en Littlehampton

[Londres] 18 de sept. 78

Dear Fred,

All right.

Adjunto una carta de Kaub, que te ruego me devuelvas, pues aún no he respondido. Hirsch se ha comportado como un necio durante su estancia en París y parece empeñarse a toda costa en el martirio. Por lo demás, de las operaciones parisinas se desprende claramente cuán acertado estabas al advertirme contra mi peregrinación a París.

¡Bonita república, que se deja mandar por el señor Bismarck-Stieber! Ayer por la noche vino Barry. El congreso de Lausana no se celebró; esto lo supo ya en París, donde, por tanto, se quedó. Hirsch y él solo asistieron como reporters a la reunión, pero esta ya había sido disuelta, o mejor dicho, sus miembros puestos bajo custodia; Hirsch fue detenido más tarde, durante la noche, en su propia casa. Al día siguiente, el irrepressible Barry se personó en la prefectura de policía (provisto interiormente de cartas que lo acreditaban como corresponsal del «Standard» y colaborador de la «Whitehall Review»). Vio allí a un subalterno y le expuso su deseo de ver a «sus amigos», Hirsch y Guesde. Acto seguido, le dieron las direcciones de los dos comisarios de policía que habían detenido a Hirsch y Guesde. Ambos estaban furiosos por la desfachatez de aquel beefsteak inglés y al final lo empujaron fuera de la oficina. Barry, imperturbable, regresa a la prefectura y logra abrirse paso hasta el gran Gigot. Este «polite» policía, tras intercambiar algunas palabras con el gran Barry, le declara que no habla suficiente inglés y Barry suficiente francés; hace llamar, pues, a un intérprete. Contenido principal de la entrevista: que lo que Barry le dice sobre la no participación de Hirsch es asunto del juez de instrucción, no del prefecto de policía. La detención es «legal», etc. A lo que Barry: «It might be legal in France for ought he knew, but it would not be so in England.» A lo cual Gigot, con solemne patetismo: «Les étrangers qui viennent chez nous etc. doivent se soumettre aux lois de la République française.» A su vez, the brazen Barry, shaking his hat: «Vive la République!» Esta última exclamación hace subir la sangre al rostro de Gigot, quien le significa a Barry que no tiene por qué intercambiar con él ideas políticas, etc. Esta vez, sin embargo, a Barry solo lo acompañaron cortésmente hasta la puerta.

Esta vez ha coronado su divertida desvergüenza, y precisamente conmigo. Me cuenta, en efecto, que se va otra vez una semana a Hastings con su familia, y que ahora seguramente tengo tiempo de prepararle el material para artículos (en «Nineteenth Century»). Por poco le va peor en este nuevo atentado que en las cuevas de los dos comisarios de policía franceses.

El periódico de Londres más desvergonzado vuelve a ser el de Levy. En su editorial de hoy cuenta a sus lectores que Reichensperger se ha declarado en nombre del «Zentrum» a favor de la ley (así leyó Levy, efectivamente, al reptil berlinés 62, que le suministra corresponsalía), y que la mayoría de Bismarck es cosa decidida. Por lo demás, hasta el propio Levy, pese a toda su admiración por el great chancellor, tiene que confesar que el grande had rather the worse en el duelo verbal con el «brillant» Bebel.

De los folletos de Utin solo he visto todavía el de «Adolph Samter» («La reforma de la moneda»); cómo cita —(me cita a menudo, pero copia aún más a menudo parafraseando; todo el folleto desemboca en el disparate de introducir, en lugar del billete de banco, el «billete de mercancía», el cual, en esencia, habría sido iniciado por los bonos de las cajas de préstamos del gobierno prusiano en 1848)— la siguiente muestra. Yo digo: «Que, aunque el oro y la plata no son por naturaleza dinero, el dinero es por naturaleza oro y plata, etc.»; él, indicando el número de página correcto, da como cita: «El oro y la plata son por naturaleza dinero. Marx, etc.» El arte de saber leer parece extinguirse más y más en Alemania entre las clases «cultivadas». En este Samter ni siquiera hay una mala intención en la cita contraria al sentido y a la gramática. Así, da como cita de Petty: «el trabajo es el padre, la naturaleza la madre de la riqueza material», porque yo digo de la riqueza «material» que para ella vale lo de Petty, etc.

A propósito. Nuestro fat boy, Kowalewski, se encontró en Suiza de nuevo con Ralston; este le preguntó enseguida si conocía al ruso social que lo había descrito (a Ralston) en el folletón de la «Frankfurter Zeitung» como humbug, coward, etc. (El artículo era de mi mujer.) Kowalewski sospechaba de dónde soplaba el viento, pero respondió conforme a la verdad que no conocía a ningún ruso así. Desde entonces, Ralston (que aquí ha vuelto a estar encima de él) se ha vuelto mucho menos confidencial. (El artículo de folletón en cuestión se refería a una vulgar charlatanería perpetrada por Ralston sobre «Russian Revolutionary Literature».)

Ayer estuvo en mi casa el señor Montefiore hijo; se va a Berlín; y altamente característico del joven literatismo inglés, en especial londinense, le dijo a Tussy: «¡Si los prusianos me hicieran el favor de detenerme uno o dos días! ¡Qué espléndido material para un artículo de revista o una letter to the “Times”!»

Estuve en tu casa y he remitido la carta que allí encontré para ti.

Adio.

Tu  
Mohr