en Zúrich

Londres, 6 de enero de 1882

Estimado señor Bernstein:

Le escribo hoy con prisa para aclararle las expresiones extrañas que aparecen en el último número de la «Egalité» sobre el «Sozialdemokrat». La bondadosa ingenuidad de Guesde ha hecho que para la parte alemana del periódico contratara al conocido enemigo mortal de todo lo que sea «zuriqués»¹, y éste no ha podido dejar de expresar de esa manera su descontento por el hecho de que exista el «Sozialdemokrat» y no la «Laterne». Háganos a nosotros y a la causa el favor de no hacer caso de ello. Si se repite, pondremos fin de inmediato al asunto. A nosotros, por el contrario, nos ha alegrado que el «Sozialdemokrat» les echara en cara a los señores diputados inmediatamente de manera directa su cobardía, y llevara con ello el asunto a una decisión de la que muchos, en ausencia de Bebel, sin duda habrían preferido escabullirse.

Por lo demás, las gentes de la «Egalité» han tenido más suerte de la que, en el fondo, merecían. Malon y Brousse se han cubierto de ridículo de manera espantosa cuando, con ocasión de la candidatura de Joffrin, presentaron un programa debilitado –¡contra la resolución del congreso de Reims!– y, entre los puntos sometidos a discusión en Reims, suprimieron sin más uno que les resultaba desagradable («Egalité», núm. 4, página 7, París). Con ello han dado a la «Egalité» el fundamento jurídico que, en las circunstancias, era imprescindible por razones tácticas: no son Guesde y Cía., sino Malon y Cía. los verdaderos «autoritaires», los aspirantes a la dictadura; y, puesto que la lucha ha estallado abiertamente, nuestras simpatías están, naturalmente, todas con Guesde y sus amigos. Además, la «Egalité» es, como siempre, infinitamente superior en contenido al «Proletaire». Malon y Brousse actúan de nuevo como auténticos bakuninistas: lanzan a otros el reproche de ambicionar la dictadura y quieren ellos mismos, bajo una aparente defensa de la «autonomía» y sin respetar los acuerdos del partido, dominar.

Marx está en Ventnor, Isla de Wight, pero escribe que tiene muy mal tiempo, peor que el que tenemos aquí. Probablemente esto cambiará pronto; en todo caso, los peligros de una recaída ya han sido eliminados de manera bastante completa. La prisa con que la prensa burguesa difundió la noticia de su muerte segura y próxima le ha sentado muy bien: «Ahora, para fastidiar a esos malditos perros, tendré que vivir todavía mucho más tiempo».

Kautsky tendrá que armarse de paciencia unos días más. Schorlemmer está aquí, y en ese caso lo más que se puede hacer es algo de ciencia natural, además de las muchas carreras de un lado para otro que no terminarán hasta la semana próxima. Luego le escribiré acerca de los polacos, tema para el que, como dice Schorlemmer en su calidad de darmstadtés, también tenemos tiempo.

Muchos saludos a él y a usted

de su

F. Engels