en Londres  
(borrador)

Bridlington Quay, 15 de agosto de 1881

Estimado señor Shipton:

No puedo comprender en absoluto cómo pudo usted entender de manera tan extrañamente equivocada el artículo del señor Kautsky. Contra el primer pasaje tenía usted objeciones, porque la injerencia estatal iba a contrapelo de «muchos hombres prominentes de los sindicatos». Naturalmente es así, ya que en el fondo de su corazón son hombres de la escuela de Mánchester; y mientras se tengan en cuenta sus opiniones, no es posible ningún periódico obrero. Pero mi complemento del pasaje en cuestión debería haberle convencido de que con la injerencia estatal aquí mencionada se alude únicamente a aquella que en Inglaterra es corriente desde hace años: ¡la legislación fabril! y nada más: cosas contra las que ni siquiera sus «hombres prominentes» tienen nada que objetar.

En el segundo pasaje dice el señor Kautsky: una regulación internacional de la guerra de competencia es tan necesaria como la regulación de la guerra abierta; reclamamos una convención de Ginebra para los trabajadores del mundo. La «Convención de Ginebra» es un acuerdo que los diferentes gobiernos han concertado para proteger a los heridos y los hospitales de campaña en la guerra. El señor Kautsky reclama ahora un acuerdo análogo entre los diferentes gobiernos para proteger a los trabajadores, no de un solo Estado, sino de todos, contra el exceso de trabajo, especialmente de mujeres y niños. Cómo puede usted convertir eso en un llamamiento a los trabajadores del mundo para que se reúnan en una conferencia de delegados en Ginebra, me veo completamente incapaz de comprenderlo.¹

¹ Tachado en el manuscrito: Si usted hubiera captado el sentido más profundo del artículo, habría tenido que comprender inmediatamente que aquí se trata de una medida directamente práctica, tan fácil de llevar a cabo que uno de los gobiernos europeos actuales (el gobierno suizo) ha sido inducido a tomar cartas en el asunto; que la propuesta de equiparar la jornada de trabajo en todos los países industriales, haciendo que la

Usted convendrá en que la aparición de una incomprensión tan falsa por su parte no puede alentarme en modo alguno a cambiar mi decisión.

En cuanto al artículo de Hirsch, conozco al señor Eccarius, y demasiado bien, como un traidor a nuestra causa, y me es completamente imposible escribir para un periódico que pone sus columnas a su disposición.

Además no veo ningún progreso. El Labour Standard sigue siendo el mismo transmisor de las más diversas y contradictorias opiniones sobre todas las cuestiones políticas y sociales, que era —quizá inevitablemente— el primer día de su existencia, pero que hoy ya no tendría que seguir siendo, si en la clase obrera británica existiese una corriente orientada a la emancipación de los capitalistas liberales. Como hasta ahora no se reconoce tal corriente, he de suponer que no existe. Si hubiera indicios inequívocos de su existencia, haría esfuerzos especiales para apoyarla. Pero no creo que una columna por semana, ahogada por así decirlo entre las otras múltiples opiniones representadas en el Labour Standard, pudiera hacer algo para ponerla en marcha.

Como le comuniqué, había resuelto dejar de escribir después del Congreso de los Trades Unions por falta de tiempo; que escriba aún algunos artículos hasta entonces carecería de importancia.

Esperando y confiando en tiempos mejores, quedo de usted su seguro servidor

F. E.