¡¡¡en Leipzig!!!

[Londres] 1. de febrero de 1878

Los rusos han conseguido una cosa buena: han hecho saltar «el gran partido liberal» de Inglaterra y lo han incapacitado para gobernar durante largo tiempo, mientras que el partido tory ha llevado a cabo el trabajo de matarse a sí mismo, de manera oficial, por medio de los traidores Derby y Salisbury (éste, el auténtico rodaje ruso en el gabinete).

La clase obrera inglesa se había ido desmoralizando cada vez más hondamente, paso a paso, a lo largo del período de corrupción iniciado en 1848, y había llegado por fin al extremo de no ser más que el apéndice del gran partido liberal, es decir, de sus esclavizadores, los capitalistas. Su dirección había pasado por entero a manos de los venales líderes de las trade unions y de los agitadores de oficio. Estos sujetos gritaban y vociferaban in majorem gloriam del zar liberador de los pueblos, detrás de Gladstone, Bright, Mundella, Morley, la canalla fabril, etc., mientras no movían un dedo por sus propios hermanos, condenados a morir de hambre por los propietarios de las minas en Gales del Sur. ¡Miserables! Para coronar dignamente el conjunto, en las últimas votaciones de la Cámara de los Comunes (los días 7 y 8 de febrero, cuando la mayoría de los altos dignatarios del «gran partido liberal» —los Forster, Lowe, Harcourt, Goschen, Hartington e incluso {el 7 de febrero} el gran John Bright mismo— abandonaron a su ejército y se escabulleron a la hora de la votación, para no comprometerse demasiado con un voto), los únicos representantes obreros en la Cámara de los Comunes, y a saber, horribile dictu, representantes directos de los mineros y ellos mismos mineros de origen, Burt y el miserable Macdonald, ¡votaron con el resto del «gran partido liberal», entusiasta del zar! 1423)

Pero el rápido desenvolvimiento de los planes rusos ha roto de golpe el hechizo, ha hecho saltar la «agitación mecánica» (billetes de cinco libras, principal resorte del mecanismo); en este momento, resultaría «peligroso para el pellejo» de los Mottershead, Howell, John Hales, Shipton, Osborne y toda esa canalla dejarse oír en un mitin obrero público; hasta sus «corner- y ticket-meetings» (reuniones de rincón, con tarjeta de entrada) son violentamente disueltos y dispersados por la masa popular.

Pero el pesado «anglosajón» despierta demasiado tarde, al menos para los próximos acontecimientos...

La diplomacia rusa dista mucho de compartir las necias antipatías «cristianas» contra la «media luna». Turquía, reducida a Constantinopla y a una pequeña parte de Rumelia en Europa, pero con una compacta retaguardia en Asia Menor, Arabia, etc., ha de ser encadenada a Rusia por medio de una alianza ofensiva y defensiva.

Durante la última campaña, los 120.000 polacos en el ejército ruso prestaron grandes servicios; ahora, a los polacos se suman los turcos —y las dos tribus más valientes de Europa, que tienen que vengar en Europa su ignominia, bajo la bandera rusa—; ¡nada mal como idea!

En 1829, Prusia —que, por lo demás, ya entonces no era más que el mayor de los pequeños Estados europeos y un confeso protegido de Rusia— obró exactamente igual que ahora.

La situación desesperada en que se encontraba el ejército ruso después de cruzar los Balcanes bajo Diebitsch (julio de 1829) la ha descrito bien Moltke. Sólo la diplomacia podía salvarlo aún.

La segunda campaña estaba a punto de salir tan mal como la primera —y entonces, finis Russiae—, entonces habría sido el fin de Rusia. Por eso el zar Nicolás, con el pretexto de asistir a la boda del príncipe Guillermo de Prusia (el actual emperador alemán), acudió a Berlín el 10 de junio de 1829. Pidió a Federico Guillermo III (el «de la corona de laurel» 429)) que indujera a la Sublime Puerta a enviarle plenipotenciarios para abrir las negociaciones de paz. En aquel momento, Diebitsch aún no había cruzado los Balcanes; la mayor parte de su ejército estaba retenida ante Silistria y en torno a Shumla. Federico Guillermo III, de acuerdo con Nicolás, destacó oficialmente al barón Müffling como enviado extraordinario a Constantinopla; allí, sin embargo, debía actuar como agente de Rusia. Müffling era rusófilo acérrimo, como él mismo cuenta en «Aus meinem Leben»: había trazado el plan de campaña de los rusos en 1827 y también insistió en que Diebitsch debía marchar coûte que coûte (cueste lo que cueste) más allá de los Balcanes, mientras él intrigaba en Constantinopla como mediador de paz: él mismo dice que el sultán1, aterrorizado por semejante marcha, «apelaría a él como amigo».

1 Mahmud II.

Bajo el pretexto de asegurar la paz europea, logró engatusar a Francia e Inglaterra; a esta última, en particular, influyendo a través del anglófilo ruso Robert Gordon, enviado inglés, sobre su hermano, el conde de Aberdeen, y por medio de éste sobre Wellington —quien más tarde lo amargamente lamentó—.

