en Petersburgo

12 de septiembre de 1880  
Ramsgate

Estimado señor:

No necesito asegurarle cuánto me alegraría poder serle útil de algún modo; pero una breve indicación de las circunstancias en que me encuentro en este momento le convencerá de que en la actualidad no estoy en condiciones de realizar ningún trabajo teórico. Los médicos me han enviado aquí para «no hacer nada» y curar mis nervios mediante el *far niente*¹. Una enfermedad de mi mujer, que padecía desde hace mucho tiempo, se agravó de repente de tal modo que amenazaba con un desenlace fatal. Todo el tiempo que puedo arañar se reduce forzosamente a asuntos de los que debo librarme.

No obstante, usted ya ha concluido la parte más importante para el gran público: la compilación de las estadísticas y la interpretación de los hechos contenidos en ellas. Sería una lástima que demorase la publicación, que espero con la mayor impaciencia.

Cualquier cosa útil que haya encontrado en mis cartas para su propósito puede utilizarla a su gusto. Sólo temo que no sea mucho, pues sólo le envié algunos fragmentos.

La crisis actual es, por lo que toca a su duración, extensión e intensidad, la mayor que Inglaterra haya experimentado jamás. Pero a pesar del hundimiento de algunos bancos provinciales escoceses e ingleses, faltó por completo el punto culminante de las grandes crisis periódicas anteriores en Inglaterra: el crac bursátil de Londres. Este hecho absolutamente extraordinario —la ausencia del llamado con razón pánico monetario— ha de atribuirse a un encadenamiento de circunstancias cuyo análisis me llevaría ahora demasiado lejos. Sin embargo, una de las circunstancias más decisivas fue la siguiente:

La fuerte salida de metales preciosos de 1879 fue compensada en una medida importante por la cooperación de la Banque de France y el Deutsche Reichsbank. Por otra parte, la súbita reactivación en los Estados Unidos —desde la primavera de 1879— actuó como un deus ex machina.

En cuanto a la crisis agraria, ésta se desarrollará, aumentará en intensidad y llegará paulatinamente a un punto culminante, trayendo consigo una revolución completa en las relaciones de propiedad rurales, por completo independiente de los ciclos de las crisis comerciales e industriales. Incluso optimistas como Mr. Caird empiezan ya a «oler la pólvora».

Muy elocuente acerca del tablón que los ingleses tienen ante la cabeza es lo siguiente: desde hace dos años se vienen publicando —tanto en el *Times* como en los periódicos de agricultura— cartas de arrendatarios en las que se comparan los costos individuales invertidos en el cultivo de sus explotaciones con los ingresos a los precios actuales, y el resultado ha sido un déficit puro y simple. ¿Puede usted imaginarse que ni uno solo de los especialistas que se ocuparon de estos cálculos pensara en cómo resultarían si la partida de renta del suelo se suprimiera en muchos casos o, en otros muchos, se redujera «de manera muy sensible»? Pero éste es un punto espinoso que no hay que tocar jamás. Los propios arrendatarios han perdido, ciertamente, la fe en los remedios secretos que les fueron propuestos por los terratenientes o sus «plumitifs»⁸, pero no se atreven a presentarse como hombres audaces, pues ven que ellos mismos se ven acosados por la «clase trabajadora» del campo. Todo esto es un hermoso embrollo.

Espero que no haya una guerra general en Europa. Aunque, en última instancia, no podría detener el desarrollo social —quiero decir económico—, sino que más bien lo impulsaría, traería consigo, sin embargo, durante un período más o menos largo, un agotamiento inútil de las fuerzas.

Le ruego que envíe sus cartas, como hasta ahora, a mi dirección de Londres, donde las recibiré siempre incluso en caso de ausencia temporal.

Su muy atento y seguro servidor,

A. Williams

Tomado del inglés.

⁸ «Federfuchsern» (plumitifs). – Seudónimo de Marx.

¹ «No hacer nada». – Véase también el presente volumen, pp. 359 y 370-372.