en Hoboken

19 de sept. de 1879
41, Maitland Park Road
Haverstock Hill, London, N.W.

Querido amigo,

Anteayer regresé a Londres, tras una estancia de 7 semanas en Jersey
y luego en Ramsgate. Pero había tomado mis precauciones para que los
asuntos y encargos tocados en tus cartas fuesen despachados sin demora por
Engels. Sólo que el viejo Becker no me ha enviado aún, como Engels le
exigió, el formulario del poder para ti que debo firmar. En cuanto llegue,
despacharé el asunto. Mi larga estancia en el campo se debió al estado de mis
nervios —agravado porque desde hace 2 años Karlsbad se me ha vuelto
inaccesible por culpa de Bismarck—, el cual hacía al final casi «inejecutable»
todo trabajo intelectual. Pero ahora estoy mucho mejor.

De los periódicos americanos sólo recibo el «Paterson Labor Standard»,
que no es precisamente muy sustancioso. Tus últimos envíos —estadísticas
de las oficinas del trabajo de Pennsylvania, Ohio y Massachusetts— los
recibí con agradecimiento (así como el discurso de Steward). Me alegra que el
jefe de la oficina de Massachusetts, según me ha comunicado por carta, me
envíe de ahora en adelante las publicaciones (incluido el censo) directamente
en cuanto aparezcan.

En lo que concierne a Most y compañía, nos mantenemos «pasivos» frente
a ellos, es decir, no tenemos relación alguna, aunque de vez en cuando veo
al propio Most en mi casa. Es mentira del señor Lübeck que Engels y yo
hubiéramos expedido alguna «declaración» contra Most o contra el periódico
«Freiheit». El judío Bernstein, desde Zúrich, había escrito a Engels que
Most había comunicado a Suiza y Alemania que nosotros estábamos detrás
de él. A lo que Engels respondió: si B[ernstein] presenta pruebas de ello,

hará una declaración pública contra esas falsedades. Pero Bernstein (sobrino
del rabino berlinés Rebenstein, de la «Volks-Zeitung» de Berlín) no pudo,
de hecho, aportar ni un átomo de prueba. En lugar de ello, susurró al asno
de Lübeck el falso secreto, el cual, con su acostumbrada discreción de
penny-a-liner, lo vendió sin demora a los Estados Unidos.

Nuestros puntos de desacuerdo con Most son, sin embargo, los mismos que
con los señores de Zúrich, el trío «Dr. Höchberg — Bernstein (su secretario) —
y C. A. Schramm». No le reprochamos a Most que su «Freiheit» sea demasiado
revolucionaria; le reprochamos que no tenga contenido revolucionario alguno,
sino que se limita a frases revolucionarias. Tampoco le reprochamos que critique
a los dirigentes del partido en Alemania, sino, en primer lugar, que monte
escándalos públicos en vez de comunicarles su opinión por escrito, i.e. por carta,
como hacemos nosotros; en segundo lugar, que sólo use eso como pretexto para
darse importancia a sí mismo y poner en circulación los estúpidos planes
clandestinos de conspiración de los señores Weber junior y Kaufmann. Estos
sujetos, mucho antes de su llegada, ya se habían sentido llamados a tomar
«el movimiento obrero general» bajo su altísima dirección y habían urdido
por todos los rincones los más variados intentos de realizar tan «grata»
empresa. El buen John Most, hombre de la más pueril vanidad, cree en
efecto que las relaciones mundiales han experimentado un gigantesco vuelco
porque el mismísimo Most ya no vive en Alemania, sino en Londres. El
hombre no carece de talento, pero lo mata escribiendo demasiado. Carece
además de esprit de suite. Cada cambio de viento lo lanza ora en esta, ora en
aquella dirección, como una veleta.

Por otra parte, podría suceder realmente que Engels y yo nos viéramos
obligados a lanzar una «declaración pública» contra los de Leipzig y los
zuriqueses aliados suyos.

La cosa es como sigue. Bebel nos escribió que se quería fundar un
órgano del partido en Zúrich y solicitó nuestros nombres como colaboradores.
Hirsch nos fue mencionado como probable redactor. Ante eso aceptamos, y
yo escribí directamente a Hirsch (entonces en París, de donde ha sido expulsado
por segunda vez) que aceptase la redacción, pues sólo él nos ofrecía la
garantía de que esa pandilla de doctores, estudiantes, etc., y esa canalla de
socialistas de cátedra, como se habían apoltronado en «Zukunft» etc. y
empezaban ya a infiltrarse en el «Vorwärts», serían mantenidos a distancia

