en Leipzig!512!
Londres, 14 de noviembre de 1879

Querido Bebel:

Muchas gracias por sus comunicaciones, así como por las de Frlitzsche] y Lfiebknecht] 523), que por fin nos permiten ver claro el estado de las cosas.

Que, sin embargo, la cosa no era ni mucho menos tan sencilla desde un principio, lo prueban las anteriores cartas de Leipzig, así como los errores y confusiones con Hirsch en general.! Estos últimos habrían sido imposibles si los de Leipzig hubieran puesto desde un principio un freno a la pretensión de censura de los zuriqueses. Si se hubiera hecho eso y se hubiera informado de ello a Hirsch, todo habría estado en orden. Pero como esto no sucedió, al comparar una vez más lo hecho y lo omitido, las comunicaciones actuales y las cartas anteriores de todos los implicados, no puedo sino llegar a la conclusión de que H[öch]b[er]g no andaba tan descaminado cuando me dijo que la censura de Zúrich sólo se había instaurado por causa de Hirsch, y que contra V[ollmar] era superflua.?

En lo que respecta a la financiación, no me sorprende mucho que usted tome la cosa tan a la ligera. Usted prueba el asunto por primera vez. Pero Hirsch había hecho precisamente en la «Laterne» la experiencia práctica, y nosotros, que hemos visto a menudo cosas semejantes y también las hemos experimentado en carne propia, no podemos sino darle la razón cuando quería que este punto se considerara seriamente. La «Freiheit», a pesar de todos los subsidios, cierra su tercer trimestre con un déficit de 100 libras esterlinas = 2000 marcos. Jamás he conocido un periódico alemán prohibido en el interior del país que se haya mantenido sin subsidios considerables. No se deje deslumbrar por los primeros éxitos. Las verdaderas dificultades del contrabando sólo se muestran con el tiempo y aumentan sin cesar.

Sus observaciones sobre la actitud de los diputados y de los dirigentes del partido en general en la cuestión de los aranceles protectores confirman cada palabra de mi carta. Ya era bastante grave que el partido, que se jacta de ser económicamente tan superior a los burgueses, estuviera en esta primera prueba económica tan dividido y tan desorientado como los nacional-liberales!!, quienes al menos tenían para su lamentable descalabro la excusa de que allí entraban en conflicto verdaderos intereses burgueses. Peor aún fue que se dejara ver esa división, que se actuara con inseguridad y vacilación. Si no se podía alcanzar una unidad, sólo quedaba un camino: declarar la cuestión como una cuestión puramente burguesa, que es lo que es en realidad, y no votar. Lo peor fue que se permitiera a Kayser pronunciar sus discursos lamentables y votar a favor de la ley en primera lectura.?0! Sólo después de esta votación H[irsch] le ha atacado!}, y si K[ayser] vota luego contra la ley en tercera lectura, eso no mejora para él la cosa, sino que más bien la empeora.

La resolución del congreso no es excusa.15! Si el partido quiere atarse hoy todavía a todas las viejas resoluciones del congreso, tomadas en tiempos de paz apacible, se pone él mismo cadenas. El terreno jurídico sobre el que se mueve un partido vivo no sólo debe ser creado por él mismo, sino que también debe poder modificarse en todo momento. Al hacer imposible la ley contra los socialistas [!51!] todos los congresos y, por tanto, la modificación de las viejas resoluciones del congreso, aniquila también la fuerza vinculante de aquellas resoluciones. Un partido al que se le corta la posibilidad de adoptar resoluciones vinculantes, tiene que buscar sus leyes únicamente en sus necesidades vivas, siempre cambiantes. Pero si quiere subordinar esas necesidades a resoluciones anteriores, ahora rígidas y muertas, cava su propia tumba.

