en Leipzig

Londres, 25 de agosto de 1881
Querido Bebel:

Me habría apresurado a contestar tu carta del 13 de mayo del 72. Pero, tras el «Kleinen» de Leipzig, esperé a ver si acaso me dabas otra dirección de cobertura; como no ha sido así, utilizo la antigua y adjunto una carta de Tussy Marx a la señora Liebknecht, de la que tampoco tenemos la dirección.

Bernstein sigue escribiendo que quiere abandonar el «Sozialdemokrat» y propone ahora a Kegel como hombre a insertar y, tras la inserción, como sustituto que vaya ocupando gradualmente su lugar. En mi opinión, cualquier cambio sería perjudicial. Bernstein se ha desempeñado tan por encima de lo esperado (sus artículos sobre los «Intelligenzen», por ejemplo, fueron, descontando pequeñeces, absolutamente excelentes y mantuvieron por completo la línea correcta), que difícilmente se encontrará a nadie mejor. Kegel está, cuando menos, no probado en este terreno y, tal como están las cosas, deberían evitarse todos los experimentos. ¡He instado vehementemente a Bernstein a que se quede, y creo que no podéis hacer nada mejor que insistirle vosotros también. En sus manos, el periódico mejora de continuo, y él mismo también. Tiene verdadero tacto y capta rápidamente; justo lo contrario de Kautsky, que es un muchacho excelente, pero un pedante nato y un sutilizador, bajo cuyas manos no se vuelven sencillas las cuestiones complejas, sino que las sencillas se vuelven complejas. Tanto yo como todos nosotros lo apreciamos mucho en persona, y a veces también realizará cosas muy buenas en artículos extensos de revista, pero no puede ir contra su naturaleza ni con la mejor voluntad, c’est plus fort que lui. En un periódico, semejante doctrinario es una verdadera desgracia; hasta Ede, en el último número del «Sozialdemokrat», ha tenido que añadir un apéndice crítico a uno de sus artículos. En cambio, ha escrito un volante campesino para Austria, en el cual desarrolla algo del talento novelístico de su madre; descontando algunas expresiones doctas, está bastante bien y surtirá efecto.

A Liebknecht le he escrito a propósito de los discursos en el Landtag y he recibido como respuesta que aquello fue «táctica» (¡precisamente esta táctica era lo que yo había señalado como el obstáculo para marchar abiertamente juntos!), pero que pronto se hablaría de otro modo en el Reichstag. ¡Esto, ciertamente, lo has hecho tú! – pero ¿qué cabe decir de la desdichada y por demás superflua expresión de Liebknecht sobre la «honradez del canciller del Reich»? Puede que él lo haya dicho con ironía, pero la reseña no lo refleja, ¡y cómo lo ha explotado la prensa burguesa! No le he seguido contestando, pues de nada sirve. Pero también Kautsky nos dice que Liebknecht escribe a todo el mundo, por ejemplo a Austria, que Marx y yo estamos completamente de acuerdo con él y aprobamos su «táctica», y que se lo cree. ¡Así no se puede seguir eternamente! También la «Freiheit» se mofa a fondo del discurso de Hartmann sobre la ley de accidentes, y, si el pasaje citado es auténtico, resulta de lo más lamentable.

En Francia, los candidatos obreros han obtenido 20.000 votos en París y 40.000 en provincias, y si los dirigentes no hubieran cometido una estupidez tras otra desde la fundación del partido obrero colectivista, habría ido aún mejor. Pero también allí las masas son mejores que la mayoría de los dirigentes. En provincias, por ejemplo, algunos candidatos parisinos han perdido miles de votos por haber trasladado allí la hueca fraseología revolucionaria (que en París forma parte del oficio como el ruido del martilleo en un taller), la cual, sin embargo, fue tomada en serio y la gente decía: ¿con qué hacer la revolución sin armas ni organización? Por lo demás, el desarrollo francés sigue su curso regular, normal y muy necesario, en forma pacífica, y esto es por el momento muy útil, porque sin ello no se puede arrastrar seriamente a las provincias al movimiento.

Comprendo muy bien que os piquen los dedos al ver que en Alemania todo se desarrolla tan bien para nosotros y vosotros, con las manos atadas, no podéis echar una mano ni cosechar los éxitos que casi os caen en el regazo. Pero esto no perjudica. En Alemania, por muchas partes (Viereck es sólo un ejemplo palmario; estaba completamente derrotado porque no era posible la propaganda pública), se ha concedido demasiado valor a la propaganda abierta, y demasiado poco a la verdadera fuerza impulsora de los acontecimientos históricos. Sólo puede ser beneficioso que la experiencia nos corrija en esto. Los éxitos que ahora no podemos cosechar no por eso están perdidos para siempre. La sacudida de las masas populares indiferentes y pasivas sólo puede producirse mediante los acontecimientos mismos, y si, además, el estado de ánimo de los sacudidos sigue siendo, en las circunstancias actuales, algo muy confuso, a su tiempo la palabra redentora impactará con tanta más fuerza, y el efecto sobre el Estado y la burguesía será tanto más drástico cuando los 600.000 votos se tripliquen de pronto, cuando, además de Sajonia, todas las grandes ciudades y distritos industriales se nos adhieran, y también los trabajadores agrícolas se hallen en una situación tal que se tornen accesibles intelectualmente para nosotros. Una conquista así de las masas por asalto es mucho más valiosa que la gradual mediante propaganda abierta, la cual, en las actuales circunstancias, pronto volvería a ser coartada. Los junkers, los curas y los burgueses no pueden permitirnos, en las actuales relaciones, que les quitemos el suelo bajo los pies, y por eso es mejor que ellos mismos se encarguen de eso. Ya vendrá otra época en que sople un viento distinto. Mientras tanto, vosotros tenéis que pasar personalmente por el trago, soportar las infamias del gobierno y de la burguesía, y eso no es ninguna broma. No olvidéis ninguna vileza que os hayan hecho a vosotros y a toda nuestra gente; el tiempo de la venganza llegará y hay que explotarlo concienzudamente.

Tuyo,
F. E.

Viereck está en Copenhague, dirección poste restante, K.