en Leipzig

2, Adelaide Gardens, Ramsgate,  
31 de julio de 77

Querido Liebknecht:

Tus dos cartas del 21 y del 28, recibidas. Sólo espero que el fiasco de la dühringuería sea definitivo y que no vuelva a remendarse la cosa. Siempre quedarán en ridículo los órganos del partido que se dejaron inducir a atribuirle significación científica porque… ¡porque los prusianos le perseguían! Y eso son todos los que he visto.

Vahlteich, ciertamente, ha hecho esa declaración sobre los marxianos y los dühringianos; ya apareció en todos los periódicos inmediatamente después del congreso que publicaron su discurso en la reunión pública (donde la perpetró). Tampoco creo que él vaya a negarla. El que ahora refunfuñe no es para mí razón para hacerlo mejor de lo que es.

Élisée Reclus es un simple compilador, y nada más. Puesto que él y su hermano fueron cofundadores de la Alianza secreta, podrá, si quiere, cantarte las verdades más claro que tú a él. Si está con esa gentecilla o no, es del todo indiferente; es un hombre políticamente confuso e impotente.

Jamás he dicho que la masa de vuestra gente no quiera verdadera ciencia. Hablaba del partido, y éste es, tal como se presenta ante la opinión pública, en la prensa y en los congresos. Y allí predominan ahora la semicultura y el ex obrero que se hincha hasta convertirse en literato. Si esa gente no constituye más que una minúscula minoría, como tú dices, evidentemente sólo les guardáis consideraciones porque cada uno de ellos tiene su séquito. La decadencia moral e intelectual del partido data de la unificación y habría podido evitarse si entonces se hubiera mostrado un poco más de reserva y de entendimiento. Un partido sano, a la larga, vuelve a expulsar muchas cosas, pero es un proceso largo y difícil, y la salud de las masas no es ciertamente razón para inocularles una enfermedad sin necesidad.

Para la «Zukunft» es una suerte que tu carta llegara aún a tiempo para impedir mi respuesta, ya decidida, a la invitación a colaborar. ¡Una invitación de una redacción completamente anónima, que para su cientificidad no puede ofrecer otras garantías que el acuerdo del congreso, como si un congreso pudiera conferir el carácter de cientificidad! ¡La pretensión de confiar nuestros manuscritos a gente completamente anónima, gente que posiblemente pudiera ser de los peores dühringianos!

Dices que Wiede es corredactor. ¡Pero él mismo me invita aún el 20 del corriente a colaborar en una revista que pretende fundar en Zúrich!

En resumen, estoy harto de esta confusión, de esta continua empresa de cosas irreflexivas y precipitadas. Aunque sólo fuese por la necesidad de despachar por fin mis propios trabajos más extensos, no puedo comprometerme a ninguna promesa. Terminaré aún el «Dühring»; después escribiré sólo artículos cuando yo mismo lo considere urgentemente necesario, y si hubiera una revista que no fuese órgano del partido, le daría la preferencia para no estar más expuesto a los debates del congreso. Para los trabajos científicos sencillamente no hay foro democrático, y tengo bastante con una experiencia.

Deberías ir a Gante y luego venir de allí a Londres; nosotros con seguridad no iremos a Gante, pues ¿para qué, si no, nos habríamos retirado de la práctica en La Haya? Por Amberes llegas enseguida y muy barato a Londres; siempre tienes una habitación dispuesta en mi casa.

Tengo que terminar, están poniendo la mesa.

Tuyo,  
F. E.