y la línea del partido se observaría estrictamente. Pero entonces resultó que
Hirsch había descubierto un avispero en Zúrich. Los 5 hombres: Dr.
Höchberg (que se ha comprado su ingreso en el partido con dinero, primo de
Sonnemann, alma sentimental), el judío Bernstein, su secretario, C. A. Schramm,
filisteo aunque bienintencionado, y, enviados desde Leipzig, Viereck (también
un filisteo zopenco, hijo natural del emperador de Alemania?) y Kaufmann
Singer de Berlín (pequeñoburgués, panzón, me había visitado hace unos
meses), estos 5 hombres se constituyeron —con altísimo permiso de Leipzig—
como comité constituyente y nombraron en Zúrich, como comité administrativo
y de supervisión de la redacción, al trío (Höchberg — Bernstein — C. A. Schramm),
que habría de decidir en primera instancia; como última instancia de apelación
se hallaban por encima de ellos Bebel, Liebknecht y algunos otros de la
dirección alemana. Hirsch pidió entonces, en primer lugar, saber de quién
provenía el dinero; Liebknecht había escrito: del «partido + Dr. Höchberg»;
Hirsch quitó la floritura retórica y redujo esto, muy correctamente, a
«Höchberg». En segundo lugar, Hirsch no quería someterse al triunvirato
Höchberg-Bernstein-C. A. Schramm, a lo que estaba tanto más autorizado
cuanto que Bernstein le había ladrado burocráticamente en respuesta a una
carta en que pedía información, desechando su «Laterne» —¡mirabile dictu!—
por ultrarrevolucionaria, etc. Tras un largo intercambio epistolar, en el que
Liebknecht no desempeñó ningún papel brillante, Hirsch dimitió; Engels
escribió a Bebel que nosotros también nos retiráramos, tal como desde el
principio habíamos negado nuestra colaboración a «Zukunft» (Höchberg) y a
«Neue Gesellschaft» (Wiede). Estos sujetos, nulos en teoría e inservibles en la
práctica, quieren arrancar los dientes al socialismo (al que se han amañado
conforme a las recetas universitarias) y sobre todo al Partido socialdemócrata,
instruir a los obreros o, como dicen ellos, suministrarles «elementos de formación»
por medio de su confuso medio saber, y ante todo hacer el partido respetable
a los ojos del pequeño burgués. Son unos pobres parlanchines contrarrevolucionarios.
¡Bien! El semanario aparece ahora (o debe aparecer) en Zúrich, bajo su
supervisión y la supervisión superior de los de Leipzig. (Redactor: Vollmar.)

Entretanto vino Höchberg aquí para engatusarnos. Sólo se encontró con
Engels, quien le hizo ver el profundo abismo que mediaba entre nosotros y él
mediante una discusión crítica del «Jahrbuch» editado por Höchberg (bajo el

seudónimo Dr. L. Richter). (Mira ese lamentable producto: el artículo firmado
con 3 * es obra de la trinidad Höchberg-Bernstein-C. A. Schramm.) (Aunque
también en el artículo sobre la guerra, acerca del fabricante de libros
Schäffle, figura el buen John Most.) Nada más bochornoso para el partido se ha
impreso jamás. ¡Qué servicio no nos hizo Bismarck, no a sí mismo, sino a
nosotros, al hacer posible a estos sujetos, mediante el silencio forzoso en
Alemania, hacerse oír claramente! Höchberg cayó como de las nubes cuando
Engels le cantó las claras; es un partidario del desarrollo «pacífico» y espera
la emancipación proletaria, en el fondo, sólo de «burgueses cultos», i.e. de sus
semejantes. Liebknecht, dice, le había asegurado que todos nosotros, au fond,
coincidíamos. Todos en Alemania —i.e. todos los dirigentes— compartían
su opinión, etc.

Liebknecht, tras haber metido la pata con la desgraciada acción de
familia con los lassalleanos, ha abierto de hecho de par en par las puertas a
todos esos hombrescillos y así, malgré lui, ha preparado una desmoralización
en el partido que sólo la ley contra los socialistas pudo eliminar.

Si el semanario —el órgano del partido— procediera realmente del modo
iniciado por el «Jahrbuch» de Höchberg, nos veríamos forzados a salir
públicamente contra tal envilecimiento del partido y de la teoría. Engels ha
redactado una circular (carta) a Bebel etc. (para circular sólo en privado
entre los dirigentes alemanes del partido), en la que se expone sin reservas
nuestra opinión. Así quedan prevenidos y también nos conocen lo bastante
para saber que aquí se trata de: ¡doblarse o romperse! Si quieren comprometerse,
¡tant pis! En ningún caso les permitiremos a ellos comprometernos a
nosotros. Hasta qué punto el parlamentarismo los ha puesto ya sobre el
burro, puedes verlo, entre otras cosas, en que le hicieron a Hirsch un gran
crimen: ¿por qué? Por haber zarandeado un poco en la «Laterne» al
sinvergüenza de Kayser, a causa de su vergonzoso discurso sobre la legislación
aduanera de Bismarck. Pero, exclaman ahora, ¡el partido, i.e. el puñado de
representantes parlamentarios del partido, había autorizado a Kayser a hablar
así! Tanto mayor la afrenta para ese puñado. Pero incluso eso es un
mísero pretexto. En realidad, habían sido tan necios como para permitir
a Kayser hablar por sí y en nombre de sus electores; él, en cambio, habló en
nombre del partido. Sea como sea: ¡están ya tan atacados de idiotismo
parlamentario, que se creen por encima de la crítica, que condenan la crítica

como un crime de lèse majesté!

En cuanto al «Manifiesto Comunista», de momento la cosa no ha
llegado a nada, porque ya no tenía tiempo Engels, ya no lo tenía yo. Pero
al fin habrá que darle impulso.

Espero oír en tu próxima carta noticias tranquilizadoras sobre tu bienestar
y el de los tuyos. Meanwhile —con los más cordiales saludos de mi mujer—,
me despido

tu fielmente devoto

Karl Marx

John Most me había escrito a propósito de los chismes de Lübeck en el
Chicago Blatt. No le he respondido; ahora, ya que estoy en Londres, le
citaré personalmente y le diré entonces a la cara mi opinión.

Hirsch está aquí desde su destierro de París. Aún no lo he visto, pues
naturalmente no pudo encontrarme en casa durante mi ausencia.

Escribo sólo en un sobre «registrado», porque no tenía otro a mano y
no quería demorarlo más.

de una carta «certificada»