en Zúrich

Londres, 25 de octubre de 1881

Estimado señor Bernstein:

Le estoy muy agradecido por haberme escrito a propósito del asunto de la “Egalité”. Prescindiendo del punto de que se trata, esto me da ocasión de exponerle cuál es la posición de Marx y, con ello, en segundo término, también la mía respecto al movimiento francés. Y en este único ejemplo tiene usted la medida de nuestra posición respecto a los demás movimientos no alemanes, en la medida en que nos son simpáticos, y nosotros a ellos.

Me complace que usted no esté en condiciones de apoyar momentáneamente a la “Egalité” con dinero. La carta de Lafargue era de nuevo una de esas coups de tête que los franceses, particularmente los nacidos al sur de la línea Burdeos-Lyon, no pueden dejar de cometer de vez en cuando. Estaba tan seguro de dar un golpe genial y a la vez un desatino, que incluso a su mujer (quien impide no pocas cosas de ese tipo) se lo mencionó sólo post festum. Con excepción de Lafargue, que siempre es partidario de que “por fin pase algo”, n’importe quoi, aquí estuvimos unánimemente en contra de “Egalité” nº 3. Con sus 5000 francos (si eran tantos), les prometí una duración de 32 números. Si Guesde y Lafargue quieren a toda costa ganarse en París la fama de tueurs de journaux, no podemos impedírselo, pero tampoco haremos nada más. Si al periódico le va mejor de lo esperado, y se vuelve realmente bueno, siempre se podrá ver, en un momento difícil, qué se puede hacer. Pero es absolutamente necesario que esos señores aprendan por fin a arreglárselas con sus propios recursos.

El caso es que nuestros amigos franceses, que quieren fundar el Parti ouvrier, llevan desde hace 12-15 meses cometiendo un disparate tras otro, y por cierto todos sin excepción. El primero lo cometió Guesde, cuando por un purismo absurdo impidió que Malon aceptara la redacción del departamento obrero en el “Intransigeant” que le habían ofrecido, con un sueldo de 12 000 francos. Ese es el punto de partida de toda la trifulca. Luego vino la imperdonable estupidez con la “Emancipation”, donde Malon se dejó engañar por los lioneses (los peores obreros de Francia) con falsas promesas, pero en la cual Guesde tenía igualmente prisa por tener un diario à tout prix. Después, la querella de lana de cabra con motivo de la candidatura, en la cual es muy posible que Guesde haya cometido el error de forma que usted le reprocha, pero en la que para mí está claro que Malon buscaba un pretexto para pelearse. Finalmente, la entrada y luego la salida del “Citoyen français” de la señora Boubeau alias Secondigné, una aventurera de la peor reputación –la salida, provocada por el simple impago de los honorarios, sin razón política. Luego, la entrada de Guesde, con una sociedad muy heterogénea, en el novísimo “Citoyen”, y la de Malon y Brousse en el miserable “Prolétaire”, al que ellos, al menos Malon, bajo mano siempre habían combatido como un vulgar periodicucho de intrigantes.

El “Prolétaire” era el periódico de la camarilla más limitada de todos los obreros parisinos con ganas de escribir. Era precepto que sólo pudieran colaborar y escribir en él auténticos trabajadores manuales. El más limitado odio weitlingiano contra los “sabios” estaba a la orden del día. El periódico era, en consecuencia, absolutamente vacuo de contenido, pero con la pretensión de ser la plus pure expression del proletariado parisino. De ahí, tras toda la amistad aparente, una constante y secreta hostilidad a muerte e intrigas contra todos los periódicos paralelos, incluídas las 2 “Egalités”.

