas, y además bajo protección militar. Poner coto a esta despoblación sistemática de Irlanda (los expulsados mueren de hambre o tienen que emigrar a América) es la primera necesidad del momento. Gladstone está dispuesto a presentar el proyecto de ley según el cual los atrasos se paguen como se hizo en 1848 con la redención de las cargas feudales en Austria: un tercio lo paga el campesino, un tercio el Estado y un tercio lo pierde el terrateniente. Esta es la propuesta de la propia Liga Agraria. Así, la «hazaña» del Phoenix Park, ¿dónde si no? aparece como una mera tontería, sino pura «propagande par le fait» bakuninista, jactanciosa y carente de fin. Si no tuvo las mismas consecuencias que las tonterías semejantes de Hödel y Nobiling!?!, se debe a que Irlanda aún no se encuentra enteramente en Prusia. Hay que dejar, pues, a los bakuninistas y mostianos que pongan tales niñerías al mismo nivel que la ejecución de Alejandro II y que amenacen con una «revolución irlandesa» que no se produce.

Conviene tener presente, además, una cosa en relación con Irlanda: jamás se debe elogiar incondicionalmente a un político irlandés ni solidarizarse con él mientras no esté muerto. La sangre celta y la explotación habitual de los campesinos (y solo de eso viven, en efecto, en Irlanda todas las clases «cultas», y muy especialmente los abogados) hacen que los irlandeses de la clase política sean muy propensos a la corrupción. O’Connell se hacía pagar anualmente por los campesinos, para su agitación, la cantidad de 30 000 libras esterlinas al año. En tiempos de la unión, que Inglaterra compró con un millón de libras en sobornos, a un sobornado se le reprochó: usted ha vendido a su patria. Respuesta: ¡Claro que sí, y maldita la satisfacción que tuve de tener una patria que vender!

Las infamias de los gobiernos, la policía y los jueces alemanes contra nuestra gente están tomando paulatinamente un carácter que hace parecer pálido hasta el lenguaje más enérgico para enjuiciarlas. Pero como el lenguaje no se refuerza necesariamente por el mero uso de palabras groseras, y, al emplear continuamente las mismas expresiones, como «canalla», etc., se debilita el efecto, de modo que habría que recurrir a expresiones cada vez «más enérgicas», cayendo así en un estilo a lo Most-Schneidt!!, resulta deseable otro medio que garantice la fuerza expresiva sin palabras malsonantes. Y ese medio existe y consiste en el uso predominante de la ironía, el escarnio y el sarcasmo, que hiere a los adversarios más amargamente que las palabras más groseras de indignación. Creo que el «S[ozialdemokrat]»* haría bien en emplear, dondequiera que sea posible, el viejo estilo predominantemente irónico y mordaz —como vuelve a hacerlo en el último número—. Si entonces se intercala de vez en cuando un garrotazo, será tanto más efectivo. También Bebel opina exactamente como yo en este punto. Y, por lo demás, ahora sus corresponsales ya se encargan suficientemente de ofrecer designaciones drásticas de lo que ocurre. |

Frente a la traducción en la «Egalité» del pasaje del «S[ozialdemokrat]» acerca de la expulsión de sus gentes del Congrès du Centre, el «Prolet[aire]» trae un artículo hipócrita sobre un échange de lettres courtoises entre le Comité extérieur du parti ouvrier socialiste allemand et le Comité national français[? #2] ¿Puede usted informarme algo al respecto? No sabía nada de la existencia de un Comité extérieur; ¿acaso se trata de la tan decantada oficina de enlace#*!?

La «Bataille» está en las últimas — c’est une défaite, et méritée?. Liss[agaray] se revela como totalmente incapaz para el periodismo, y tanto él como sus colaboradores Malon y Brousse apelan al odio chovinista de los parisinos contra los alemanes frente a Guesde, etc., marxistes, nébulosités allemandes etc. ¡Todo lo cual no ha impedido a Liss[agaray] ofrecer al propietario del «Citoyen» que quería entrar en la redacción! La redacción, naturalmente, lo ha rechazado de inmediato (esto, en privado).

Marx se encuentra en Argenteuil, con su hija?, se esconde de París y utiliza las fuentes sulfurosas de Enghien para una bronquitis crónica y tos; por lo demás está bien y animado, pero aún debe cuidarse mucho.

¿Le ha dado Adolf Beust la «Geheime Geschichte des Berliner Hofs» de Mirabeau que yo le di para usted? El libro es muy útil para el «S[ozialdemokrat]».

Suyo,

F.E.