en Hoboken  

[Londres] 20 de junio de 1881

Querido Sorge,

Me había interrumpido hoy en otros trabajos con la intención de escribirte por fin una carta detallada, ¡y ahora quiere el diablo que me llegue una visita tras otra y apenas me quede tiempo para enviarte unas pocas líneas antes del cierre del correo. Así que, exposición sumaria.

Tu hijo gusta aquí en general. Como una tos pertinaz desde hace más de 6 meses, un resfriado, dolores de garganta y reumatismo me permiten salir rara vez y me mantienen alejado de la «sociedad», él y yo tenemos, about once a week, una hora de conversación privada y encuentro que, au fond, ha asimilado de nuestras ideas bastante más de lo que parece. Es, en general, un muchacho capaz, eficiente, de formas cultivadas además y de temperamento amable. Además, y esto es lo principal, full of energy.

Los últimos visitantes que acaban de dejarme eran Viereck y su recién casada, también de soltera Viereck. No había visto al señor desde su regreso de América. Hace unos días me había enviado a Kautsky con varios papeluchos (uno escrito por Liebknecht y firmado también por él en nombre propio y de Bebel) para que yo los firmara. Todos se referían a ciertos acuerdos concertados por mediación de Viereck con la New Yorker Volkszeitung y Cía. respecto a la herencia de Lingenau. Me negué a estampar mi firma, declarando que en este asunto sólo había de tratar con nuestro apoderado general, Sorge. Al mismo tiempo hice saber a Viereck que, ante todo —en mi opinión—, los 120 dólares para el abogado de St. Louis habrían de pagársete a ti con cargo al resto de la colecta americana que aún se encontraba en Nueva York. Viereck me ha contado hoy que, bajo mi responsabilidad frente a los de Leipzig, había ordenado eso de inmediato a Nueva York. Llegó in the nick of time, pues de lo contrario mañana habría yo despachado a Leipzig una protesta formal, una protesta contra el modus operandi de los dirigentes del partido en Leipzig, que en este asunto se habían comportado hasta ahora como si sólo ellos tuviesen que decidir.

A toro pasado, Viereck me habló de tu reclamación por los 80 dólares adelantados. Le dije que nosotros, los albaceas, te indemnizaríamos una vez decidido el proceso si éste resultase desfavorable, como es nuestra maldita obligación.

Antes de tu ejemplar de Henry George, ya había recibido otros dos, uno de Swinton y uno de Willard Brown; así que di uno a Engels y otro a Lafargue. Por hoy debo limitarme a formular muy brevemente mi juicio sobre el libro. El hombre es, en teoría, totalmente arriéré. De la naturaleza de la plusvalía no ha entendido nada y por eso, siguiendo el modelo inglés, se mueve en especulaciones sobre las partes autonomizadas de la plusvalía —sobre la relación entre ganancia, renta, interés, etc.—, quedándose incluso por detrás de los ingleses. Su dogma fundamental es que todo estaría en orden si la renta del suelo fuese pagada al Estado. (Tú encuentras ese pago también entre las medidas de transición contenidas en el Manifiesto Comunista.) Esta opinión pertenece originariamente a los economistas burgueses; fue sostenida primeramente (prescindiendo de una exigencia similar de fines del siglo XVIII) por los primeros partidarios radicales de Ricardo, inmediatamente después de su muerte. Ya dije yo al respecto en 1847, en mi escrito contra Proudhon: «Nous concevons que des économistes, tels que Mill (el mayor, no su hijo John Stuart, que también repite esto con alguna modificación), Cherbuliez, Hilditch y otros, ont demandé que la rente soit attribuée à l’État pour servir à l’acquittement des impôts. C’est la franche expression de la haine que le capitaliste industriel voue au propriétaire foncier, qui lui paraît une inutilité, une superfétation, dans l’ensemble de la production bourgeoise.»

Nosotros mismos, como ya he mencionado, incluimos esa apropiación de la renta del suelo por el Estado entre otras numerosas medidas de transición, las cuales, como se señala igualmente en el Manifiesto, son y tienen que ser contradictorias en sí mismas.

Pero convertir este desideratum de los economistas burgueses radicales ingleses en la panacea socialista, declarar este procedimiento como solución de los antagonismos encerrados en el modo de producción actual, eso no lo hizo hasta Colins, un antiguo oficial de húsares napoleónico, nacido en Bélgica, que en los últimos tiempos de Guizot y los primeros de Napoleon le petit obsequió al mundo, desde París, con gruesos volúmenes sobre este su «descubrimiento», así como hizo también el otro descubrimiento de que ciertamente no hay Dios, pero sí un alma humana «inmortal», y de que los animales «no tienen sensación». Pues si tuvieran sensación, es decir, alma, seríamos caníbales y jamás podría fundarse un reino de la justicia en la tierra. Su «teoría de la antipropiedad del suelo», junto con su teoría del alma, etc., es predicada desde hace años, mensualmente, en la Philosophie de l’Avenir de París por sus pocos adeptos restantes, en su mayoría belgas. Se llaman a sí mismos «collectivistes rationnels» y han elogiado a Henry George.

Después de ellos y junto a ellos, entre otros, también el banquero prusiano y antiguo colector de loterías Samter, de Prusia Oriental, un cabeza hueca, ha embadurnado este «socialismo» en un grueso volumen.

Todos estos «socialistas» desde Colins tienen en común que dejan subsistir el trabajo asalariado, y por tanto la producción capitalista, mientras se figuran hacer creer a sí mismos o al mundo que, al transformar la renta del suelo en un impuesto en favor del Estado, todos los males de la producción capitalista han de desaparecer por sí solos. Así pues, todo ello no es sino un intento, adornado con ribetes socialistas, de salvar la dominación de los capitalistas y, de hecho, de fundarla de nuevo sobre una base aún más amplia que la actual.

Esta pezuña, que es a la vez pezuña de asno, asoma también de modo inconfundible en las declamaciones de Henry George. En él es tanto más imperdonable cuanto que, a la inversa, debiera haberse planteado la pregunta: ¿Cómo es que en los Estados Unidos, donde relativamente, es decir, comparado con la Europa civilizada, la tierra era accesible a la gran masa del pueblo y to a certain degree (también relativamente) lo sigue siendo, la economía capitalista y la correspondiente servidumbre de la clase obrera se han desarrollado más rápida y descaradamente que en ningún otro país?

Por otra parte, el libro de George, al igual que la sensación que ha causado entre vosotros, tiene el significado de ser un primer intento, aunque fracasado, de liberarse de la economía política ortodoxa.

Por lo demás, H. George no parece saber nada de la historia de los anteriores antirenters americanos, que eran más prácticos que teóricos. Es, por otra parte, un escritor de talento (talentoso también para la réclame yanqui), como lo prueba, por ejemplo, su artículo sobre California en el Atlantic. Tiene además la repugnante arrogancia y suficiencia que distingue indefectiblemente a todos esos fabricantes de panaceas.

La enfermedad de mi mujer es, dicho entre nosotros, por desgracia incurable.

Dentro de pocos días iré con ella a Eastbourne, a la seaside.

Salut fraternel.

Tuyo,  
K. Marx