en Londres

12 de enero de 1882
l, St. Boniface Gardens, Ventnor

Querido Engels,

A título de prueba me quedaré aquí todavía una semana (la tercera a contar desde hoy); hasta ahora ningún cambio del tiempo a mejor, más bien lo contrario. Tussy irá el lunes a Londres con motivo de una función teatral en la que participa, y luego regresará aquí.

Al salir de Londres, de las 40 libras que me diste, tenía que gastar algo menos de 20 en cosas inevitables. Aquí la vivienda me cuesta 2 guineas por semana, y con carbón y gas, prescindiendo de otros extras, aproximadamente 2 libras 15 chelines; el resto del gasto semanal unas 4 guineas. Es un suelo caro para la prestación climática del poblacho. Con los gastos de viaje he desembolsado unas 17 libras y me quedan aún 5. Esto no alcanza para la última semana (incluyendo el viaje incidental de Tussy a Londres y nuestro probable regreso común la semana próxima). Por eso me sería grato que, si es factible, me enviaras hasta el lunes próximo algunas libras.

Por lo que respecta a lo ulterior, ante todo, en semejante coyuntura, Tussy ha de hacer el papel de mi acompañante (por lo demás, cuando vuelva a salir, me las arreglaré sin acompañante). La niña se halla bajo una presión mental que socava por completo su salud. Ni viajes, ni cambio de clima, ni médicos pueden nada en este caso. Lo único que cabe hacer por ella es complacer su voluntad y dejarla pasar por sus lecciones teatrales con Madame Jung. Arde en deseos de abrirse, según cree, una carrera artística activa e independiente, y una vez admitido esto, tiene sin duda razón en que, a su edad, no hay que perder más tiempo. Por nada del mundo quisiera que la niña se imaginara que se la está sacrificando en el altar de la familia bajo la forma de «enfermera» de un anciano. En realidad, estoy convencido de que Madame Jung puede ser por ahora su único médico. Ella no se sincera; lo que digo está basado en la observación, no en sus propias declaraciones. Lo recién mencionado no está en contradicción con el hecho de que los síntomas más inquietantes, que sobre todo por la noche, según me dijo Miss Dolly Maitland (estuvo aquí dos días), son de naturaleza histérica — y en verdad espeluznante—. Pero también contra esto no hay por el momento otro remedio que una actividad que le agrade y la absorba. Tengo algunas conjeturas acerca de sus asuntos sentimentales; pero el tema es demasiado delicado para tratarlo por escrito.

He recibido una carta de la familia Sorge, escrita por el viejo, refrendada por la señora Sorge y Sorge hijo, en la que me proponen volver la hoja, es decir, establecerme en Nueva York en su casa. ¡En todo caso, bien intencionado!

En la «Arbeiterstimme», donde C. Schramm, apoyándose en mí, se abalanzó sobre Karl Bürkli, ahora Bürkli se abalanza sobre Schramm, demostrándole que todo cuanto aduce nada tiene que ver con el asunto, puesto que yo no me he ocupado en parte alguna de la clase de dinero que él, Bürkli, propone, a saber, «cédulas bancarias hipotecarias que devengan interés». Pero lo que sí sorprende a Bürkli es que yo no mencione en ningún sitio al polaco August Cieszkowski («Du crédit et de la circulation», París 1839), aunque el «rudo Proudhon» en el «Système des contradictions économiques» polemiza largamente, aunque con deferencia, contra Cieszkowski (el «protoinventor» de las cédulas bancarias bürklianas). Este Cieszkowski —un conde, como observa el suizo de nacimiento Bürkli, y además «doctor en filosofía» y «hegeliano», e incluso «compatriota de Marx», a saber, como «diputado por Posen» en la Asamblea Nacional «prusiana»—, este conde, etc., me visitó efectivamente una vez en París (en la época de los «Deutsch-Französische Jahrbücher») y me causó tal impresión que no quise ni pude leer absolutamente nada de lo que perpetró. Sigue siendo curioso que los inventores del dinero de crédito «real», que debe servir a la vez de medio de circulación, en oposición a lo que llaman dinero de crédito «personal» (como los actuales billetes de banco), ya en tiempos de la fundación del Banco de Inglaterra —en interés y por encargo de la aristocracia terrateniente—, intentaran fortuna, aunque en vano. Bürkli, desde luego, ¿en el desvarío acerca de la fecha de nacimiento «histórica» de su «idea» cieszkowskiana, redescubierta por cuenta propia?

Lo que desde el primer momento me ha chocado en el manifiesto guillermino de Bismarck es ¡la confusión entre el rey de Prusia y el emperador alemán! En esta última calidad, el mozo no tiene absolutamente ningún pasado histórico, ni tradiciones Hohenzollern (entre las cuales ahora ocupa el primer lugar el viaje —¡el viaje de estudios constitucional del «príncipe de Prusia» a Inglaterra!). Que Bismarck —aunque de modo ridículo— haya jugado esta carta es delicioso, después de las nauseabundas protestas de Mommsen, Richter, Hänel et tutti quanti, que se deshacen en amor de súbdito. Esperemos vivir aún algo.

Tu
K. M.