en Zúrich

| Londres, 30 de nov. de 1881

Querido señor Bernstein:

Si algún acontecimiento exterior ha contribuido a que M[arx] volviera a ponerse un poco en pie, han sido las elecciones. ¡Jamás se ha portado un proletariado tan espléndidamente! En Inglaterra, tras el gran fracaso de 1848, cayó en la apatía y acabó por resignarse a la explotación burguesa, reservándose la lucha aislada de las trade unions por salarios más altos. En Francia, desaparición del proletariado de la escena después del 2 de diciembre. En Alemania, después de 3 años de inauditas persecuciones, de una presión incesante, de una imposibilidad completa de organización pública e incluso de comunicación, nuestros muchachos no solo se mantienen con la fuerza de siempre, sino fortalecidos. ¡Y fortalecidos justamente en un aspecto principal: el centro de gravedad del movimiento se ha desplazado de los distritos semirrurales sajones a las grandes ciudades industriales!

La masa de los nuestros en Sajonia se compone de tejedores manuales, condenados a perecer por el telar mecánico y que solo subsisten a duras penas gracias a salarios de hambre y ocupaciones accesorias (horticultura, talla de juguetes, etc.). Esta gente se halla en una situación económicamente reaccionaria; representa una fase de producción en decadencia. Por consiguiente, no es, cuando menos en la misma medida que los obreros de la gran industria, representante nata del socialismo revolucionario. Por eso no es reaccionaria de por sí (como acabaron por ser aquí, p. ej., los restos de los tejedores manuales —el núcleo cristalino de los «Conservative Working Men»—), pero a la larga es insegura. Sobre todo debido a su situación terriblemente miserable, que la hace mucho menos resistente que los habitantes de las ciudades, y a su dispersión, que hace más fácil sojuzgarla políticamente que a las gentes de las grandes ciudades. Según los datos proporcionados por el «Sozialdemokrat», hay que admirar realmente el heroísmo con que estos pobres diablos han aguantado todavía en número tan considerable.

Pero no constituyen un núcleo sólido para un gran movimiento nacional. Su miseria los hace, en determinadas circunstancias —como de 1865 a 1870—, más rápidamente receptivos a las ideas socialistas que los habitantes de las grandes ciudades. Mas esa misma miseria los vuelve también inseguros. Quien se está ahogando se agarra a cualquier pajita y no puede esperar a que el barco que ha de traer la salvación se desate de la orilla. El barco es la revolución socialista; la pajita, el arancel proteccionista y el socialismo de Estado. Es significativo que allí, en nuestros viejos distritos, casi solo los conservadores tuvieran posibilidades frente a nosotros. Y si en aquel entonces Kayser pudo soltar tales sandeces acerca del proteccionismo y los demás no se atrevieron a enfrentársele debidamente, ¿a qué se debió, como el mismo Bebel me escribió, sino a los electores, sobre todo a los de K[ayser]?

Ahora todo eso es distinto. Berlín, Hamburgo, Breslau, Leipzig, Dresde, Maguncia, Offenbach, Barmen, Elberfeld, Solingen, Núremberg, Fráncfort del Meno, Hanau, junto a Chemnitz y los distritos de los Montes Metálicos, ofrecen un sostén completamente diferente. La clase que por su situación económica es revolucionaria ha pasado a ser el núcleo del movimiento. A ello se añade que el movimiento se ha extendido de manera uniforme por toda la parte industrial de Alemania; de un movimiento limitado a un par de centros locales ha pasado a ser, solo ahora, un movimiento nacional. Y eso es lo que más espanta al burgués.

En cuanto a los elegidos, esperemos lo mejor, aunque en el caso de algunos me resulta muy difícil. Pero sería una desgracia que Bebel no entrara todavía. Solo él, con su certero tacto, está en condiciones de mantener en orden a los muchos elementos nuevos, sin duda provistos de toda clase de nuevos planecitos, y de evitar bochornos.

Por lo que atañe a los franceses, lo mejor sería dejar ahora obrar tranquilamente a los señores Malon y Brousse y aguardar a ver lo que son capaces de hacer. Pero difícilmente se llegará a eso. La «Égalité» aparecerá en estos días; Brousse, como hasta ahora, calumniará en secreto, atacará en el «Prol[étaire]» sin nombrar a nadie, y los otros serán lo bastante impacientes para morder el anzuelo, atacarán primero mencionando nombres, y luego serán tildados de perturbadores de la paz, sectarios, cismáticos y presuntos dictadores. Esto no puede impedirse. Esa gente es absolutamente incapaz de esperar a que sus adversarios mismos se hundan en el fango; tienen que concederles, mediante la polémica, una prórroga vitalicia. Dejados solos, Malon y sobre todo Brousse se destruirían a sí mismos en 6 meses (probablemente uno al otro). Pero así puede que la cosa dure más.

El congreso de Reims fue, como casi todos los congresos de este tipo, bueno para impresionar al mundo exterior; visto de cerca, un embuste. De las «federaciones» representadas solo existen realmente las del Centro, Norte y Este; las demás, solo sobre el papel. ¡La de Argelia había designado como delegado al burgués Henri Maret (diputado radical), lo que prueba qué aliados tiene allí Malon! Guesde exigió que en el Comité national solo estuvieran representadas las federaciones realmente organizadas, pero fue rechazado. En el informe oficial del «Prol[étaire]» esto fue falseado, es decir, suprimido. La mitad de los delegados del congreso y del Comité national no representan, pues, nada; en el mejor de los casos, música del futuro. La prisa por declarar «Moniteur» al «Prol[étaire]», ya completamente acaparado por Mal[on] y Br[ousse], provino únicamente del deseo de jugar de antemano una mala pasada a la esperada «Égalité». Todas las resoluciones organizativas estuvieron determinadas, como de costumbre, no por razones internas de adecuación al fin, sino por miramientos oportunistas de los partidos.

Para caracterizar la marxofobia de Malon baste el hecho de que la primavera pasada, hallándose Lafargue en París, le pidió que le consiguiera un prólogo de Marx para su «Histoire du Socialisme», nueva edición; L[afargue] naturalmente se rió de él y le dijo que debía de conocer muy mal a Marx si lo creía capaz de prestarse a semejante pamplina.

G. Howell, el «candidato obrero» felizmente derrotado en Stafford, es, sin duda, el mayor canalla de entre los ex obreros politicastros de aquí. Hasta hace poco fue secretario del Parliamentary Committee de las trade unions (un puesto remunerado, naturalmente) y ha cometido desfalcos que solo con dificultad se pudieron encubrir, pero fue despedido.

Sobre el asunto de Polonia escribo en estos días a K. K. de Käsburg; salúdelo entretanto muy cordialmente.

M[arx] está aún muy reducido, no puede salir de la habitación ni ocuparse seriamente, pero se va reponiendo visiblemente. Su mujer está cada vez más débil.

Un cordial saludo, suyo
F. E.