en Argenteuil

[Argel] Lunes, 27 de marzo de 82

Mi querida hija:

Recibí hoy tu carta (el 27 de marzo); ya sabes cuánto me alegra siempre tener noticias vuestras. Mis informes para ti no te han ocultado lo peor; puedes tener la absoluta certeza de que simplemente digo la verdad cuando te comunico que mi estado de salud ha ido mejorando cada vez más desde mi última carta para ti. Ya no hay insomnio (que es, con mucho, lo peor de todo), ni falta de apetito, ni accesos de tos violentos de ningún tipo; la tos se ha mitigado realmente mucho. Naturalmente, los vejigatorios, debido a su intensa acción, solo pueden renovarse una vez por semana; así, el proceso de curación de la pleura (el tejido esencial del órgano no está atacado en absoluto) del lado izquierdo requiere cierto tiempo. Naturalmente, un tiempo sumamente inestable, con cambios repentinos, tormentas, calor, frío, lluvia y realmente solo escasos intervalos buenos – la atmósfera que correspondería a la estación, constantemente cálida y «seca», sigue siendo el gran desiderátum. Si ayer mismo hubiéramos alcanzado un punto de inflexión decisivo – fue un día hermoso y di un paseo –, hoy el cielo está gris (con un matiz negruzco), la lluvia cae a torrentes y el viento aúlla. La gente de aquí está harta de ello, pues no haría falta repetirlo una y otra vez: un tiempo así desde diciembre (inclusive) es del todo insólito en Argel. Lo correcto habría sido informarse antes de emprender semejante caza de gansos salvajes.

Entre nous: aunque en la isla de Wight el tiempo fue desfavorable, mi salud mejoró, no obstante, tanto que la gente se asombró cuando regresé a Londres. Pero entonces, en Ventnor, tuve tranquilidad; en Londres, en cambio, la inquietud de Engels (Lafargue, un charlatán, también consideraba que «pasear», tomar aire fresco, etc., era todo lo que me hacía falta) me desequilibró de verdad: sentí que ya no podía soportarlo más; ¡de ahí mi impaciencia por salir de Londres a toda costa! ¡Las personas pueden matarlo a uno con el amor más auténticamente sincero; con todo, nada hay más peligroso en tales casos para un convaleciente!

Como te escribí, querida hija, tuve la suerte de dar aquí con personas bienintencionadas, amables y modestas (suizos franceses y franceses auténticos; en mi hotel-villa no hay ni alemanes ni ingleses). El señor Maurice Casthelaz actúa como voluntario bajo las indicaciones del Dr. Stephann; ninguna ninfa podría ser más solícita ni atenta. Por tanto, no te hagas preocupaciones innecesarias, hija mía, por mi situación supuestamente desamparada. Hay suficientes ayudas masculinas y femeninas; y, por otra parte, es privilegio del «paciente» guardar silencio, retirarse, etc., siempre que prefiero la soledad o no quiero hacer caso a la compañía.

En general, he descuidado por completo la prensa diaria francesa, inglesa, etc.; solo leo los telegramas. Lo que, por ejemplo, desearía, serían los artículos de Longuet sobre la huelga (Lafargue me escribió un gran panegírico de esos artículos). De la tontería de Massard solo sé hasta ahora lo que tú me escribiste.

Escribe a Hirsch que me envíe su contribución sobre Adam. Quisiera poder traer aquí a Johnny con un gorro de los deseos en un día hermoso; cómo se asombraría mi pequeño tesoro de los moros, árabes, bereberes, turcos, negros, en una palabra, de este Babel y de los trajes (la mayoría de ellos poéticos) en este mundo oriental, mezclado con los franceses «civilizados», etc., y los aburridos ingleses. ¡Besos también a mi dulce Harry, al noble Wolf y al gran Pa!

Y ahora, adiós, mi queridísima hija; recuerdos también a Longuet.

Vuestro viejo Nick.

No cabe pensar en trabajo alguno; ni siquiera en la corrección de El Capital para una nueva edición.