Cuando ahora Malon afirma que el partido obrero francés busca crearse un órgano en el “Prolétaire”, ¿a qué viene entonces una “Egalité” competidora? –nadie sabe mejor que Malon, 1. que las dos primeras “Egalités” también existieron al lado del “Prolétaire”, simplemente porque del “Prolétaire” no se podía hacer nada, y Malon conoce a la gente del “Prolétaire” exactamente tan bien como Guesde, y 3. los pocos badulaques del “Prolétaire” más Malon y Brousse ni de lejos constituyen el partido obrero francés. Sabe, pues, que esas son excusas de mal pagador, y que es él quien busca crearse un órgano en el “Prolétaire”, porque lo ha echado todo a perder en todas las demás partes.

Pero lo que une a Malon y a Brousse con ese periodicucho de pacotilla son los celos comunes contra Marx. A la masa de los socialistas franceses les es un horror que la nación que ha regalado al mundo las idées françaises, que tiene el monopolio de las ideas, que París, centre des lumières, ahora, de repente, tenga que importar sus ideas socialistas, listas y acabadas, del alemán Marx. Pero así son las cosas y, además, Marx nos es tan infinitamente superior a todos nosotros por su genio, su escrupulosidad científica casi exagerada y su fabulosa erudición, que si alguien se empeñara en criticar estos descubrimientos, sólo conseguiría, para empezar, quemarse los dedos. Hace falta una época más avanzada para eso. Así, pues, si los socialistas franceses (es decir, la mayoría) tienen que plegarse, de grado o por fuerza, a lo inevitable, no se libran, sin embargo, de un cierto refunfuñe. La gente del “Prolétaire” es la que afirma de Guesde como de Lafargue que son portavoces de Marx, lo cual es traducido luego, en el lenguaje más confidencial, como que ils veulent vendre les ouvriers français aux Prussiens et à Bismarck. Y el señor Malon también deja oír muy claramente este refunfuñe en todos sus escritos, y por cierto de una forma muy indigna: Malon se esfuerza por descubrir o achacar a otros padres (¡Lassalle, Schäffle, sí, incluso De Paepe!) los descubrimientos de Marx. Ahora bien, es de lo más natural que se esté en desacuerdo con los compañeros de partido, sean quienes sean, sobre su modo de actuar en este o aquel caso; o que se difiera y se discuta sobre un punto teórico. Pero disputarle a alguien como Marx sus más propias conquistas de esta manera, revela una mezquindad como la que, casi se podría decir, sólo puede poseer un tipógrafo, sobre cuya presunción habrá usted hecho también ya, con toda seguridad, bastantes experiencias. No concibo en absoluto cómo se puede tener envidia de un genio; es eso algo de una índole tan peculiar, que quienes no lo tenemos sabemos de antemano que es inalcanzable para nosotros; pero para poder envidiar semejante cosa hay que ser atrozmente mezquino. La manera solapada en que Malon hace esto no mejora la cosa. Que al final sea él quien queda en ridículo revelando por doquier falta de conocimientos y de crítica, eso bien podría llevársele a las mientes de forma desagradable alguna vez, si llegara a ser necesario examinar el contenido de esa flamante “Histoire du Socialisme” “depuis les temps les plus reculés” (¡!) y demás obras de Malon.

Brousse es más o menos el confucionista más desamparado que he visto jamás. Del anarquismo ha dejado caer la anarquía, es decir, el combate de la actividad política y de las elecciones, pero conserva todas las demás frases y, sobre todo, la táctica. Así, ahora se pone a especular en el “Prolétaire” en largos artículos, dirigidos contra Guesde (sin nombrarlo), sobre la insoluble cuestión de cómo organizar una organización que excluya la posibilidad de una dictadura (¡¡de Guesde!!). Que esta absoluta incapacidad literaria y teórica, que sin embargo entiende de sobra el tejemaneje, pueda volver a jugar un papel, es culpa común de Lafargue, Guesde y Malon.

