en Ginebra

Querido viejo, Londres, 1 de julio de 1879

El nuevo semestre me trae dinero, y así me apresuro a anunciarte que te he enviado por giro postal cuatro libras esterlinas, equivalentes a cien francos con ochenta céntimos, que sin duda recibirás inmediatamente después de que te llegue esta carta. Esperemos que esto baste para provocar al menos una pequeña interrupción en tu crónica mala pata. Querría que pudiéramos hacer más que intervenir tan ocasionalmente, pero bien sabes que los últimos tiempos han aumentado las exigencias en todas direcciones.

La inoportuna mansedumbre de Liebknecht en el Reichstag ha surtido, como es comprensible, un efecto muy desagradable en la Europa románica, y también entre los alemanes se la ha sentido en todas partes con desagrado. Nosotros se lo hemos expresado también de inmediato por carta. La vieja y apacible agitación rutinaria, con sus rezongos ocasionales cada seis semanas o seis meses, se ha acabado para siempre en Alemania. Sea cual sea el modo en que el actual estado de cosas llegue a su fin, el nuevo movimiento arranca sobre una base más o menos revolucionaria y, por tanto, ha de tener también un carácter mucho más resuelto que el pasado primer período del movimiento. La frase sobre la consecución pacífica del objetivo o bien ya no se necesitará, o bien ya no se la tomará en serio. Al hacer imposible esa frase Bismarck y al lanzar el movimiento en la dirección revolucionaria, nos ha prestado un enorme servicio, que compensa con creces el pequeña perjuicio ocasionado por el estancamiento de la agitación.

Por otra parte, esta actuación amansada en el Reichstag ha tenido por consecuencia que los héroes de frases revolucionarias se den ahora de nuevo golpes de pecho contra ella y quieran desorganizar el partido mediante camarillas e intrigas. El centro de estas manejos es la asociación obrera de aquí, en la que aún se sientan fanfarrones de 1849 a lo Weber, Neustadt an der Hardt und Familie. La gente de aquí ha perdido, desde que revivió el movimiento en Alemania, toda la importancia que aún poseía entre 1840 y 1862, y ahora ve una oportunidad de empujarse hacia la cabeza. El joven Weber, un tal comerciante y otros ya se han constituido, en los últimos años, al menos media docena de veces en comité central del movimiento obrero europeo-americano, pero el mundo impío los ha ignorado siempre con tozudez. Ahora se pretende imponerlo por la fuerza, y han encontrado un aliado en Most. En la «Freiheit» se fanfarronea sobre la revolución a sangre y fuego, lo que para el bueno de Most es, naturalmente, un placer totalmente nuevo, que antes nunca habría podido permitirse. Al mismo tiempo, se exageran colosalmente las historias del Reichstag, tomándolas como pretexto para escindir el partido y fundar uno nuevo. Esto es explotación de la forzosa situación de coerción y mordaza reinante en Alemania en beneficio de unos cuantos cabezas huecas, cuya ambición guarda una llamativa desproporción con sus capacidades, y si, como oímos, Most ha hecho correr la voz de que nosotros estábamos detrás de él, miente. Desde que empezó con este papel no ha vuelto a dejarse ver. En el fondo, es bueno que se desenmascare de esa manera y con ello se eche a perder el terreno en Alemania para más tarde; no carece de talento, pero es espantosamente vanidoso, indisciplinable y ambicioso, y así es mejor que se ponga en ridículo a sí mismo. Por lo demás, probablemente la «Freiheit» no vivirá ya mucho más, y entonces todo esto volverá a dormirse bonitamente.
Cordiales saludos de Marx y tuyo,