en Argenteuil

[Londres] 11 de abril de 1881

Mi querida Jennychen,

Desde vuestra partida, esto es aburrido —¡sin ti, y sin Johnny y Harra! ¡y sin el Mr. «tea!»!. A veces corro a la ventana, cuando oigo voces de niños que se parecen a las de los nuestros, sin darme cuenta, por un momento, de que los hombrecillos están al otro lado del Canal.

Un consuelo es que tenéis una vivienda bonita y adecuada para los niños; por lo demás, todo parece bastante peor que en Londres — aunque con la excepción del clima, cuyos efectos benéficos, también en relación con el asma, descubrirás con el tiempo.

He buscado para Mamá un nuevo doctor, que me ha recomendado el Prof. Lankester, a saber, el Dr. Donkin; parece un hombre listo e inteligente, pero para el mal de Mamá me parece en efecto que un hombre es tan bueno, y quizás mejor, que otro. Con todo, la distrae el cambio de consejeros médicos, y en el primer período —por lo general no duradero— está llena de elogios para el nuevo Asclepio. Los anteojos de Longuet aparecieron inmediatamente después de su partida; estaban, en efecto, en vuestro dormitorio. Hirsch está destinado a traerlos, pero este cazador de chismes parece no poder despegarse de Londres, en un momento en que hay tanto que husmear. ¡La «gran» cuestión Most! por sí sola es una fuente inagotable de agua fresca (aunque de ningún modo «de alegría clara») para ese Hirsch. Ahora amenaza con no partir hasta el 18 de abril. Luego ha encontrado en Kautsky —contra quien tan sombríamente rumiaba rencor— un secuaz; también Engels juzga con mucha más indulgencia a ese Kautz, desde que este último ha demostrado gran talento en la bebida. Cuando el amable apareció por primera vez en mi casa —me refiero al mochuelo— la primera pregunta que se me escapó fue: ¿se parece usted a su señora madre? ¡Pero en absoluto!, me aseguró, y yo felicité en silencio a su madre. Es una medianía, de puntos de vista pequeños, sabihondo (sólo 26 años), mejorana, en cierto modo laborioso, se ocupa mucho de estadística, pero no saca mucho en limpio de todo eso; pertenece por naturaleza a la tribu de los filisteos, por lo demás, a su modo, es un hombre decente; yo lo endilgo lo más posible a mi amigo Engels.

Anteayer estuvo aquí el Dogberry club; ayer, aparte de las dos chicas Maitland —y por un momento Lankester y Dr. Donkin—, asalto de Hyndman y su señora, ambos con demasiado apego al asiento. A la señora la aprecio, por su modo brusco, no convencional y decidido de pensar y hablar; pero es cómico ver cómo sus ojos penden de los labios de su fatuo y parlanchín marido. Mamá (se acercaban las 11 de la noche) quedó tan fatigada que se retiró. Pero le divirtió un aparte. Resulta que Tussy ha descubierto entre los Dogberries un nuevo niño prodigio, un tal Radford; este jovencito es ya barrister-at-law, pero desprecia el jus y trabaja en la misma línea que Waldhorn. Tiene buen aspecto, una mezcla entre Irving y el difunto Lassalle (aunque nada en común con la cínica y empalagosa manera de marqués judío de este último), un muchacho inteligente y bastante prometedor. Pues bien, ése es el quid de la cuestión: Dolly Maitland le hace la corte de manera terrible, de suerte que Mamá y Tussy no cesaban de guiñarse durante la cena. Por fin llegó luego el señor Maitland, bastante sereno, y tuvo con su instructivo vecino de mesa —Hyndman— otro duelo de lenguas sobre Gladstone, en quien el espiritista Maitland cree. Yo —bastante molesto por un dolor de garganta— me alegré cuando toda la pandilla desapareció. Es extraño que no se pueda vivir sin compañía, y que cuando la tienes, haces todo lo posible para librarte de ella.

Hartmann trabaja duramente en Woolwich como simple obrero; la dificultad de hablar con él en un idioma cualquiera aumenta. Los refugiados rusos en Ginebra le exigen que desautorice a Rochefort, y ello públicamente. Esto no puede ni quiere hacerlo, y no puede, ya por la desaforada carta que el Comité de Petersburgo ha escrito a Rochefort y que éste ha publicado a su vez en el «Intransigeant». Los de Ginebra, en efecto, han tratado durante mucho tiempo de persuadir a Europa de que son ellos quienes dirigen en realidad el movimiento en Rusia; ahora, cuando esta mentira difundida por ellos mismos es recogida por Bismarck y Cía. y se les vuelve peligrosa, constatan lo contrario y tratan en vano de convencer al mundo de su inocencia. En realidad, no son más que doctrinarios, confusos socialrevolucionarios, y su influencia en el «teatro de guerra» ruso es cero.