Esto en lo formal. Pero el contenido de aquella resolución es lo que la invalida realmente. En primer lugar, contradice el programa, al permitir la concesión de impuestos indirectos. En segundo lugar, contradice la ineludible táctica del partido, al permitir la concesión de impuestos al Estado actual. En tercer lugar, traducida a un claro alemán, dice lo siguiente:

El congreso confiesa no estar suficientemente informado sobre la cuestión de los aranceles protectores para poder adoptar una resolución decisoria a favor o en contra. Se declara, pues, incompetente en esta cuestión, al limitarse, por amor al público, a formular algunos lugares comunes en parte vacíos de contenido, en parte contradictorios entre sí o con el programa del partido, y se alegra así de haberse quitado el asunto de encima.

Y esta declaración de incompetencia, con la que en tiempos de paz se dejó en suspenso la cuestión entonces puramente académica, ¿debe*, ahora en los tiempos de guerra, cuando la cuestión se ha vuelto candente, ser vinculante para todo el partido hasta que sea legalmente derogada por una nueva resolución, ahora imposible de lograr?

Lo que es seguro es que, sea cual sea la impresión que los ataques de Hirsch contra K[ayser] hayan causado en los diputados, esos ataques reflejan la impresión que la actuación irresponsable de Kayser ha producido en los socialdemócratas alemanes y no alemanes en el extranjero. Y debería entenderse por fin que no sólo dentro de las propias cuatro paredes, sino también ante Europa y América, hay que mantener la reputación del partido.

Y esto me lleva al informe de cuentas.!6! Tan bueno como es el comienzo, tan hábil —dadas las circunstancias— el tratamiento del debate sobre los aranceles protectores, tan desagradables concesiones al filisteo alemán contiene la tercera parte. ¿A qué viene el pasaje totalmente superfluo sobre la «guerra civil», a qué el quitarse el sombrero ante la «opinión pública», que en Alemania será siempre la del filisteo de la cerveza, a qué aquí el completo oscurecimiento del carácter de clase del movimiento? ¿A qué darles esta alegría a los anarquistas? Y además todas estas concesiones son totalmente inútiles. El filisteo alemán es la cobardía personificada, sólo respeta a quien le infunde miedo. Pero quien quiere hacerse el niño querido ante él, le considera uno de los suyos y no le respeta más que a uno de los suyos, es decir, nada en absoluto. Y ahora, después de que la tormenta de la indignación del filisteo cervecero, llamada opinión pública, ha vuelto a calmarse notoriamente, cuando la presión fiscal está ablandando de nuevo a la gente de todos modos, ¿a qué viene todavía este regalizamiento? ¡Si supiera usted cómo suena eso en el extranjero! Está muy bien que un órgano del partido tenga que ser redactado por personas que están en medio del partido y en la lucha. Pero si usted estuviera sólo seis meses en el extranjero, pensaría de manera muy distinta sobre esta completamente innecesaria auto-humillación de los diputados del partido ante el filisteo. La tormenta que se desató sobre los socialistas franceses después de la Comuna era algo muy distinto del griterío por Nobiling en Alemania. ¡Y cuánto más orgullosos y conscientes de sí mismos se comportaron los franceses! ¿Dónde encuentra usted allí tales debilidades, tales cumplidos para el adversario? Callaron donde no podían decir abiertamente la verdad, dejaron que el pequeñoburgués se desgañitara, sabían que su tiempo volvería, y ahora ha llegado.

Lo que usted dice sobre H[öch][ber]g!”!, quiero creerlo de buena gana. No tengo absolutamente nada contra su carácter privado. Creo también que él mismo sólo a través de la agitación anti-socialista se ha percatado de lo que quiere en el fondo de su corazón. Que eso que quiere es burgués y no proletario, he tratado de hacerle comprender —probablemente en vano—. Pero una vez que se ha formado un programa, tendría que achacarle más que debilidad de filisteo alemán si supusiera que no trataría de hacerlo valer. H[öch]b[er]g antes y H[öch][ber]g después de aquel artículo 70] son, precisamente, dos personas distintas.

