en Leipzig

Londres, 21 de junio de 1882

Querido Bebel:

Tu carta tengo que contestarla de memoria, pues se la di a Tussy para que se la enviara a Marx, y desde entonces no he vuelto a verla.

Marx está desde hace unas tres semanas en Argenteuil, cerca de París, en casa de su hija; dicen que tiene muy buen aspecto, moreno como un auténtico «moro» (ya sabes que es su apodo), de muy buen humor y que solo padece aún de tos bronquial. Para quitársela, por fin ha tenido que hacerle a Vogt el favor de hacerse miembro de la banda de azufre. Se está sometiendo, en efecto, a una cura de azufre en la vecina Enghien. Sobre sus siguientes correrías decidirán los médicos.

En cuanto a que un día llegará a un ajuste de cuentas con los elementos del partido de espíritu burgués y a una separación entre el ala derecha y la izquierda, hace ya mucho que no me hago ilusión alguna, y esto lo he expresado ya abiertamente como deseable en el ensayo manuscrito sobre el artículo del anuario. El que hayas llegado a la misma opinión sólo puede sernos muy grato. En mi última carta no mencioné este punto expresamente porque no parece que haya prisa alguna con esta escisión. Si los señores se decidiesen voluntariamente a formar un ala derecha separada, todo estaría pronto en orden. Pero difícilmente lo harán; saben que representarían un ejército compuesto exclusivamente de oficiales sin soldados, como la «columna Robert Blum», que se nos unió en la campaña de 1849 y que sólo quería «luchar bajo el mando del valiente Willich». Cuando entonces preguntamos de cuántos combatientes se componía esta columna de héroes, nos enteramos —ya puedes imaginarte la hilaridad—: un coronel, once oficiales, un corneta y dos soldados. El coronel se esforzaba cuanto podía por parecerse a un Schinderhannes de firmes convicciones, y tenía un caballo que no sabía montar. — Todos estos señores quieren ser jefes, pero sólo dentro de nuestro partido pueden pasar por jefes, y por eso se guardarán de provocar una separación.

Por otra parte, saben que nosotros, bajo el imperio de la ley de los socialistas, también tenemos nuestras razones para evitar escisiones internas que no podemos debatir públicamente. Así que tendremos que aguantarnos con las intriguillas y lamentaciones epistolares y verbales de esa gente hasta que estemos de nuevo en condiciones de ventilar en el país mismo y ante los obreros los puntos de divergencia, tanto de principio como de táctica — a no ser que se propasen demasiado y nos obliguen a ello. Entretanto, la ley de los socialistas, de una manera u otra, se acerca a su bendito fin, y tan pronto como sea eliminada, en mi opinión habrá que decir sin rodeos cuál es la situación; entonces será la conducta de los señores mismos la que muestre lo que haya que hacer.

Una vez que se hayan organizado como ala derecha aparte, se podrá acordar con ellos, de caso en caso, una acción común en la medida en que sea admisible, incluso concertar un cartel con ellos, etc. Aunque esto apenas será necesario: la separación misma pondrá de manifiesto su impotencia. No tienen ni arraigo en las masas, ni talentos, ni conocimientos; sólo tienen pretensiones, pero bien gruesas. Con todo, eso se verá. En todo caso, con ello se esclarecerá la situación y nos libraremos de un elemento que no nos pertenece en absoluto.

No tenemos por qué temer que entonces nos falten candidatos para el Reichstag. Eso es pura imaginación. Si un obrero en el Reichstag confunde alguna vez «mir» y «mich», no tenemos más que preguntar: ¿desde cuándo son capaces los Hohenzollern de distinguir «mir» y «mich», por no hablar ya de los mariscales de campo? Federico Guillermo III y la adorada Luisa cometían más gazapos con «mir» y «mich» que incluso A. Kapell. Y si Bismarck no tiene empacho en nombrar para su Consejo de Economía Nacional a obreros que hablan sin gramática pero votan gramaticalmente, ¿vamos a tenerlo nosotros? Pero ya sé que para algunas gentes eso es un horror. Para nosotros, en modo alguno. Y además pondría fin a esa práctica totalmente absurda de nuestros diputados, según la cual todos tienen que hablar por turno, lo que se pretende «democrático» sin serlo. ¿Cómo puede tener un partido tantos oradores parlamentarios capaces, y cómo va a ser eso cuando tengamos 200 en el Reichstag?

Pero con lo que puedes contar seguro es con esto: cuando llegue el ajuste de cuentas con esos señores y el ala izquierda del partido muestre sus colores, nosotros estaremos en todo caso con vosotros, y de manera activa y con la visera alzada. El que hasta ahora no haya aparecido con mi nombre como colaborador del «Sozialdemokrat» se ha debido simplemente a la influencia que esa gente ejerció durante tanto tiempo sobre el periódico y a la prolongada falta de garantías de que no la recobraran.

En París reina, como sabes, la escisión en el partido obrero. Los de «L'Égalité» (los nuestros mejores, Guesde, Deville, Lafargue, etc.) han sido puestos sin más en la calle por los de «Le Prolétaire» (Malon, Brousse, etc.) en el último congreso del Centro de Francia. El «Sozialdemokrat» censuró con razón este proceder, y «L'Égalité» tradujo el pasaje. A esto responde «Le Prolétaire»: que su tendencia ha expuesto el asunto a la dirección del partido alemán, y que desde entonces se hallan en completa conformidad con esta última. ¿Sabes algo de esto? Los del «Proletaire» mienten con todo descaro, pero, por otra parte, recuerdo tantos ejemplos de que en el «Volksstaat» y en el «Vorwärts» de Leipzig se cometieron las más colosales estupideces con respecto a cosas y personas francesas. ¿Puedes comunicarme algo sobre lo que ha ocurrido en realidad? Intentaré enviarte el recorte del «Proletaire». Malon, Brousse & Cía. encuentran aburrido el trabajo de candidatos obreros, y por eso se han asociado con algunos burgueses radicales y literatos, e invitan al resto de esta clase a una alianza; así piensan ser elegidos más rápidamente. Sus medios de lucha contra «L'Égalité» son exactamente los mismos infames de siempre, los de los bakuninistas.

Tuyo,
F. E.