. En Alemania, en puestia partido. no tanto entre la masa como entre los dirigentes (provenientes de las clases altas y “obreros”), huele a o. A ompromiso con los lassalleanos ha llevado. también a un com» Premiso. con...) stos semiextraños; en Berlín (por ejemplo Most), con Diihring y sus “admiradores”, pero también con toda una pandilla de estudiantes a medio madurar y de supersabios doctores que quieren dar al socialismo una orientación hacia un “ideal superior”, es decir, remplazar su base materialista (que exige a cualquiera que trate de utilizarlo un serio estudio objetivo) por la mitología moderna, con sus diosas Justicia, Libertad, Igualdad y Fraternidad. El doctor Hóchberg,

ue edita Zukunft, es uno de los representantes. de esta. tendencia y. ha comprado” el partido, supongo que con las intenciones más “nobles”;

pero no doy un centavo por esas “intenciones”. Pocas veces ha visto la luz, con más “modesta” “jactancia” algo más miserable que su programa para el “futuro”.

Los propios obreros, cuando, como el señor Most y Cía., dejan de trabajar y se convierten en escritores profesionales, siempre comienzan a difundir algún disparate teórico y están siempre listos a adherirse a estúpidos de la casta supuestamente “culta”. Especialmente el socialismo utópico, que durante decenios tan trabajosamente hemos estado disi- pando de la mente de los obreros alemanes —que liberados de él se han vuelto teóricamente, y por ello también prácticamente, superiores a los franceses e ingleses—, el socialismo utópico, que juega con fantásticas imágenes de la futura estructura de la sociedad, se está poniendo ahora de moda en una forma mucho más superficial, si se la compara, no sólo con los grandes utopistas franceses e ingleses, sino con... Weitling. Naturalmente que el utopismo, que antes del advenimiento del socialismo materialista crítico encerraba los gérmenes de éste, al aparecer en escena con retraso sólo puede resultar absurdo, vulgar y esencialmente reac- cionario.

Weitling, Wilhelm (1808-1871). Primer escritor socialista alemán e extracción proletaria, sastre. Después de un período de jornalero en Alemania (1828-1835) fue a París, ingresando en la Liga de los Justos, la que le encomendó escribir su folleto La humanidad, cómo es y cómo

debiera ser (1838). Su obra principal, Garantías de armonía y libertad, apareció en 1842. Weitling tuvo una posición intermedia entre el socia- lismo utópico y el socialismo proletario. Perteneció a la clase oprimida y comprendió la necesidad de luchar, pero no pudo desembarazarse de sus ideas utópicas. Su teoría es un intento de combinar la doctrina de los utopistas con la lucha revolucionaria de la clase obrera. Pero su punto de vista no pasó de ser pequeñoburgués. La base de su teoría es el reclamio pequeñoburgués de la igualdad. Criticó las condiciones bur- guesas desde el punto de vista moral. Su concepción de la historia era inferior a las de Saint Simon y Fourier.

En agosto de 1844 Marx, en su artículo Kritische Randglossen [“No- tas críticas”] (Marx-Engels Gesamtausgabe, Abteilung l, t. 3, p. 18) escribía:

“En cuanto al grado de educación o a la capacidad para edu- carse de los obreros alemanes en general, recordaría los brillantes escritos de Weitling, que con frecuencia sobrepasan inclusive a los de Proudhon en el aspecto teórico, aunque en su forma literaria son muy inferiores. ¿Cuál es la obra de la burguesía —inclusive de sus filósofos y escritores cultos— relacionada con la emancipación de la burguesía —con su emancipación política— que se parezca a las Garantías de armonía y libertad de Weitling? Si se compara la mo- derada y tímida mediocridad de la literatura política alemana con este debut literario desmedido y brillante de los obreros alemanes; si se comparan estas gigantescas betas de niño del proletariado con las minúsculas y gastadas botas políticas de la burguesía alemana, es forzoso profetizar a esta Cenicienta alemana una estatura de atleta. Debe aceptarse que el proletariado alemán es el teórico del proletariado europeo, de la misma manera que el proletariado in- glés es su economista y el francés su político. Debe aceptarse que Alemania tiene, en lo que respecta a la revolución social, una misión clásica que cumplir, en el mismo grado en que es incapaz de hacer una revolución política... Una nación filosófica sólo puede hallar su correspondiente práctica en el socialismo, y por ello sólo puede encontrar el elemento activo de su emancipación en el proletariado.”

