en Zúrich

(Borrador)

Londres, 122, Regent’s Park Road, N.W.
26 de junio de 1879

Estimado camarada:

Lamento que no me dijera usted de entrada que su consulta apuntaba a obtener mi colaboración informativa; así habría recibido en seguida una respuesta concreta.

Ya cuando, ante mucha insistencia, me decidí a tomar en mis manos al prolijo señor Dühring, le declaré positivamente a Liebknecht que ésta sería la última vez que me dejaba interrumpir en mis trabajos de mayor envergadura por la actividad periodística, a no ser que acontecimientos políticos lo exigieran de modo absoluto, sobre lo cual yo solo habría de decidir. Desde los nueve años que llevo aquí en Londres, he podido comprobar que no es posible llevar a término trabajos de cierta envergadura y al mismo tiempo estar activo en la agitación práctica. Con el tiempo me voy haciendo un hombre ya bastante mayor, y por fin he de limitarme a cosas determinadas si quiero terminar algo. Lo mismo le escribí al señor Wiede cuando se fundó la «Neue Gesellschaft».

En cuanto al señor Höchberg, se equivoca usted si cree que siento alguna «aversión» contra él. Cuando el señor Höchberg fundó «Die Zukunft», recibimos invitaciones a colaborar, firmadas «Die Redaktion». Si no me equivoco mucho, entonces ni siquiera conocíamos el nombre del señor Höchberg, y de suyo se entiende que no hicimos caso alguno de tales comunicaciones anónimas. Poco después, el señor Höchberg publicó su programa para «Die Zukunft», según el cual el socialismo debía fundamentarse en el concepto de la «justicia». Un programa semejante excluía desde un principio de manera directa a todos aquellos que no conciben el socialismo, en última instancia,
como conclusión derivada de ciertas ideas o principios, como la justicia, etc., sino como producto ideal de un proceso material-económico, del proceso social de producción en una determinada fase. Con ello, pues, el propio señor Höchberg hacía imposible cualquier colaboración por nuestra parte. Pero, aparte de dicho programa, no he llegado a ver nada de lo que pudiera formarme un juicio auténtico sobre las opiniones filosóficas del señor Höchberg. Ahora bien, todo esto no es motivo para que yo sienta «aversión» alguna hacia él, ni para que esté predispuesto en contra de una empresa literaria iniciada por él. Al contrario. Frente a ella me comporto como ante cualquier otra publicación socialista anunciada, mientras no sepa lo que va a contener: con simpatía expectante.

Pero todo eso son cosas secundarias: lo principal es que tengo que prohibirme la colaboración en revistas si quiero terminar trabajos que, para el conjunto del movimiento, probablemente serán algo más importantes que un par de artículos periodísticos. Y, como usted ve, vengo siguiendo esta regla desde hace un par de años, por igual, frente a todos y cada uno.

Me resulta interesante, además, la comunicación de usted de que, desde aquí, le han asegurado que yo —y, por tanto, también Marx— estaba «completamente de acuerdo» con la actitud de la «Freiheit» de aquí. Esto es precisamente lo contrario de la verdad. Al señor Most no lo hemos visto desde que comenzó sus ataques contra los diputados socialdemócratas. Cuál es nuestra opinión al respecto no ha podido saberlo hasta mediados de mes, a través de mi respuesta al secretario de la asociación obrera, que me había invitado a dar allí una conferencia. Lo rechacé de plano, pues de lo contrario en Alemania, etc., tendrían que deducir que yo estaba de acuerdo con el tipo de polémica que la «Freiheit», y además públicamente, ha abierto contra los diputados socialdemócratas; y por mucho que yo desapruebe ciertas declaraciones en el Reichstag, no es ese en absoluto el caso.

Dado que también nos han llegado noticias parecidas de otras fuentes, quisiéramos estar en condiciones de poner fin de una vez por todas a esos espejismos. Lo más sencillo sería que usted tuviera la bondad de comunicarnos, en copia, los pasajes de las cartas en cuestión, para que sepamos con exactitud lo que se ha dicho de nosotros y podamos adecuar en consecuencia nuestra intervención. Su indicación, naturalmente, no podía ser sino de carácter general, pero justamente por eso hacen deseables para nosotros comunicaciones concretas, para actuar directamente en consecuencia. La cháchara revolucionaria hace ya casi cuarenta años que no es nada nuevo para nosotros.

Si el señor Most cayera en manos de los anarquistas, y hasta de los rusos de la calaña de Tkatschow, sería a lo sumo una desgracia para él mismo. Esa gente perece en la anarquía que instauran entre ellos mismos. Lo cual no quiere decir que no sea muy bueno darles de cuando en cuando algún que otro golpe en la cabeza.

De los escritos que usted menciona, aun en el caso de que alguno se consiguiera todavía en las librerías, no podría proporcionarle ejemplares; yo mismo, de varios, no conservo ya ningún ejemplar y los busco en vano por vías anticuarias.

En lo que respecta al movimiento francés, estamos, además de con los camaradas de partido de aquí, también en comunicación directa con París, como, en general, los hilos anudados en tiempos de la Internacional no se han roto en modo alguno. Así, todavía hemos recibido hace poco un periódico socialista recién fundado en Oporto: «O operaio».