en Nueva York

4 de noviembre de 1880
41, Maitland Park Road, Londres, N.W.

Muy señor mío:

Hoy le he enviado un ejemplar de la edición francesa de El capital. Al mismo tiempo, he de darle las gracias por su amable artículo en el Sun.

Aparte de los «sensacionales» fracasos del señor Gladstone en el extranjero, el interés político aquí se concentra en este momento en la «cuestión de la tierra» irlandesa. ¿Y por qué? Principalmente, porque es el heraldo de la «cuestión de la tierra» inglesa.

No solo porque los grandes terratenientes de Inglaterra son también los mayores propietarios de tierra de Irlanda, sino porque, una vez que el sistema agrario inglés ha fracasado en el territorio que irónicamente se llama la «isla hermana», ya no podrá sostenerse en casa. A ello se oponen los arrendatarios británicos, que gimen bajo las altas rentas y —gracias a la competencia americana— los bajos precios; los trabajadores agrícolas británicos, que finalmente están hartos de su posición tradicional como bestias de carga maltratadas, y —ese partido británico que se autodenomina «radical». Este último consta de dos grupos; primero, los ideólogos del partido, que se afanan por derrocar el poder político de la aristocracia minando su base material, la propiedad territorial semifeudal. Sin embargo, detrás de estos proclamadores de principios se oculta otro grupo y los impulsa —capitalistas astutos, codiciosos y calculadores, que saben exactamente que la abolición del antiguo derecho de propiedad sobre la tierra, en el modo propuesto por los ideólogos, no puede sino transformar la tierra en una mercancía comercializable, que finalmente deberá concentrarse en manos del capital.

Por otra parte, John Bull, considerado como un ente nacional, abriga graves temores de que, tras la desaparición en Irlanda de la fortaleza aristocrática de la propiedad territorial inglesa, desaparezca también el dominio político de Inglaterra sobre Irlanda.

Liebknecht debe ir seis meses a prisión. Como la ley de socialistas no ha podido aniquilar la organización socialdemócrata en Alemania, ni siquiera debilitarla, Bismarck se aferra tanto más desesperadamente a su panacea universal y se imagina que ha de surtir efecto con tal de que se aplique a mayor escala. Desde entonces ha extendido el estado de sitio a Hamburgo, Altona y otras tres ciudades del norte de Alemania. En estas circunstancias, los amigos alemanes me han escrito una carta de la cual un pasaje reza como sigue:

«La ley de socialistas, aunque no ha podido ni podrá jamás romper nuestra organización, exige sacrificios pecuniarios que apenas resultan soportables. Sostener a las familias arruinadas por la policía, mantener con vida los pocos periódicos que nos han quedado, preservar los enlaces necesarios mediante hombres de confianza, librar la lucha en toda la línea; todo esto requiere dinero. Estamos casi agotados y nos vemos obligados a apelar a nuestros amigos y simpatizantes en otros países». Hasta aquí este extracto.

Pues bien, nosotros aquí en Londres, París, etc., haremos todo lo posible. Igualmente creo que un hombre con la influencia de usted podría organizar una colecta en los Estados Unidos. Aunque el resultado financiero no fuese considerable, el desenmascaramiento del nuevo golpe de Estado de Bismarck en meetings públicos llevados a cabo por usted, los informes sobre ello en la prensa americana, que se reproducen al otro lado del Atlántico, herirían sensiblemente al hobereau pomeranio y serían acogidos por todos los socialistas de Europa. Podría usted obtener información más detallada del señor Sorge (Hoboken). Los fondos que eventualmente se reúnan habrían de enviarse al señor Otto Freytag, diputado del Landtag, Amtmannshof, Leipzig. Su dirección no debería, naturalmente, ser publicada; de lo contrario, la policía alemana se limitaría a confiscar.

A propósito. Mi hija menor —que no estuvo con nosotros en Ramsgate— me cuenta ahora mismo que ha recortado mi retrato del ejemplar de El capital que yo le envié a usted, porque era una pura caricatura. Lo compensaré con un fotograma que ha de tomarse el primer día hermoso.

Mi mujer y toda la familia le envían los mejores saludos.

Suyo afectísimo,

Karl Marx