en Leipzig

Londres, 16 de mayo de 1882

¡Querido Bebel!

Hace ya mucho que estoy en un pie para escribirte. Sobre todo porque no sé con certeza si Marx te ha contestado a tu última carta. Me lo ha prometido varias veces, pero ya sabes cómo van las cosas cuando uno está enfermo. Así que por fin hoy me pongo a ello.

Marx fue primero a la isla de Wight, pero allí tuvo tiempo frío y húmedo. Luego, vía París, a Argel. En el viaje se resfrió de nuevo; en Argel volvió a encontrar frío, humedad y, más tarde, rápidos cambios de temperatura. El resfriado tomó de nuevo la forma de pleuritis (inflamación de la pleura), menos intensa que la primera que tuvo aquí, pero prolongada. Ahora está completamente curado y, huyendo del calor africano que por fin ha llegado, se ha refugiado en Monte Carlo, ¡el establecimiento de juego del príncipe de Mónaco! De allí, en cuanto el verano haya entrado de veras, se irá con la señora Longuet y sus hijos a la costa de Normandía; difícilmente estará de vuelta antes de principios de julio. Ahora sólo se trata de deshacerse por completo de la tos, ya muy arraigada, y probablemente lo conseguirá. Se ha hecho fotografiar en Argel y vuelve a tener muy buen aspecto.

Es una gran desgracia que precisamente tú hayas sido derrotado en unas elecciones que, por lo demás, se desarrollaron brillantemente. Con los muchos elementos nuevos y, en parte, inseguros que han entrado, habrías sido doblemente necesario. Al principio también parece que se cometieron algunas meteduras de pata poco agradables; ahora parece que las cosas van algo mejor. Por eso me alegró doblemente (y a Marx no menos) la actitud valiente del *Sozialdemokrat*, que no se recató en oponerse resueltamente a los lloriqueos y la pusilanimidad de Breuel y Cía., incluso cuando diputados como Blos y Geiser se pronuncian en ese sentido. También a nosotros nos llamaron la atención; Viereck me escribió una carta muy lastimera sobre el periódico, a la que yo respondí con toda amistad, pero muy decididamente, comunicándole mi opinión; desde entonces no he vuelto a saber de él. También Hepner pasó por aquí, «enfermo del corazón, pobre de bolsa» y lamentándose terriblemente; había escrito un folletito muy tristón, por el que vi cuánto había decaído moralmente. El principal lamento de ambos era que el *Sozialdemokrat* no se ajustaba a las leyes vigentes en Alemania y que los tribunales alemanes procesaban a los difusores por el contenido del periódico difundido, por lesa majestad, alta traición, etc. Pero tanto del propio periódico como de los informes sobre los procesos contra nuestra gente se deduce con meridiana claridad que esos cerdos de jueces encuentran, en cualquier circunstancia, un pretexto para condenar, escriba el periódico como quiera. Escribir un periódico en el que no se dé a esos jueces ningún asidero: ese arte está todavía por inventar. Y encima esos señores olvidan que con un órgano tan flojo como desean empujarían en masa a nuestra gente al campo de Most. Por lo demás, a Bernstein, a quien por lo demás hemos apoyado moralmente en la medida de lo posible, le aconsejaré que modere un poco el tono de indignación moral mediante la ironía y la burla, pues ese tono se vuelve aburrido o tiene que exagerarse hasta el extremo, en el que resulta ridículo.

Anteayer estuvo Singer en casa; por él supe que la dirección supuesta aún es buena, cosa de la que, por no haberla utilizado durante tanto tiempo, no estaba yo del todo seguro. Tiene otro reparo. Pertenece a los que ven en la estatización de cualquier cosa una medida medio socialista o al menos preparatoria de socialismo, y por eso secretamente sueñan con aranceles proteccionistas, monopolio del tabaco, estatización de los ferrocarriles, etc. Son desvaríos heredados de la lucha unilateral y exagerada contra el manchesterismo, y tienen muchos partidarios, sobre todo entre los elementos burgueses e ilustrados que han venido a nosotros, porque les facilitan el juego en el debate con su entorno burgués y «formado». Hace poco, según me dijo, debatisteis en Berlín este punto y, afortunadamente, él fue derrotado. No podemos ponernos en ridículo ni política ni económicamente por pequeñas consideraciones de este tipo. Intenté hacerle comprender: 1) que, en nuestra opinión, los aranceles proteccionistas en Alemania son totalmente equivocados (en Estados Unidos, en cambio, no), porque nuestra industria se ha desarrollado bajo el librecambio y se ha hecho capaz de exportar, y para esta capacidad exportadora necesita absolutamente la competencia de los productos semiacabados extranjeros en el mercado interior; que una industria siderúrgica que produce 4 veces más de lo que el país necesita, utiliza el arancel proteccionista sólo contra el interior, mientras que, como demuestran los hechos, malvende a precios de saldo en el extranjero; 2) que el monopolio del tabaco es una estatización tan mínima que ni siquiera puede servirnos como ejemplo en el debate; que, por lo demás, a mí me da exactamente igual que Bismarck lo imponga o no, pues tanto lo uno como lo otro ha de redundar finalmente sólo en provecho nuestro; 3) que la estatización de los ferrocarriles sólo beneficia a los accionistas, que venden sus acciones por encima del valor, pero a nosotros en absoluto, porque con las pocas grandes compañías acabamos igual de rápido que con el Estado, si es que primero nos apoderamos de éste; que las sociedades por acciones ya han suministrado la prueba de lo superfluo que es el burgués como tal, puesto que toda la administración es llevada a cabo por funcionarios asalariados, y la estatización no añade ningún nuevo argumento probatorio a este respecto. Pero él se ha metido demasiado esta idea en la cabeza, y sólo estuvo de acuerdo conmigo en que, desde el punto de vista político, vuestra actitud de rechazo es la única correcta.

Cierre del correo. Un cordial saludo a ti y a Liebknecht.
Tuyo,
F. E.