[Londres] 4 de febrero de 1878

.. Tomamos partido decididamente por los turcos, por dos razones:

1.  Porque hemos estudiado al campesino turco —es decir, a la masa popular turca— y, por tanto, lo hemos conocido como incondicionalmente uno de los representantes más capaces y morales del campesinado en Europa.

2.  Porque la derrota de los rusos habría acelerado enormemente la revolución social en Rusia, cuyos elementos existen en masa, y con ello el vuelco en toda Europa.

Las cosas han transcurrido de otro modo. ¿Por qué? Como consecuencia de la traición de Inglaterra y Austria.

Inglaterra, me refiero al gobierno inglés, ha salvado, por ejemplo, a los serbios cuando estaban derrotados[***]; ha inducido a los turcos, bajo falsos pretextos, a suspender la guerra, en la creencia de que los rusos habían ofrecido (a través de Inglaterra) un armisticio, cuya primera condición era esa suspensión. Esto, por sí solo, ha hecho posibles los últimos éxitos repentinos de los rusos.[22] De lo contrario, su ejército habría sido diezmado por el hambre y el frío: sólo la apertura de los caminos hacia Rumelia, donde había víveres que obtener (es decir, que tomar) y donde además el clima es más suave, les permitió escapar de la ratonera en Bulgaria, que habían atestado de soldados, y derramar sus huestes hacia el sur. Disraeli estaba (y sigue estando) paralizado en su propio gabinete por el agente ruso marqués de Salisbury, el íntimo de Ignátiev; por el gran cofta del lugar común (sumo sacerdote del lugar común) —el conde de Derby— y por el ahora dimitido conde de Carnarvon.

Austria impidió que los turcos hicieran fructificar sus victorias en Montenegro, etc.

Finalmente —y ésta es una razón principal de su derrota final— los turcos no hicieron la revolución en Constantinopla, de modo que la encarnación del viejo régimen del serrallo —Machmud Damad, el cuñado del sultán (Abdul Hamid II), el verdadero director de la guerra— siguió siendo absolutamente lo mismo que si el gabinete ruso hubiera dirigido directamente la guerra contra sí mismo. La paralización y el comprometimiento sistemáticos del ejército turco por este sujeto pueden demostrarse hasta en los más mínimos detalles. Por lo demás, es de dominio público en Constantinopla, y esto agrava la culpa histórica de los turcos. Un pueblo que en tales momentos de crisis suprema no sabe intervenir revolucionariamente está perdido. El gobierno ruso sabía lo que valía Damad; empleó más estrategia y táctica para mantener alejado de Constantinopla a Midhat Pachá y conservar a Damad al timón del gobierno, que para tomar Plevna.[1#]

Naturalmente, detrás del éxito ruso está Bismarck. Él urdió la Liga de los Tres Emperadores[***], mediante la cual se mantuvo quieta a Austria. Incluso después de la caída de Plevna, Austria habría tenido que desplegar sólo 100.000 hombres, y los rusos se habrían visto obligados a retirarse en silencio o a contentarse con los resultados más modestos. La abdicación de Austria dio, desde el principio, la ventaja al partido ruso en Inglaterra, ya que Francia (a consecuencia de la catástrofe posterior a Sedán, fomentada por el señor Gladstone, entonces primer ministro) había dejado de existir para Inglaterra como potencia militar continental.

La consecuencia es simplemente la disolución de Austria, que es inevitable si se aceptan las condiciones de paz rusas!!!, con lo que Turquía (al menos en Europa) seguirá existiendo sólo formalmente. Turquía constituía el dique de Austria frente a Rusia y su séquito eslavo. Por eso, en primer lugar, en el momento oportuno se pedirá seguramente «Bohemia».

Pero Prusia como Prusia —es decir, en su oposición específica a Alemania— tiene otros intereses aún: Prusia como tal es su dinastía, ha llegado a ser lo que es y es lo que es sobre el «trasfondo» ruso. La derrota de Rusia, la revolución en Rusia ¡sería el toque de difuntos para Prusia!

De lo contrario, el mismo señor de Bismarck, después de la gran victoria sobre Francia, una vez que Prusia se hubo convertido en la primera potencia militar de Europa, no le habría asignado de nuevo la misma posición frente a Rusia que ocupaba como quinta rueda del carro estatal europeo en 1815.

Finalmente, para tan grandes hombres como Bismarck, Moltke, etc., la importancia personal que la sucesión de guerras europeas ahora abierta pone en perspectiva ... no es en modo alguno algo indiferente.

Salta a la vista que Prusia tendrá que exigir ocasionalmente una «compensación» por los éxitos rusos que sólo ella ha hecho posibles.

Esto se desprende ya del comportamiento de los rusos hacia el gobierno rumano, que salvó a esos mismos rusos en Plevna antes de que llegaran los refuerzos moscovitas. Como agradecimiento, Carlos de Hohenzollern deberá ahora devolver la parte de Besarabia cedida por los rusos tras la guerra de Crimea. Que esto no se permitirá sin más en Berlín, lo saben en Petersburgo y están gustosamente dispuestos a una handsome (bonita) compensación.

Pero toda esta historia tiene también otros aspectos. Turquía y Austria eran el último baluarte del viejo orden estatal europeo, remendado de nuevo en 1815, que se derrumba por completo con su hundimiento. El crac —que se llevará a cabo en una serie de guerras («localizadas» y, por último, «generales»)— acelera la crisis social y, con ella, el hundimiento de todas estas potencias falsas (falsas potencias aparentes) que hacen ruido de sables.