Finalmente, Guesde. Éste es, de los parisinos, la cabeza con mucho más clara teóricamente y uno de los pocos que absolutamente no tropiezan con el origen alemán del socialismo actual. Hinc illae lacrimae. De ahí que los señores del “Prolétaire” difundieran que él no era sino un portavoz de Marx, y Malon y Brousse lo propagan a continuación poniendo cara de pesar. Fuera de esa camarilla, a nadie se le ocurre. De lo que haya en esto, más abajo. Que sea autoritario, bien puede ser. Cada uno de nosotros es autoritario en el sentido de que quiere hacer dominantes sus opiniones. Si Guesde lo intenta por el camino recto y Malon por el tortuoso, esto habla a favor del carácter de Guesde y de la mayor mundología de Malon, sobre todo en un pueblo como los parisinos, que no soportan que se les mande lo más mínimo, pero en cambio se dejan llevar de la nariz con embeleso. Por lo demás, aún estoy por ver a alguien que valiera algo a quien en algún momento no se le haya tachado de autoritario, y yo sólo sacaba de ello la conclusión de que no se podía decir nada realmente en contra del hombre. Guesde tiene defectos muy distintos. Primero, la superstición parisina de que siempre hay que andar echando por delante la palabra revolución. Y segundo, su ilimitada impaciencia. Es un enfermo de los nervios, cree que no podrá vivir ya mucho tiempo, y ahora quiere a toda costa vivir todavía algo cabal. De ahí, y de su excitación enfermiza, el excesivo afán de acción que echa a perder muchas cosas.

Súmele usted ahora la incapacidad de los franceses, sobre todo de los parisinos, de entender las diferencias de otro modo que como personales, y quedará probablemente bastante claro cómo fue que esos señores, a los primeros pequeños éxitos, ya se creyeron en la meta, quisieron repartirse la piel del oso antes de haberlo cazado y por eso cayeron en la disputa.

Por lo demás, los folletos y artículos de Guesde son lo mejor que se ha publicado en lengua francesa, y además es uno de los mejores oradores de París. Y nosotros siempre lo hemos encontrado franco y fiable.

Ahora, en cuanto a nosotros. Nosotros, es decir, Marx y yo, ni siquiera mantenemos correspondencia con Guesde. Sólo hemos escrito cuando se presentaban motivos de negocios determinados. Lo que Lafargue escribe a Guesde lo sabemos sólo en general, y lo que Guesde escribe a Lafargue tampoco lo hemos leído todo ni de lejos. Ahí se han intercambiado sabe Dios qué planes, de los cuales no sabemos absolutamente nada. Marx, como yo, ha dado de cuando en cuando, a través de Lafargue, algún consejo a Guesde, que casi nunca ha sido seguido.

Pero, desde luego, Guesde vino por aquí cuando se trataba de redactar el proyecto de programa para el partido obrero francés. De éste, Marx, en mi presencia y la de Lafargue, aquí en mi cuarto, le dictó a la pluma los considerandos: el obrero sólo es libre en la medida en que es poseedor de sus medios de trabajo –esto puede darse en forma individual o en forma colectiva– la forma de posesión individual está superada por el desarrollo económico y lo está cada día más –no queda, pues, más que la del posesión común, etc.–; una obra maestra de argumentación contundente, expuesta a las masas en pocas palabras, como conozco pocas y como a mí mismo, en esta concisa redacción, me dejó asombrado. El resto del contenido del programa fue luego discutido: introdujimos algunas cosas y sacamos otras, pero lo poco que Guesde era un portavoz de Marx se desprende de que él insistió en poner en él su insensatez del minimum du salaire, y puesto que los responsables no éramos nosotros, sino los franceses, al final le dejamos hacer, pese a que él admitía el sinsentido teórico.

En aquella ocasión, Brousse estaba en Londres y de buena gana habría estado presente. Pero Guesde disponía de poco tiempo y esperaba, no sin razón, de Brousse debates interminables sobre frases anarquistas no comprendidas, e insistió, pues, en que Brousse no estuviera en esa sesión. C’était son affaire. Pero Brousse nunca se lo ha perdonado, y de entonces data su cábala contra Guesde.