167. DE MARX AL DIRECTOR DE OTIECHESTVIENNIE ZAPISKI *?

[Fines de 1877]

El autor ** del artículo Carlos Marx enjuiciado por 1. Zhukouski es evidentemente una persona inteligente y si, en mi exposición sobre la

* Otiéchestviennie Zapiski (“Anales patrios”). Esta carta fue escrita en fran- cés, (Ed.)

ee N. K. Mijailovski: destacado teórico del partido pequeñoburgués de los populistas, (Ed.)

acumulación primitiva, hubiese encontrado un solo pasaje en apoyo de sus conclusiones, lo hubiese citado, Al carecer de tal pasaje, se ve obli- gado a recurrir a un hors d'oeuvre, a una especie de polémica contra un “escritor” ruso * publicada en el apéndice a la primera edición alec- mana de El capital. ¿Cuál es mi queja en ese lugar contra ese escritor? Que descubrió la comuna rusa, no en Rusia, sino en el libro escrito por Haxthausen, Consejero de Estado prusiano, y que en sus manos la comu- na rusa sólo sirve de argumento para probar que la vieja y podrida Europa será regenerada por la victoria del paneslavismo. Mi juicio acerca de ese escritor puede ser correcto o falso, pero de ningún modo puede constituir una clave de mis opiniones sobre los esfuerzos “de los rusos por hallar para su país una vía de desarrollo que será diferente de la que siguió y sigue Europa occidental”, etc.*”

En el apéndice a la segunda edición alemana de El capital —que el autor del artículo sobre el señor Zhukovski conoce, puesto que la cita— hablo de “un gran crítico y estudioso ruso” **? con la alta con- sideración que merece. En sus notables artículos, este escritor ha tra: tado la cuestión de si Rusia, como lo sostienen sus economistas liberales, debe empezar por destruir la commune rurale para pasar al régimen ca- pitalista o si, por el contrario, puede —sin experimentar las torturas de este régimen— apropiarse de todos sus frutos dando desarrollo a sus propias condiciones históricas. Dicho escritor se pronuncia en favor de esta última solución. Y mi honorable crítico tendría por lo menos tanta razón para inferir de la consideración que le profeso a este “gran crítico y estudioso ruso” que participo de sus opiniones sobre el tema, como para concluir de mi polémica contra el “escritor” y paneslavista que las rechazo.

Para terminar, puesto que no me gusta dejar nada librado a la adivinación, iré al grano. Para poder estar autorizado a juzgar el desa- rrollo económico actual de Rusia, estudié el idioma ruso y luego estudié durante muchos años las publicaciones oficiales y otras vinculadas a este asunto. Llegué a esta conclusión: si Rusia sigue por el camino que ha seguido desde 1861, perderá la mejor oportunidad **”* que jamás le haya ofrecido la historia a una nación, y sufrirá todas las fatales vici- situdes del régimen capitalista.

El capítulo sobre la acumulación primitiva sólo pretende trazar el camino por el cual, en Europa occidental, el sistema económico ca: pitalista surgió de las entrañas del régimen económico feudal. Por ello describe el movimiento histórico que, al separar a los productores de sus medios de producción, los convierte en asalariados (en proleta- rios, en el sentido moderno de la palabra), a la vez que convierte en capitalistas a quienes poseen los medios de producción. En esa histo-

* Herzen. (Ed.) eo Citado en ruso, (Ed.) +09 Chernichevski. *>** La mejor oportunidad de evitar el desarrollo capitalista. [ N. de la ed. inglesa. )

ria “hacen época todas las revoluciones que sirven de palanca al avance de la clase capitalista cn formación; y sobre todo las «que, después de despojar a grandes masas de hombres de sus medios tradicionales de producción y subsistencia, las arroja súbitamente al mercado de traba- jo. Pero la base de todo este desarrollo es la expropiación de los agri- cultores.

