en Ginebra

Londres, 10 de febrero de 1882

Querido viejo:

No teníamos ni idea de que habías estado tan gravemente enfermo; solo sabíamos que padecías una erisipela facial, y esa suele tener un curso bastante leve. De haber tenido la menor sospecha del estado de las cosas, te habría hecho llegar enseguida algún dinero, aunque yo mismo andaba muy escaso y solicitado por todos lados. Pero aún no es tarde, de manera que he girado un giro postal por cuatro libras esterlinas = 100 francos y 80 céntimos, cuyo aviso probablemente ya te habrá llegado; un error formal cometido aquí me impidió escribir antes de hoy.

Entre nosotros, casi cabe considerar una suerte que Marx, durante los últimos meses de vida de su mujer, estuviera tan ocupado con su propia enfermedad que no pudiera dedicar demasiada atención a la pérdida que se avecinaba y que finalmente se produjo. Aunque desde hacía más de seis meses sabíamos con absoluta certeza cuál era la situación, el desenlace mismo fue un golpe terriblemente duro. Marx partió ayer hacia el sur de Francia; adónde irá desde allí se decidirá definitivamente, al parecer, en París. ¡De ningún modo, en un primer momento, a Italia!; al comienzo de la convalecencia hay que evitar también la posibilidad de vejaciones policiales.

Hemos reflexionado sobre tu propuesta y opinamos que el momento de llevarla a cabo aún no ha llegado, pero se acerca. En primer lugar, una nueva Internacional, reorganizada formalmente, solo provocaría nuevas persecuciones en Alemania, Austria, Hungría, Italia y España y, a fin de cuentas, no dejaría otra opción que abandonar la cosa o hacerla secreta. Esto último sería una desgracia por las inevitables ansias de conspiración y de golpe de mano, así como por la igualmente inevitable admisión de mouchards. Incluso en Francia no sería del todo imposible una nueva aplicación de la ley contra la Internacional, que no ha sido derogada en absoluto.

En segundo lugar, con la actual querella entre «Égalité» y «Prolétaire» no se puede contar en absoluto con los franceses, a menos que uno se declare por uno de los partidos, y eso también tiene sus malas caras. Por lo que a nuestras personas concierne, estamos del lado de «Égalité», pero nos guardaremos muy bien de aparecer públicamente ahora por esa gente, pues, a pesar de haber sido advertidos expresamente por nosotros, han cometido un desacierto táctico tras otro. — En tercer lugar, con los ingleses hay ahora menos que hacer que nunca: he intentado durante cinco meses, a través del «Labour Standard», en el que escribía artículos de fondo, enlazar con el viejo movimiento cartista y difundir nuestras ideas, para ver si eso encontraba algún eco. Absolutamente nulo, y como el redactor, un pobre hombre bienintencionado pero débil y sin empuje, acabó por asustarse de las herejías continentales que yo metía en el periódico, lo dejé correr.

Así, pues, no quedaría más que una Internacional que, fuera de Bélgica, se limitase a la emigración pura y simple, pues, con la excepción quizá de Ginebra y sus alrededores, ni siquiera se podría contar con los suizos —véase «Arbeiterstimme» y Bürkli. Fundar una mera asociación de refugiados apenas valdría la pena. Pues los holandeses, portugueses y daneses tampoco hacen gran cosa, y cuanto menos se tenga que tratar con serbios y rumanos, tanto mejor.

Por otra parte, la Internacional continúa existiendo de hecho. La vinculación entre los obreros revolucionarios de todos los países, en la medida en que ésta puede ser efectiva, está ahí. Todo periódico socialista es un centro internacional; desde Ginebra, Zúrich, Londres, París, Bruselas, Milán, los hilos corren y se entrecruzan en todas direcciones, y realmente no sabría qué nueva fuerza podría aportar en este momento la agrupación de estos pequeños centros en torno a un gran centro principal del movimiento; probablemente no haría más que aumentar las fricciones. Pero cuando llegue el momento en que sea necesario concentrar las fuerzas, eso mismo será cosa de un instante y no requerirá ninguna larga preparación. Los nombres de los luchadores de vanguardia de un país son conocidos en todos los demás, y una manifestación firmada y representada por todos causaría una impresión colosal, muy distinta de la de los nombres, en su mayoría desconocidos, del viejo Consejo General. Mas precisamente por eso es preciso reservar tal manifestación para el momento en que pueda tener un efecto contundente, es decir, cuando los acontecimientos europeos la provoquen. De lo contrario, se malogra el efecto para el futuro y no se logra más que un golpe en el agua. Ahora bien, tales acontecimientos se están preparando en Rusia, donde la vanguardia de la revolución llegará a combatir. Eso, y el inevitable contragolpe sobre Alemania, es lo que hay que esperar —en nuestra opinión—, y entonces llegará también el momento de una gran manifestación y de la instauración de una Internacional oficial y formal, que ya no podrá ser una sociedad de propaganda, sino solo una sociedad para la acción. Por eso creemos firmemente que no debe debilitarse un medio de lucha tan magnífico despilfarrándolo y gastándolo en tiempos relativamente tranquilos, ya en vísperas de la revolución.

Creo que, si vuelves a reflexionar sobre el asunto, te sumarás a nuestra opinión. Entre tanto, ambos te deseamos una buena y rápida mejoría y esperamos tener muy pronto noticias tuyas de que estás otra vez completamente repuesto.

Siempre tu viejo  
F. E.