en París

6 de agosto de 1881
1, boulevard Thiers, Argenteuil

Querido Hirsch:

Llevo aquí casi dos semanas; no he visitado París ni a ninguno de mis conocidos. El estado de mi mujer no permitía ni lo uno ni lo otro.

Como quizá tenga que marcharme antes de lo que pensé en un principio, a causa de su creciente debilidad, quiero (si no hay contratiempo) ir mañana por la mañana a París con Lenchen y Johnny. Pasaré por tu casa y, si tu tiempo lo permite, cuento con que me acompañes.

Saludos a Kaub.

Tuyo,
K. Marx

! En el manuscrito: julio — ? (si no media ningún contratiempo) mañana por la mañana.

Marx a Laura Lafargue

en Londres

[Argenteuil] 9 de agosto de 1881

Querida Laurachen:

Sólo puedo escribirte unas líneas, porque el correo está a punto de salir.

El estado de mamá es preocupante a causa de una debilidad creciente. Por ello quería (dado que esta vez sólo podemos viajar en pequeñas etapas) marcharme a toda costa antes de que termine esta semana y así se lo comuniqué a la paciente. Pero ella ha desbaratado mi plan, pues ayer mandó nuestra ropa a lavar. Así que no hay que pensar en partir antes de principios de la semana que viene.

Quizá — según su estado — nos detengamos unos días en Boulogne. ¡El doctor¹⁾ opina (en circunstancias por lo demás favorables) que el aire del mar podría tener un efecto fortificante momentáneo.

La próxima vez (pero para eso tienes que escribirme en seguida vuestra próxima dirección) informe detallado. Muchos saludos a Paul.

Tuyo,
Old Nick

¹⁾ probablemente Dourlen (véase el presente volumen, p. 17)

Engels a George Shipton

en Londres
(Borrador)

Bridlington Quay, 10 de agosto de 1881

Estimado señor Shipton:

Le devuelvo, como desea, las pruebas corregidas. Me parece que ha entendido usted mal el primer pasaje, y la segunda corrección es puramente formal. Sea como fuere, no comprendo de qué pueden servir semejantes enmiendas, solicitadas el martes, que me llegan aquí el miércoles, para estar de vuelta en Londres el jueves, una vez aparecido el periódico.

Pero hay otra cosa. Cuando cosas tan sumamente suaves e inofensivas como éstas empiezan a parecerle a usted demasiado fuertes, he de suponer que eso mismo ocurrirá en medida mucho mayor con mis propios artículos, por lo general mucho más fuertes. Me veo obligado, por tanto, a considerar sus observaciones como un síntoma y a deducir de ello que será mejor para ambos que no le envíe más editoriales. Esto sería con mucho preferible a seguir adelante hasta que, en un punto inevitable, se produzca una ruptura abierta entre nosotros. Por lo demás, el tiempo ya no me permite seguir escribiendo editoriales con regularidad; y ya sólo por eso había llegado a una decisión semejante que, según pensaba yo entonces, debía llevarse a efecto después del Trades Union Congress. Pero cuanto antes cese yo, tanto mejor será tal vez la posición de usted ante ese congreso.

Hay otro punto más: opino que usted debería haberme enviado antes de la publicación una copia o una prueba del artículo sobre los sindicatos de Max Hirsch en Alemania, puesto que, entre sus colaboradores, yo era el único que entendía algo del asunto y podía hacer las observaciones pertinentes. En cualquier caso, me es imposible permanecer en el equipo de colaboradores de un periódico que, sin consultarme, se presta a poner por las nubes a estos sindicatos, que sólo son comparables a los peores sindicatos ingleses que permiten ser dirigidos por gente vendida de manera inequívoca a la burguesía o, cuando menos, pagada por ella.

No necesito añadir que, por lo demás, deseo al «Labour Standard» mucho éxito y que, si se desea, de vez en cuando proporcionaré alguna información ocasional desde el continente.