Este programa lo discutieron luego los franceses y lo adoptaron con algunas modificaciones, entre las cuales las de Malon no representan en modo alguno mejoras.

Además, he escrito 2 artículos en el n.º II de la «Égalité» sobre «Le socialisme de M. Bismarck», y esto es, que yo sepa, toda nuestra participación activa en el movimiento francés.

Pero lo que más irrita a los mezquinos criticastros, que no son nada y quisieran serlo todo, es lo siguiente: Marx se ha conquistado, por sus realizaciones teóricas y prácticas, una posición tal que los mejores hombres de todos los movimientos obreros en los distintos países depositan en él una plena confianza. Ellos se dirigen a él en los momentos decisivos para pedirle consejo y entonces, por lo general, comprueban que su consejo es el mejor.

Salario mínimo — ¡1! Ése era su asunto.

Por consiguiente, no es M[arx] quien impone a esa gente su opinión, y menos aún su voluntad, sino que son esas mismas personas las que acuden a él. Y precisamente en esto descansa la influencia peculiar, extremadamente importante para el movimiento, de M[arx].

Malon también quería venir, pero quiso obtener por medio de Lafargue una invitación especial de M[arx], que naturalmente no recibió; se estaba dispuesto a tratar con él, como con cualquier otro, de bonne volonté, ¡pero invitarlo! ¿Para qué? ¿A quién se ha invitado alguna vez así?

Al igual que con los franceses, así se sitúan M[arx] y, en segundo lugar, yo, con respecto a los demás movimientos nacionales. Mantenemos un contacto constante con ellos, en la medida en que vale la pena y se presenta la ocasión, pero toda tentativa de influir sobre esa gente contra su voluntad no haría más que perjudicarnos y destruiría la vieja confianza procedente de la época de la Internacional. Y para eso tenemos demasiada experiencia en revolutionaribus rebus.

Ahora, aún dos hechos:

1. Fueron Guesde y con él Lafargue quienes, en la «Égalité», crearon a Malon una fama totalmente inmerecida, por así decir una leyenda, y ello simplemente porque G[uesde], como escritor genuinamente francés, creía necesitar a un obrero a su lado.

2. Y esto me autoriza a comunicarle el destinatario de la carta: Lissagaray, que era el presidente del mitin en el que Malon acusó al canalla de Lullier, escribe: justo cuando iba a empezar el mitin, Lullier manda pedir a Malon una breve entrevista. Malon va, no vuelve, hasta que por fin su comité va a buscarlo (Lissagaray era presidente del comité y del mitin) y lo encuentra —¡en la más animada francachela y empezando una reconciliación pacífica con Lullier, al que él había acusado (con razón) de ser el más infame de todos los canallas! Si Malon no hubiera tenido que salir a las 9 hacia Zúrich para el congreso, habría habido peligro de que la reconciliación se consumara. ¡Y éste quiere ser un hombre político!

La dirección de Mesa es: J. Mesa, 36 Rue du Bac, París.

Marx no sabe ni una palabra de esta carta. Lleva 12 días en cama con una bronquitis acompañada de diversas complicaciones, pero desde el domingo, con precaución, ha pasado todo peligro. Yo he pasado bastante miedo.

Ahora ——— marcha mejor, y mañana, 27 de octubre, mostraremos, según espero, al mundo que todavía andamos por aquí. Muchos saludos también a Kautsky.

Suyo,
F. E.

En cuanto a la «Égalité», considero lo mejor que esa gente, por el momento, no funde ningún periódico nuevo, hasta que las relaciones dentro del partido se aclaren algo más. Sin embargo, si quieren empezar, ni nosotros ni nadie puede impedírselo; pero no veo cómo, esta vez, podría transcurrir sin un crac entre la «Égalité» y el «Prolétaire». Eso no sería una catástrofe mundial, pero siempre sería una enfermedad infantil acaso innecesaria.

Y ¿qué operación es esa a Kautsky? ¡Esperemos que no se deje cortar hasta quedar perfecto malthusiano!