La “cuestión” del próximo Congreso de Zurich, acerca de la cual usted me informa, me parece un error. Lo que es preciso hacer en un momento preciso del futuro y lo que debe hacerse de inmediato, son cosas que por supuesto dependen totalmente de las condiciones históricas en que a cada uno le toca actuar. Pero esa cuestión está en las nubes y por ello es en realidad el planteo de un problema fantasma, cuya única solución puede ser la crítica de la cuestión misma. No se puede resolver ninguna ecuación a menos que en sus términos estén implicados los ele- mentos de su solución. Además, las dificultades de un gobierno surgido de repente de una victoria del pueblo no tienen nada que sea específi- camente “socialista”. Por el contrario. Los políticos burgueses victoriosos se sienten de inmediato turbados por su “victoria”, mientras que los socia- listas al menos pueden actuar sin obstáculos. Por lo menos de una cosa puede usted estar seguro: un gobierno socialista no llega al poder en un país a menos que las condiciones estén tan desarrolladas que pueda por sobré todo, adoptar las medidas necesarias para i intimidar suficiente- mente a la gran masa de la burguesía ¡ a fin de ganar tiempo —el primer desideratum— para una acción perdurable.

Quizá usted piense en la Comuna de París; pero aparte de que ésta fue simplemente el levantamiento de una ciudad en condiciones excep- cionales, la mayoría de la Comuna no era ni podía ser socialista en nin- gún sentido. Pero, con una “pequeña dosis de sentido común podrían haber llegado a un compromiso con Versailles útil al conjunto del pueblo y que era lo único que en ese momento podía obtenerse. ¡La sola apro- piación del Banco de Francia habría bastado para que todas las preten-

siones de la gente de Versailles terminasen en terror, etc., etc.

Las demandas generales de la burguesia francesa planteadas antes de 1789 cran aproximadamente las mismas, mutatis mutandis, que las demandas clementales del proletariado, actualmente uniformes en todos

los paises de producción capitalista. Pero, ¿cualquier francés del si- glo xvi tenía a priori la menor idea de la forma en que podrían cum- plirse los reclamos de la burguesía francesa? Las anticipaciones teóricas y necesariamente fantásticas del programa de acción de una revoltción] tutura sólo nos desvían de la lucha. del presente. El sueño de que el fin del mundo estaba al alcance de la mano inspiró a los cristianos primitivos en su lucha contra el Imperio Romano dándoles confianza en la victoria.

La visión científica de la inevitable descomposición del orden social vigente, que se produce continuamente ante nuestros ojos, y el creciente apasionamiento de las masas acicateadas por los viejos fantasmas del gobierno —en tanto que al mismo tiempo avanza con zancadas de giganto

el desarrollo positivo de los medios de producción— todo esto es garantía suficiente de que en el momento en que estalle una verdadera revolución proletaria existirán también las condiciones (si bien éstas, seguramente,

no serán idílicas) de su inmediato modus operandi.

Estoy convencido de que todavía no ha llegado el momento adecua- do para la formación de una nueva Asociación Internacional de los Tra- bajadores, y por esta razón considero que todos los congresos obreros, y en particular los congresos socialistas —en la medida en que no están vinculados con las condiciones inmediatas en una u otra nación— no son sólo inútiles, sino perjudiciales. Se desvanecerán siempre en innumecra- bles trivialidades generales y anacrónicas.

dy NIEUWENHUIS, F. Domela (1846- ). Socialista holandés, luego anarquista. Uno de los líderes de la Federación Socialdemócrata forma- da por varias sociedades socialistas en 1881. Nieuwenhuis fue pastor en su comienzo, pero abandonó la Iglesia en 1879. En 1888 fue llevado al Parlamento. Pero al perder su banca en la elección general de 1892 em- pezó a manifestarse en contra de la utilización del Parlamento como tri- buna, volcándose cada vez más hacia el anarquismo. Rompió finalmente con el movimiento obrero marxista en el Congreso de Londres de la II Intemacional, en 1896.

CONGRESO DE ZURICH. En mayo de 1880 el Congreso de Bruselas de los socialistas” belgas resolvió organizar un congreso obrero mundial a realizarse en el año 1884 para hacer resurgir la Internacional. El mani- fiesto de la comisión organizadora designada por el Congreso no estable- ció tareas concretas y actuales. Los socialdemócratas alemanes, en su Congreso de Wyden (de agosto de 1880) decidieron participar. Debido a la prohibición de las autoridades, el congreso no pudo realizarse en Zurich, por lo que se llevó a cabo en Chur. Tal como había sostenido Marx no tuvo resultados prácticos. La tentativa de revivir la Interna- cional no tuvo éxito hasta el Congreso de París de 1889.