en Zúrich

Bridlington Quay, Yorkshire
| 17 de agosto de 1881

Estimado señor Bernstein: |

Hace tres semanas que estoy aquí, junto al mar, y aprovecho el mal tiempo que
se ha presentado para escribirle unas líneas antes de mi regreso, el lunes 22.
Cuando tenga tiempo, le escribiré también a Kautsky[1], quien en todo caso
recibirá muy pronto respuesta y la reimpresión de su artículo en el
«L[abour] S[tandard]»[7°].

Los escritos antijudíos los ha recibido usted bien de vuelta, ¿no es así?[2%];
se los envié a K[autsky], ya que usted no me dio una dirección más precisa.
Jamás he leído algo tan estúpido e infantil. Este movimiento sólo tiene la
importancia que en Alemania, dada la cobardía de la burguesía, tiene todo
movimiento puesto en marcha desde arriba: maniobra electoral para obtener
votos conservadores. En cuanto pasan las elecciones, o incluso antes, cuando
el movimiento rebasa el objetivo fijado desde las alturas (como ahora en
Pomerania), se desinfla por orden superior como una vejiga de cerdo
pinchada «y no se le volvió a ver más».[#3] Movimientos así no pueden
tratarse con suficiente desprecio, y me alegra que el «Sozialdemokrat» lo
haya hecho.[%2] Por lo demás, C. H[irsch], a quien de repente le ha dado la
vena de hacer una escapada a Berlín y la ha llevado a cabo, me escribe desde allí:
«El movimiento antisemita está pura y simplemente organizado desde arriba,
casi diríase que comandado. He entrado en los locales más miserables, y nadie
se ha topado con mi nariz; ni en el ómnibus, ni en el ferrocarril, en ninguna
parte he oído una palabra contra los judíos. Los periódicos oficiosos que
despachan el artículo del antisemitismo tienen muy pocos lectores. Los alemanes
sienten una aversión natural hacia los judíos, pero el odio que he constatado
contra el gobierno, tanto entre los obreros como entre los pequeño-burgueses
progresistas y los filisteos, es mucho más enérgico.»

De los 1001 policías secretos que hay en Berlín dice que se los conoce a todos
y que «en consecuencia no saben nada. Son tan ingenuos que se sientan
siempre en las mismas tabernas y en las mismas mesas.»[1763]

Sus artículos sobre los «intelectuales»[%*)] son muy buenos. Tanto el
tratamiento de la manía de las estatalizaciones bismarckianas como algo por
lo que no tenemos que abogar, pero que, como todo lo que acontece, nolens
volens redunda en nuestro favor, como el de los «intelectuales» en tanto que
gente que, en la medida en que valen algo, se nos suman por sí misma, pero
que, en la medida en que tuviéramos que captarlos primero, sólo podrían
perjudicarnos con los restos de la vieja levadura, es del todo excelente. Y lo
mismo cabe decir de muchas cosas concretas; en la expresión, claro está, cada
cual encuentra siempre algo que remendar aquí y allá. En general, el último
número ha vuelto a ser muy bueno, el tono justo, fresco y seguro de la victoria,
que los dirigentes habían perdido después de los atentados[!] y de la ley de
excepción[!*!], vuelve a estar presente y sustituye lo que Feder[ico] Guillermo IV
llamaba la «trompetería de los calzones». A Bradlaugh lo han despachado
ustedes muy bien.[!?!]

Algunas glosas de detalle:

1. No tienen ustedes por qué colmar de cumplidos a Vallès de esa manera.[!#]
Es un miserable fraseador literario o, mejor dicho, literatoso, en quien no hay
absolutamente nada, que por falta de talento se ha ido con los más extremos
para hacer carrera con la tendencia, con la llamada convicción, y colocar así
sus malas belletristiquerías. Durante la Comuna no hizo nada salvo soltar
grandes palabras, y si de algún modo influyó, fue de manera perjudicial. No se
dejen embaucar por la camaradería parisina (por la que también Malon siente
gran debilidad) acerca de este drôle de fanfaron[7]. Lo que es como político lo
muestra su carta a Grévy[!#”] cuando éste fue nombrado presidente: que debía
instaurar par ordre du mufti[?] la república social, etc., carta que retrasó la
amnistía durante meses.