Suyo sincero,
F. E.

Del inglés.

Engels a George Shipton

en Londres
(Borrador)

Bridlington Quay, 15 de agosto del 81

Estimado señor Shipton:

No puedo comprender en absoluto cómo ha podido usted entender de manera tan extrañamente errónea el artículo del señor K[autsky]. Contra el primer pasaje puso usted objeciones porque la injerencia estatal iba a contrapelo de «muchos hombres prominentes de los sindicatos». Naturalmente es así, ya que son, en el fondo de su corazón, hombres de la escuela de Manchester; y mientras se tengan en cuenta sus opiniones, no es posible ningún periódico obrero. Pero mi complemento del pasaje en cuestión debería haberle convencido de que con la injerencia estatal aquí mencionada se alude únicamente a la que es moneda corriente en Inglaterra desde hace años: la legislación fabril, y ninguna otra cosa: cosas contra las que ni siquiera sus «hombres prominentes» tienen nada que objetar.

En el segundo pasaje dice el señor K[autsky]: una regulación internacional de la guerra de competencia es tan necesaria como la regulación de la guerra abierta; reclamamos una Convención de Ginebra para los obreros del mundo. La «Convención de Ginebra» es un acuerdo que los distintos gobiernos han concertado para la protección de los heridos y los hospitales de campaña en la guerra. El señor K[autsky] exige ahora un acuerdo semejante entre los diferentes gobiernos para la protección de los obreros, no de uno sino de todos los Estados, contra el exceso de trabajo, especialmente de mujeres y niños. Cómo puede usted convertir eso en un llamamiento a los obreros del mundo para que se reúnan en una conferencia de delegados en Ginebra, es algo que me veo completamente incapaz de comprender.¹⁾

¹⁾ Tachado en el manuscrito: Si hubiera penetrado usted en el sentido más profundo del artículo, habría tenido que comprender en el acto que aquí se trata de una medida inmediatamente práctica, tan fácil de llevar a cabo que uno de los gobiernos actuales de Europa (el gobierno suizo) ha sido inducido a ocuparse del asunto; que la propuesta de igualar la jornada de trabajo en todos los países industriales, haciendo de la legislación fabril objeto de un acuerdo interestatal, es del mayor interés inmediato para los obreros. Particularmente para los obreros de Inglaterra, que, con excepción de los suizos, están mejor protegidos que nadie contra el exceso de trabajo y por eso se hallan expuestos a una competencia desleal por parte de los obreros belgas, franceses y alemanes, cuya jornada de trabajo es mucho más larga.

Admitirá usted que la aparición de semejante incomprensión por su parte no puede animarme en modo alguno a modificar mi decisión.

En cuanto al artículo sobre Hirsch, conozco al señor Eccarius, y demasiado bien, como un traidor a nuestra causa, y me es completamente imposible escribir para un periódico que le abre sus columnas.

Por lo demás, no veo progreso alguno. El «L[abour] St[andard]» sigue siendo el mismo vehículo de las más diversas y contradictorias opiniones sobre todas las cuestiones políticas y sociales que era —quizá inevitablemente— en el primer día de su existencia, pero que ya no necesitaría seguir siendo si existiese en la clase obrera británica una corriente orientada hacia la emancipación de los capitalistas liberales. Puesto que semejante corriente no se distingue hasta ahora, he de suponer que no existe. Si hubiera indicios inequívocos de su existencia, haría esfuerzos particulares para apoyarla. Pero no creo que una columna por semana, prácticamente ahogada entre las otras múltiples opiniones representadas en el «L[abour] St[andard]», pudiera hacer nada para ponerla en marcha.

Como le comuniqué, había decidido dejar de escribir después del Trades Union Congress por falta de tiempo; el que hasta entonces escriba aún algunos artículos sería irrelevante.

Esperando y aguardando tiempos mejores, quedo de usted,

su seguro servidor
F. E.

Del inglés.