Ahora bien, encuentro en el núm. 5 del «Sozialdem[okrat]»* una correspondencia de la Niederelbel?!), en la que Auer toma como pretexto mi carta? para acusarme —aunque sin nombre, pero suficientemente designado— de «sembrar desconfianza contra los camaradas más probados», es decir, de calumniarlos (porque de otro modo estaría autorizado a ello). No satisfecho con eso, me atribuye mentiras tan estúpidas como infames que no figuran en absoluto en mi carta. Según parece, Auer se imagina que yo quiero algo del partido. Pero ustedes saben que no soy yo quien quiere algo del partido, sino, por el contrario, el partido quien quiere algo de mí. Usted y L[iebknecht] saben: lo único que he pedido al partido en general es que me deje en paz, para que pueda terminar mis trabajos teóricos!. Saben que desde hace dieciséis años, sin embargo, se me ha solicitado una y otra vez que escriba en los órganos del partido; que también lo he hecho, he escrito series enteras de artículos, folletos enteros por encargo expreso de L[iebknecht] —como «La cuestión de la vivienda»"° y el «Anti-Dühring»"'. Lo que a cambio he recibido del partido en amabilidades —por ejemplo, las agradables deliberaciones del congreso sobre el «Dühring» P#!—, no quiero entrar en detalles. Saben también que M[arx] y yo hemos asumido voluntariamente la defensa del partido contra los adversarios externos desde que el partido existe, y que a cambio sólo hemos pedido una cosa al partido: que no se infiel a sí mismo.

Pero si el partido me pide que colabore en su nuevo órgano'?, es de suyo evidente que, como mínimo, debe velar por que yo no sea calumniado como calumniador en ese mismo órgano, durante negociaciones aún pendientes y, encima, por uno de los copropietarios nominales. No conozco ningún código de honor literario u otro con el que eso sea compatible; creo que ni siquiera un reptil 162! se dejaría ofrecer algo así. Tengo, pues, que plantear la pregunta:

1. ¿Qué satisfacción puede usted ofrecerme por este insulto no provocado y vil;
2. ¿Qué garantía puede usted darme de que algo así no se repetirá?

?
En el manuscrito del borrador, tachado: Si los tres zuriqueses no tenían ningún derecho a la censura, ¿por qué no se les rechazó de inmediato desde Leipzig esa pretensión, tan ruidosa y urgentemente planteada por ellos? Para inducir a Hirsch a ir a Zúrich, sólo se necesitaban dos cosas: 1. La comunicación de la verdadera situación, tal como ahora se nos ha dado; 2. El aviso: nosotros, los de Leipzig, hemos escrito a los zuriqueses diciéndoles que no tienen que inmiscuirse oficialmente en la redacción, y si lo hacen de todos modos, tú no te preocupes por ello; eres responsable ante nosotros y sólo ante nosotros.

27 Marx/Engels, Werke, tomo 34
*
En el manuscrito del borrador: este viejo mamotreto debe —

Apelar al punto del programa que rechaza todos los impuestos indirectos y a la táctica que prohíbe toda concesión de impuestos a este gobierno, tomando como única directriz la abstención en la votación.

En el manuscrito del borrador, tachado: Bismarck lo trata como se lo merece, a saber, a patadas, y por eso lo idolatra.

Por lo demás, en cuanto a las imputaciones de Auer, solo quiero señalar que aquí no subestimamos ni las dificultades con que el partido tiene que luchar en Alemania, ni la importancia de los éxitos conseguidos a pesar de todo, ni la actitud hasta ahora completamente ejemplar de las masas del partido. Es evidente que cada victoria obtenida en Alemania nos alegra tanto como una obtenida en cualquier otro lugar, e incluso más, porque el partido alemán se ha desarrollado desde el comienzo apoyándose en nuestras tesis teóricas. Pero precisamente por eso, también nos ha de importar especialmente que la actitud práctica del partido alemán, y sobre todo las manifestaciones públicas de la dirección del partido, permanezcan en consonancia con la teoría general. Ciertamente, nuestra crítica no es agradable para muchos; pero ha de ser más ventajoso para el partido que todos los halagos acríticos el que en el extranjero tenga un par de personas que, sin dejarse influir por las confusas relaciones locales y las particularidades de la lucha, midan de cuando en cuando lo sucedido y lo dicho con los principios teóricos vigentes para todo movimiento proletario moderno, y les reflejen la impresión que su actuación produce fuera de Alemania.

Con la mayor cordialidad, suyo
F. Engels