2. Los españoles no son ni mucho menos todos anarquistas. En Madrid hay
un núcleo del todo excelente (la antigua nueva federación madrileña[)), a lo
que se suman muy buenos elementos, sobre todo en Valencia y en algunas
ciudades fabriles catalanas más pequeñas, y además otros dispersos. El más
enérgico y clarividente es nuestro amigo José Mesa, ahora en París, un tipo
verdaderamente extraordinario, que colabora con Guesde y los demás de allí
y mantiene las conexiones. Si quieren ustedes noticias sobre España, escríbanle
en francés (Malon podrá hacerle llegar la carta directamente o por medio de
Guesde; yo no tengo aquí su dirección). Refiéranse a mí.

En general soy de la opinión de que un joven que se desarrolla tan bien como
usted en su puesto y para su puesto, también debe, en rigor, conservarlo.[*]
Que Kegel, quien además todavía está en prisión, fuese a asentarse del mismo
modo, lo dudo mucho. Su posición teórica me es desconocida; si sus capacidades
van más allá de un periódico local y de chistes, no está en modo alguno
demostrado. Los ingleses dicen: let well alone; no anden mejorando lo que es
bueno. Confieso que miro cualquier cambio con desconfianza y desazón.

Y ahora, pues: el congreso rrevolucionario.[1] Lafargue ha pescado a un tipo
que era delegado, pero, no sé por qué, lo pusieron de patitas en la calle.
Además, L[afargue] se ha encontrado con varios de la banda en casa de un
comerciante francés de vinos y comestibles, anarquista también. Resulta lo
siguiente: |

1. El congreso estaba compuesto por veintitantas personas, la mayoría de
ellas residentes en Londres con mandatos de fuera. Luego algunos franceses,
italianos, un español. Celebraban sus sesiones en público. Pero ni un alma, ni
un reportero, ni un perro, ni un gato acudió. Tras durar esta vana espera de
un público tres o cuatro días, y seguir siendo siempre igual de vana, tomaron
la heroica decisión: ¡declarar las sesiones secretas!

2. Lo primero que se constató fue la decepción general acerca de la nulidad
de todo el movimiento anarquista y la certeza de que, en ninguna parte, hay
absolutamente nadie detrás de esos pocos vociferadores. De sí mismo y de su
localidad lo sabía cada uno, pero por más que cada cual había endilgado a los
demás las mentiras más colosales sobre el colosal avance del movimiento en
su región, todos habían creído las mentiras de los otros. El desplome de las
ilusiones fue tan colosal que no pudieron contener su asombro ante su propia
nulidad ni siquiera en presencia de extraños.

3. Sólo el meeting[!?’?!], al que naturalmente convocaron a reporteros, y luego
las necias interpelaciones de tontos tories y de radicales aún más tontos en el
Parlamento, salvaron en cierta medida el congreso. Era de esperar que la prensa,
con la actual epidemia nihilista, sacara provecho del meeting, al que asistieron
a lo sumo setecientas personas.

Así, cuando la «Freiheit» habla de delegados número 63, etc.[!?!], eso se
refiere al número de mandato de un hombre de 1-2-3 personas, en blanco

o a nombre de un hombre totalmente desconocido para ellos, residente en Londres

. 34 - Engels an Eduard Bernstein - 17. August 1881 217

o bien de 10 a 20 mandatos extendidos a un solo delegado que viajó a Londres.
El número de delegados realmente presentes se acercaba más a 20 que a 30;
y el de los que realmente viajaron desde fuera, seguro que no llegaba a 10.
N.B. todo esto ha de utilizarse con cautela, pues lo tengo de tercera mano.
Por ejemplo, se podría hablar de ello en forma de pregunta, preguntando si
fue así como sucedió.[!?”*!] Estos señores se aferran siempre a una palabra
inexacta. Es exactamente la vieja historia de todos los congresos anarquistas.
Lean ustedes en «Las pretendidas escisiones en la Internacional» el informe
de esa gente sobre su propio congreso de la Fed[eración] del Jura, o en
«La Alianza de la Democracia Socialista» el de su primer congreso tras la
escisión.[2] Entre esta gente, la anarquía adopta en primer lugar la forma de
que todos quieren ser oficiales, pero ninguno soldado. Como también el
furibundo anarquista Adhémar Schwitzguébel (¡quel nom![5]) clama contra la
aceptación de un cargo del Estado como una traición a la causa, lo que no le
impide ser lieutenant dans l’armée fédérale suisse[8].

Saludos cordiales también a K[autsky], que recibirá una carta en el próximo
día de lluvia. |
Suyo
F. Engels

5 ¡vaya nombre! - 8 oficial en el ejército federal suizo