en Zúrich

| Londres, 27 de agosto de 1881

Estimado señor Kautsky: |

Recibirá usted por correo, dentro de uno o dos días: 1. el «Labour Standard» con 
su artículo [°], con motivo del cual han ocurrido toda suerte de cosas cómicas; 
2. un número de «Nature» del 18 de agosto; 3. su manuscrito [6] de vuelta.

Después de revisar un poco la traducción, ciertamente muy de colegial, la envié 
a Shipton como artículo de fondo. Pero el buen Shipton lo malinterpretó, y 
me reclamó, aunque, como de costumbre, ya era demasiado tarde. El hombre se 
había imaginado vaya usted a saber qué con la «intervención del Estado» en 
favor de los obreros, cualquier cosa menos lo que allí se decía, a saber, que 
esa intervención del Estado existe en Inglaterra desde hace tiempo en las factory 
and workshops acts [°°]. Peor aún: en las palabras: we demand a Geneva 
Convention for the working classes, leyó que ¡¡usted exigía la reunión de una 
conferencia de delegados en Ginebra para regular el asunto!! ¿Qué se puede 
hacer con semejante burro? He tomado esto como ocasión para poner en práctica 
mi decisión de romper con el «Labour Standard», ya que el periódico va de mal 
en peor en lugar de mejorar. |

En «Nature» encontrará usted un discurso pronunciado por John Simon en el 
congreso médico internacional [292] aquí celebrado, que constituye un verdadero 
acto de acusación de la ciencia médica contra la burguesía. J. Simon es medical 
officer to the Privy Council (Consejo de Estado) [??], jefe de hecho de toda la 
policía sanitaria británica, el mismo a quien M[arx] cita tan a menudo y tan 
elogiosamente en «El Capital», un hombre que —acaso el último de los viejos 
funcionarios leales a su profesión y concienzudos de la época de 1840-1860— 
ha encontrado por todas partes los intereses burgueses como primer obstáculo 
para el cumplimiento de su deber y se ha visto obligado a combatirlos. Su odio 
instintivo contra la burguesía es, por tanto, tan violento como explicable. Ahora, 
bajo dirección clerical, la burguesía se le echa encima, a él, el médico, con su 
movimiento antiviviseccionista, metiéndose en su propia especialidad, y él vuelve 
la lanza contra ella: en vez de predicar sin fuerza ni color como 

Virchow, ataca al adversario, contrapone a los pocos experimentos científicos 
que los médicos realizan con animales los enormes experimentos comerciales 
que la burguesía lleva a cabo con las masas populares, y sólo así coloca la 
cuestión en el terreno adecuado. Un extracto de este discurso constituiría un 
magnífico folletín para el «Sozialdemokrat». [??*]

Por lo demás, el congreso ha declarado por unanimidad que la vivisección es 
necesaria para la ciencia.

Su hoja volante [??6] demuestra que ha heredado usted el talento narrativo de 
su madre. Me ha gustado más que todos sus trabajos anteriores. Algunas 
expresiones y giros podrían modificarse con un poco más de lima; para una 
segunda impresión se lo recomendaría. El alemán escrito resulta una lengua 
muy áspera para la narración, y deben evitarse palabras doctas, como reacción, 
con las que el campesino no puede concebir nada. Merece la pena que revise 
usted la cosa seriamente en ese aspecto. Es la mejor hoja volante que he leído 
hasta ahora.

Los mostianos de Austria tendrán que escarmentar en cabeza propia; no hay 
otro remedio. Es éste un proceso en el que perecen muchos elementos, por lo 
demás buenos; pero cuando los buenos elementos quieren conspirar alegremente 
y no saben para qué, no se les puede ayudar. Por fortuna, el movimiento 
proletario posee una enorme capacidad de reproducción.

Viereck y su señora han disfrutado de un tiempo espantosamente malo en 
Escocia y luego han partido para Copenhague, adonde también han llegado. 
Allí se quedan por el momento; dirección: lista de correos, K.

Nuestros amigos franceses no parecen aún satisfechos con todas las tonterías 
que, por exceso de celo, camaradería, necesidad de declamación, etc., vienen 
cometiendo desde hace dos años. El «Citoyen» ha sido vendido, según parece, 
a bonapartistas, que por ahora no ponen a los nuestros de patitas en la calle 
sin más, pero ya no les pagan y, por lo demás, los tratan en canalla, como 
si quisieran obligarlos a hacer huelga (strike) y deshacerse así de ellos. Además, 
los nuestros andan todos a la greña unos con otros, como suele ocurrir tan 
a menudo en los fracasos. Uno de los más desdichados es Brousse, un 
muchacho valiente a carta cabal, pero un confusionario de primer orden, que 
considera la conversión de sus ex amigos anarquistas como la primera tarea de 
todo el movimiento. Él fue también quien en su día provocó la disparatada 
decisión de rechazar la candidatura [??]. Por lo demás, la marcha pacífica y 
regular del desarrollo en Francia no puede sernos, a fin de cuentas, sino 
favorable. Sólo cuando la provincia, como ha ocurrido desde 1871, sea arrastrada 
al movimiento y, como va sucediendo cada vez más, actúe como poder en 
el Estado, es decir, en forma legal normal, se podrá poner fin, en interés de 
todos nosotros, a la forma de desarrollo que Francia ha seguido hasta ahora, 
a sacudidas, partiendo de golpes parisinos y viéndose rechazada durante años 
por la reacción provincial. Cuando llegue entonces el momento de que París 
actúe, no tendrá a la provincia en contra, sino detrás de sí.

Saludos cordiales de todos.

Suyo
F. Engels