“Esto sólo se ha cumplido radicalmente en Inglaterra... pero to- dos los países del Occidente europeo cstán yendo por cl mismo cami- no”, etc. (El capital, edición francesa, 1879, pág. 315.) Al final del capí- tulo se resume la tendencia histórica de la producción de esta mancra: que ella misma engendra su propia negación con la inexorabilidad que preside las trasformaciones de la naturaleza; que ella misma ha creado los elementos de un nuevo orden económico al darle inmediatamente el mayor impulso a las fuerzas productivas del trabajo social y al de- senvolvimiento integral de cada uno de los productores; que la propie- dad capitalista, al basarse, como ya lo hace en realidad, en una forma de producción colectiva, no puede menos que trasformarse en propie- dad social. En este punto no he aportado ninguna prueba, por la sim- ple razón de que esta afirmación no es más que el breve resumen de largos desarrollos dados anteriormente en los capítulos que tratan sobre la producción capitalista.

Ahora bien, ¿qué aplicación a Rusia puede hacer mi crítico de este bosquejo histórico? Únicamente ésta: si Rusia tiende a trasformar- se en una nación capitalista al estilo de los países de Europa occiden- tal —y por cierto que en los últimos años se ha esforzado por seguir esta dirección— no lo logrará sin trasformar primero en proletarios a una buena parte de sus campesinos; y en consecuencia, una vez en ple- no régimen capitalista, experimentará sus despiadadas leyes, como las experimentaron otros pueblos profanos. Eso es todo. Pero no lo es para mi crítico. Se siente obligado a trasformar mi esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Occidente europeo en una teoría histó- rico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo pueblo, cualesquiera sean las circunstancias históricas en que se en- cuentre, a fin de que pueda llegar finalmente a la forma de economía que le asegure, junto con la mayor expansión de las potencias produc- tivas del trabajo social, el desarrollo más completo del hombre. Pero le pido a mi crítico que me dispense. (Me honra y me avergiienza a la vez demasiado,) Tomemos un ejemplo. *

En diversos pasajes de El capital aludo al destino que les cupo a los plebeyos de la antigua Roma. En su origen habían sido campesinos libres, cultivando cada cual su propia parcela. En cl curso de la histo- ria romiana fueron expropiados. El mismo movimiento que los separó de sus medios de producción y subsistencia trajo consigo la formación, no sólo de la gran propiedad de la tierra, sino también del gran ca- pital financiero. Y así fue que un buen día se encontraron con que, por una parte, había hombres libres despojados de todo salvó su fuer- za de trabajo, y por la otra, para que explotasen este trabajo, quienes

poseían toda la riqueza adquirida. ¿Qué ocurrió? Los proletarios ro- manos se trasformaron, no en trabajadores asalariados, sino en una chusma de desocupados más abyectos que los “pobres blancos” que hu- bo en el sur de Estados Unidos, y junto con ello se desarrolló un modo de producción que no era capitalista, sino que dependía de la escla- vitud. Así, pues, sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distin- tos. Estudiando por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará a ello mediante la llave maestra uni- versal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica.

Ye Sobre la comunidad rural rusa escribieron Marx y Engels en el prefacio a la edición rusa del Manifiesto Comunista (21 de enero de

1882):

“El problema consiste ahora en si la comunidad rural rusa —que es una forma de la propiedad comunal colectiva primitiva que ya ha sido por cierto destruida en gran parte— puede pasar inmediatamente a la forma superior, comunista, de la propiedad de la tierra; o si, por el contrario, debe cumplir desde el princi- pio el mismo proceso de desintegración que el que ha determinado el desarrollo histórico de Occidente. La única respuesta posible a esa pregunta es actualmente la siguiente: si la revolución rusa se convierte en la señal de desencadenamiento de la revolución obre- ra en Occidente, de modo tal que ambas se complementen, enton- ces la forma de la propiedad de la tierra que actualmiente existe en Rusia puede constituir el punto de partida de un desarrollo histórico.”