Después de cruzar Diebitsch los Balcanes, éste tuvo el placer de que el 25 de julio (1829) Reschid Pachá lo invitara por carta a abrir las negociaciones de paz. El mismo día, Müffling tuvo su primera entrevista con Reis Effendi (el ministro turco de Asuntos Exteriores), a quien intimidó con lenguaje violento (¿a la Príncipe Reuß?2); se remitió para ello a Gordon, etc. El sultán, bajo la presión del enviado prusiano (apoyado por el enviado inglés Gordon y el francés Guilleminot, ambos trabajados por Müffling), aceptó las siguientes 5 condiciones de paz: 1. Integridad del imperio otomano; 2. Mantenimiento de los tratados anteriores entre la Sublime Puerta y Rusia; 3. Adhesión de la Sublime Puerta al Tratado de Londres (concertado el 6 de julio de 1827) entre Francia, Inglaterra y Rusia, relativo a la regulación de los asuntos griegos; 4. Garantías sólidas para la libertad de navegación en el Mar Negro; 5. ulteriores negociaciones entre los encargados de negocios turcos y rusos sobre indemnizaciones y todas las demás pretensiones de ambas partes.

2 Enrique VII Reuß.

El 28 de agosto llegaron a Adrianópolis los dos plenipotenciarios turcos Sadek Effendi y Abdul Kader Bey, acompañados por Küster (agregado de la legación prusiana en Constantinopla), donde el cuartel general ruso se hallaba desde hacía unos ocho días. El 1 de septiembre, Diebitsch abrió las negociaciones sin esperar a los plenipotenciarios rusos (Alexis Orlow y Pahlen), que sólo habían llegado hasta Burgas.

Pero durante las negociaciones, Diebitsch siguió haciendo avanzar sus tropas hacia Constantinopla. Con insolencia y arrogancia (pese a su precaria situación, o más bien precisamente a causa de ella), exigió, en un plazo de ocho días, el asentimiento de los plenipotenciarios turcos a los siguientes puntos:

Demoler las fortalezas de Braila, Giurgewo y Kalafat e incorporar las localidades mismas a Valaquia. Cesión a Rusia de Anapa y Poti, en el Mar Negro, y del bajalato de Akhaltsikhe; 700.000 «bolsas» (unos 120 millones de francos) de indemnización de guerra, cuyo pago sería garantizado por Silistria y los principados del Danubio como prenda en manos de los rusos. Indemnización de aproximadamente 15 millones de francos a los comerciantes rusos por pérdidas, pagadera en tres plazos, tras cada uno de los cuales el ejército ruso se retiraría: primero al pie de los Balcanes, luego al norte de esta cordillera, por último más allá del Danubio.

La Sublime Puerta protestó contra estas condiciones, que contradecían de tal modo las declaraciones de moderación del zar. El nuevo enviado prusiano —Royer— (Müffling se había esfumado el 5 de septiembre, después de consumar su faena de verdugo, él, el «amigo de la Sublime Puerta» y ángel de la paz), junto con el general Guilleminot, untado por Müffling, y Sir Robert Gordon, apoyaron las reclamaciones de la Sublime Puerta, pues esta desfachatez iba contra lo acordado e incluso le parecía excesiva al «de la corona de laurel». Diebitsch, sabiendo que se hallaba militarmente en un aprieto, hizo concesiones aparentes: el artículo sobre la cuantía de la indemnización de guerra habría de ser retirado en el tratado público de paz; la primera cuota de la indemnización al comercio ruso fue reducida, pues, como dijeron los enviados turcos: «Hasta el más ignorante sabría que la Sublime Puerta no podía pagar.» La paz se firmó finalmente el 5 de septiembre.*2

Gran sensación en Europa, gran indignación en Inglaterra; Wellington echaba espumarajos; hasta Aberdeen, en un despacho, hizo patente el peligro que acechaba tras cada una de las cláusulas de paz e intentó provocar una alianza general por la cual todas las grandes potencias (incluida Rusia) garantizaran la paz en Oriente. Austria estaba dispuesta; pero Prusia hizo fracasar el proyecto y salvó a Rusia de los peligros con que un congreso europeo la amenazaba. (Francia, donde Carlos X preparaba el golpe de Estado, inició un entendimiento secreto con Rusia; se concertó también un tratado secreto por el cual Francia debía recibir la provincia del Rin.*)

En estas circunstancias, Nesselrode no tuvo que andarse con reparos; redactó un despacho insolente y sarcástico para los ministros ingleses, es decir, un despacho dirigido al conde Lieven (el enviado ruso) en Londres.

Esto hizo Prusia entonces, y lo ha vuelto a hacer ahora, a escala más vasta. ¡Hermosos Hohenstaufen, estos Hohenzollern! Bismarck lo tuvo fácil con su sabiduría de Estado en el asunto de Austria y de Francia; contra Austria contó con la protección de Bonaparte y con los italianos, y

contra Francia contó con toda Europa. Por lo demás, el objetivo al que aspiraba le había sido planteado y preparado por las circunstancias.

Ahora, en que las circunstancias son intrincadas, el genio se ha acabado.

En el interior de Rusia la situación es enrevesada. El apacible Alejandro quiere crear en Nueva Zembla una colonia penitenciaria de deportación para criminales políticos; eso sería la mort sans phrase —la muerte sin frase—. Sería deseable que, de momento, se alcanzara la paz por uno o dos años. Sería sobre todo útil para el desarrollo de la descomposición interna en Rusia. La primera medida del gobierno de allí (siguiendo el modelo prusiano de 1815-1428) sería la persecución de los agitadores paneslavistas. En la medida en que ha sido necesario, se los ha utilizado; el castigo seguirá de inmediato cuando cesen los estruendos de la guerra. 2?!

Tomado de: Wilhelm Liebknecht,
«Zur orientalischen Frage»,
segunda edición aumentada, Leipzig 1878.