¿Has seguido los procesos judiciales en San Petersburgo contra los autores del atentado? Es gente cabal de pies a cabeza, sans pose melodramatique, sencilla, objetiva, heroica. Gritar y actuar son opuestos irreconciliables. El Comité Ejecutivo de Petersburgo, que actúa con tanta energía, expide manifiestos de una «moderación» refinada. Está muy lejos de la manera pueril de los Most y otros lloriqueantes infantiles que predican el tiranicidio como una «teoría» y una «panacea» (cosa que hicieron ingleses tan inocentes como Disraeli, Savage Landor, Macaulay, Stansfeld, amigo de Mazzini); por el contrario, se esfuerzan en enseñar a Europa que su modus operandi es un modo de acción específicamente ruso, históricamente inevitable, sobre el que hay que moralizar tan poco —a favor o en contra— como sobre el terremoto de Quíos.

A propósito de esto, hubo un buen escándalo en la Cámara de los Comunes (sabes que esos miserables gladstonianos, por complacer a Bismarck y Gortschakow, en la persona del lamentable Most emprendieron un atentado contra la libertad de prensa inglesa, lo que difícilmente les saldrá bien). Lord Churchill —un insolente jovenzuelo tory de la familia Marlborough— interpeló a Sir Charles Dilke y al señor Brassey, ambos comparsas en el gabinete, acerca de si habían dado dinero para apoyar a la «Freiheit». Lo negaron rotundamente, y Churchill se vio obligado a nombrar a su informante. Y entonces nombró al inevitable M. Maltman Barry. Te incluyo un recorte sobre este asunto del «Weekly Dispatch» (el periódico de los Dilke, redactado por el «radical filosófico» Ashton Dilke, hermano del gran «Dilke») y una declaración de Maltman Barry en el «Daily News». Evidentemente, Dilke miente; ¡qué mezquindad la de ese fanfarrón que a sí mismo se ha nombrado futuro «presidente de la república inglesa» y que, por miedo a perder su puesto, se deja dictar por Bismarck a qué periódicos ha de favorecer con 1 libra esterlina y a cuáles no! ¡Y qué pasaría si se supiera que Ashton Dilke, tan pronto como Hartmann llegó a Londres, le invitó a un almuerzo? Pero Hartmann lo rechazó, porque no quería dejarse «exhibir».

¡A propósito del tránsfuga comtista Maxse! Se le hace demasiado honor a ese mozalbete en la «Justice» y se le trata con guante de seda. A esa extraña pandilla —los liberales ingleses y su variedad aún peor, los llamados radicales— les parece en verdad un crimen que la «Justice», contra toda costumbre y contra lo convenido, no trate a estos farsantes e impostores en la forma tradicional, ¡que no mantenga la leyenda que sobre ellos circula en la prensa liberal continental! Cuando se considera con qué desvergüenza la prensa londinense se lanza sobre el partido socialista de todos los países europeos, lo difícil que es conseguir, si es que alguien considera que vale la pena responder, aunque sea unas cuantas líneas de respuesta en esa prensa — ¡resulta un poco fuerte reconocer el principio de que, cuando un periódico de París se atreve a criticar al «gran» Gladstone, ese archihipócrita y casuista de vieja escuela, esté obligado a poner a disposición columnas enteras de la prosa del señor Maxse, para que éste pague en especie a Gladstone el ascenso que de éste ha recibido!

Aun suponiendo que la política de Gladstone (¡el hombre del Acta de Coerción y del Acta de Armas!) respecto a Irlanda fuese tan acertada como es de falsa, ¿sería esa una razón para hablar de la «generosidad», de la «magnanimidad» de ese hombre? ¡Como si se tratara de algo semejante entre Inglaterra e Irlanda! ¡Habría que hacerle entender al señor Maxse que tales frases pecksniffianos tienen derecho de ciudadanía en Londres, pero no en París!

Dile a Longuet que lea en el «Times» de hoy el discurso de Parnell en Cork; allí encontrará la sustancia de lo que hay que decir sobre el nuevo Land Act de Gladstone; sin dejar de observar que Gladstone, con sus medidas infames preliminares (incluida la aniquilación de la libertad de palabra de los miembros de la Cámara de los Comunes), ha preparado las condiciones bajo las cuales los desahucios en Irlanda se llevan a cabo ahora en masa, mientras que el Acta es puro juego de manos, pues los Lores, que obtienen de Gladstone todo lo que quieren y ya no tienen que temer a la Liga Agraria —lo harán sin duda fracasar o lo castrarán de tal modo que los irlandeses mismos acaben votando en contra.

Besad a los niños cien veces de mi parte; saludos a Longuet. Escríbeme, querida niña, cómo va tu salud. Adiós.

Querido Johnny, ¿cómo te gusta Francia?