en París  

[Londres] 4 de enero de 1881  

Querido Longuet:  

Se me han acumulado tantos periódicos viejos que me llevaría demasiado tiempo encontrar la «Eastern Post» en la que está contenida la polémica del Consejo General (incluyendo a sus miembros comuneros) con el ínclito Bradlaugh. Supongo, sin embargo, que Leßner tendrá a mano la «Post». Pero eso no es tan importante para usted. Que Bradlaugh acusara a los communards, que repitiera las calumnias más infames de periódicos como la «Liberté» y el «Soir», lo que usted le demostró entonces en la «Post», que arremetiera contra el Mensaje del Consejo General «La guerra civil en Francia», etc., apenas le perjudicará a los ojos de la burguesía parisina. No obstante, el asunto podría señalarse brevemente, ya que es característico del individuo. En una respuesta del secretario general del Consejo General (era Hales, pero mencionarlo sería concederle demasiado honor) a Bradlaugh (en la «Eastern Post», septiembre de 1871) se decía, entre otras cosas: «La destrucción deliberada de viviendas particulares (por el bombardeo de Thiers) fue obra de los amigos del señor Bradlaugh… Rochefort ha sido condenado bajo la república a deportación perpetua por un delito de prensa. ¡Imagínese que el señor Bradlaugh fuera deportado de por vida por sus expresiones!»  

Lo importante es que Bradlaugh fue desenmascarado por el Consejo General (extractos de cuyas sesiones publicaba la «Eastern Post») como amante de Plon-Plon (que se hallaba entonces en Londres) y por sus sospechosas relaciones en París. En la sesión del Consejo General del 19 de diciembre de 1871, yo (informado por el francés que escribía bajo el nombre de Azamouth, u otro nombre turco, y a quien una dama — probablemente la Brimont — se lo había contado en la reunión social a la que más tarde me referiré) revelé un reciente viaje de Bradlaugh a París, donde se alió con Detroyat y Émile de Girardin. Este último dio una comida en su honor, a la que asistieron damas dudosas, es decir, bonapartistas, y donde Bradlaugh se puso en ridículo jactándose de su supuesta influencia en Londres.  

Si Bradlaugh dice que la Brimont era entonces, cuando la conoció, una gran patriota, realmente se le puede creer. ¡Antes de la batalla de Sedan, todos los bonapartistas eran tan patriotas como para desear la victoria a su emperador! Después de la batalla de Sedan siguieron siendo patriotas, porque, desde su punto de vista, Francia sólo podía salvarse mediante la restauración de Luis Bonaparte, incluso si esa restauración hubiera de llevarse a cabo con ayuda de Bismarck.  

Por supuesto, no debe usted mencionarme. En lo que respecta a los detalles de la estrecha relación de Bradlaugh con la Brimont, Blanc (le vieux?) es el hombre que puede darlos.  

En su polémica con el Consejo General, Bradlaugh fue apoyado por el «Soir» (la revista parisina). En la sesión del Consejo del 2 de enero de 1872, Serraillier comunicó: «He leído en ‘Le Soir’ un artículo escrito en defensa de Bradlaugh. En él se decía que él (Bradlaugh) había honrado a la revista (‘Le Soir’) con su colaboración y que era un hombre de confianza del gobierno, que nada tenía que ver con intrigas demagógicas.»  

Cuando Gladstone disolvió el Parlamento (siendo derribado por Disraeli), la sala de conferencias de Bradlaugh estaba engalanada con enormes carteles que proclamaban: «¡Un adiós al iconoclasta, al redentor del pueblo! ¡Un bienvenido al gran audaz de St. Stephens!» Pero había hecho la cuenta sin la huéspeda. No fue elegido para el Parlamento, a pesar de sus públicas cartas de mendicidad (pidiendo un buen certificado) a Bright y a otros dirigentes del «gran partido liberal», que respondieron muy fríamente. Tampoco le ayudaron sus jactancias de haber cenado con un «life-bishop» (de la Iglesia anglicana).  

En la última elección, Bradlaugh tuvo más éxito por la siguiente razón: fue uno de los partidarios demagógicos más ruidosos de la campaña pro-rusa de Gladstone contra Disraeli — de hecho, uno de los instrumentos más activos del partido que, coûte que coûte, quería volver a alcanzar «cargos y dignidades». Además, en la inminente batalla electoral decisiva no debía ponerse en juego ningún distrito. Había que arrojar por la borda los escrúpulos de los whigs y del partido radical. Esta vez la elección de Bradlaugh en Northampton no era segura, a pesar del fuerte contingente de zapateros de esa ciudad que pertenecen a su «secta»; pero esos zapateros habían votado antes por él como un solo hombre, y sin embargo fracasó. Pero había otro candidato liberal, muy difícil de colocar, porque gozaba de una notoria mala fama a causa de sus «affaires véreuses en matière de finances» y también de algunos escándalos de otro tipo (des gifles reçues). Ese hombre era Labouchere. Es uno de los tres propietarios del «Daily News», es decir, socio de ese gros bonnet del partido liberal, el capitalista pietista Samuel Morley. Si bien era difícil hacer pasar tanto a Bradlaugh como a Labouchere por separado, sí era posible si se hacía de ellos una pareja. La recomendación pública (mediante una carta impresa) del ateo Bradlaugh por el pietista Samuel Morley aseguró a Bradlaugh el elemento religioso de Northampton, mientras que Bradlaugh aseguraba a Labouchere los zapateros incrédulos de aquella ciudad. De este modo, ambos entraron juntos como diputados por Northampton.  

Toda la bajeza de Bradlaugh se revela del mejor modo en las maniobras con que ha logrado desplazar a todos los demás predicadores populares del librepensamiento — que, como Mrs. Law, no quisieron ser sus séides personales — (los predicadores científicos se dirigen a otras couches sociales), apropiándose de todos los fondos del partido. Incluso consiguió que se les cerrara el acceso a todas las salas de conferencias de Londres, mientras él construía con los fondos del partido una sala propia para su uso personal. Mrs. Law y los demás quedaron así limitados a dar conferencias en provincias. Si le interesa (aunque creo que no vale la pena entrar en detalles), puede obtener sobre este punto toda la información de las personas concernidas.  

Salut.  
K.M.  

(¡Véase al dorso!)  

¿Puede darme algunos informes sobre una persona llamada E. Fortin, que me ha escrito varias cartas con el encabezamiento: «Mon cher maître»? Su petición es muy «modesta». Mientras estudia «El Capital», propone elaborar resúmenes mensuales, que tendría la bondad de enviarme cada mes. Yo debo corregirlos mensualmente y explicarle los pasajes que haya podido entender mal. De este modo silencioso, cuando haya terminado el último resumen mensual y yo se lo haya devuelto corregido, dispondrá de un manuscrito listo para la publicación, que — según dice — inundará Francia con torrents de lumière.  

Ahora bien — ya por la mera falta de tiempo — no accederé a su petición, pero en cualquier caso debo contestar a su carta. Quizá tenga las mejores intenciones. Pero me gustaría, antes de escribirle, obtener algunos informes. Actualmente reside en Beauvais, 22, rue de la Porte de Paris.