en Zúrich

Londres, 12 de marzo de 1881

Estimado señor Bernstein,

Adjunto algún material para la prohibición del adulterio. Desde luego, no sé si podrá usted utilizarlo. El punto es espinoso, y usted debe saber si tocarlo perjudica más de lo que beneficia. En cualquier caso, quería mostrarle un camino de cómo se puede tratar este mandamiento sin caer en mojigatería moral, y en todo caso puede serle útil tener recopilado el material histórico sobre este caso, en la medida en que estuvo a mi disposición.

Por lo demás, el periódico se mantiene en conjunto bastante bien, algunos números son muy buenos; no le vendrían mal algunos artículos menos doctrinarios, como el del socialismo de Estado. ¡Cómo se puede meter en el mismo saco a Turgot, uno de los primeros economistas del siglo XVIII, con el hombre muy práctico de la alta finanza, Necker, el predecesor de los Laffitte y Pereire, y hasta con el miserable Calonne, el hombre de los expedientes al día, que era un verdadero aristócrata: après moi le déluge! ¿Cómo poner a éstos, especialmente a Turgot e incluso a Necker, junto con Bismarck, que a lo sumo, à la Calonne, quiere dinero a cualquier precio, y a este Bismarck, a su vez, sin más, con Stoecker y, por otra parte, con Schäffle y Cía., cada uno de los cuales persigue tendencias completamente distintas? Si los burgueses echan todo esto en el mismo saco, no hay razón para que nosotros procedamos con la misma falta de crítica. Pues ésa es justamente la raíz del doctrinarismo: que se crea en las afirmaciones interesadas y estrechas del adversario, y después sobre esas afirmaciones se levanta un sistema que, naturalmente, se sostiene o cae con ellas. En el caso de Bismarck se trata de dinero, otra vez dinero, por tercera vez dinero, y los pretextos para ello los cambia por consideraciones puramente externas. Dadle otra composición de la mayoría en el Reichstag y tirará por la borda todos sus planes actuales para hacer los contrarios. Por eso nunca, jamás de los jamases, se puede deducir una declaración de bancarrota de la sociedad moderna de algo que haga un animal tan teóricamente irracional y prácticamente tan mudable como Bismarck. Tampoco de las danzas de San Vito espirituales de un loco como Stoecker. Ni tampoco de las paparruchas de los «hombres pensantes» à la Schäffle. Estos señores no «piensan» (es aproximadamente todo lo que «piensan») en declarar la bancarrota de la sociedad moderna. Al contrario, viven sencillamente de querer remendarla una y otra vez. Pero, qué clase de hombre pensante es, por ejemplo, Schäffle: en la «Quintaesencia» confiesa el simple suabo que ha reflexionado diez años sobre un punto (de los más sencillos) de «El Capital» antes de llegar a entenderlo, ¡y al final ha llegado tan sólo a puro desatino!

Es una pura falsificación interesada de la burguesía de Manchester calificar de «socialismo» toda injerencia del Estado en la libre competencia: aranceles protectores, gremios, monopolio del tabaco, estatalización de ramas industriales, la Seehandlung, la manufactura real de porcelana. Esto debemos criticarlo, no creerlo. Si hacemos esto último y basamos en ello un desarrollo teórico, éste se derrumba con sus presupuestos, es decir, con la simple demostración de que ese pretendido socialismo no es, de una parte, sino reacción feudal, y de otra, pretexto para la prensa de hacer dinero, con la intención accesoria de transformar al mayor número posible de proletarios en funcionarios y pensionistas dependientes del Estado, y de organizar, junto al disciplinado ejército de guerra y de funcionarios, otro ejército obrero igualmente disciplinado. Obligación electoral mediante superiores estatales en lugar de capataces de fábrica… ¡bonito socialismo! Pero a ello se llega cuando se cree al burgués lo que él mismo no cree, sino que sólo finge: que Estado = socialismo.

Por lo demás, considero que la opinión de usted sobre la actitud que ha de darse al periódico coincide por completo con la mía, y me alegro también de que últimamente ya no se recurra tanto a la palabra revolución como al principio. Eso estuvo muy bien en un comienzo, tras el lamentable pasteleo de 1880, pero es mejor, incluso frente a Most, precaverse contra las grandes frases. Se pueden expresar pensamientos revolucionarios sin arrojar constantemente en torno la palabra revolución. El pobre Most, dicho sea de paso, está completamente fuera de sí, ya no sabe a qué atenerse, y ahora, para colmo, el éxito de F[ritzsche] y V[iereck] en América le quita el último viento de las velas.

El periódico puede ahora servir realmente de ánimo y regocijo a nuestra gente en Alemania, que, al menos los llamados dirigentes, en parte necesitan mucho. He vuelto a recibir algunas cartas lastimeras y las he contestado como se merecían. También V[iereck] estaba al principio muy melancólico, pero un par de días en el aire libre de Londres bastaron para devolverle elasticidad. Este aire libre tiene que llevarlo el periódico hacia Alemania, y para ello sirve sobre todo tratar al adversario con desprecio, escarnecerlo. Cuando la gente vuelva a aprender a reírse de Bismarck y Cía., se habrá ganado mucho. Pero no hay que olvidar que es la primera vez que algo así le ocurre a la gente, al menos a la gran mayoría, y que, en particular, una multitud de agitadores y redactores se vieron arrancados de manera muy desagradable de posiciones muy agradables. Aquí hace falta regocijo, tanto como el constante recuerdo de que Bismarck y Cía. siguen siendo los mismos asnos, las mismas canallas y los mismos pobres diablos impotentes ante el movimiento histórico, tal como eran antes de los atentados. De modo que cualquier chiste sobre esta gentuza es valioso.

Acerca de Irlanda, sólo esto: la gente es demasiado lista para no saber que una insurrección sería su ruina; ésta sólo puede tener oportunidad en caso de una guerra entre Inglaterra y América. Entretanto, los irlandeses en el Parlamento han obligado a Gladstone a introducir el reglamento continental y con ello a socavar todo el parlamentarismo inglés. Han forzado además a Gladstone a renegar de todas sus frases y a volverse más tory que los peores tories. Los proyectos de ley de coerción han pasado, la ley agraria será rechazada o castrada por la Cámara de los Lores, y entonces empezará el baile, es decir, la secreta descomposición de los partidos se hará pública. Desde el nombramiento de Gladstone, los whigs y los tories moderados, esto es, la totalidad de los grandes terratenientes, se están uniendo en secreto en un gran partido de la propiedad agraria. No bien esto haya madurado, una vez conciliados los intereses dinásticos y personales, o bien cuando, a raíz de la ley agraria, el nuevo partido sea empujado a la luz pública, el ministerio y la actual mayoría se desintegrarán. Frente al nuevo partido conservador se alzará entonces el nuevo partido burgués radical, pero sin más reserva que los obreros y los campesinos irlandeses. Y para que aquí no vuelva a haber fullerías y trampas, se está formando justamente un partido proletario radical bajo la dirección de Joseph Cowen (M.P. por Newcastle), que es un viejo cartista, medio comunista cuando no comunista entero, y un tipo muy valiente.

Irlanda produce todo esto; Irlanda es el elemento motor en el Imperio. Esto para su información privada. En breve, más al respecto.

Saludos.

Suyo,

F.E.

Puesto que Kautsky, a quien usted desea saludar, vendrá pronto, sería inútil contestarle detalladamente. Salude a Beust cuando lo vea.