en Braunschweig

Estimado Bracke:                                                                       Londres, 25 de junio de 1877

Muchas gracias por su remesa de 15 libras, 1 chelín y 2 peniques en concepto de intereses, que queda anotada agradecidamente en su haber.

Los 30 marcos de honorarios, páselos usted sin falta a su fondo electoral, para que a éste se le alivie también un poco la conciencia.

Lo que será del próximo «Calendario», mejor esperaremos a verlo por ahora. Aún nos queda casi un añito de tiempo.

Hoy sale para Leipzig el comienzo de «Dühring, Economía». Liebknecht sostiene que el acuerdo del congreso no afecta en absoluto a mis artículos. Yo también he de aceptarlo, pues el congreso es incompetente para disponer unilateralmente de mis artículos o para anular, sin mi consentimiento, un compromiso contraído conmigo por Liebknecht en virtud de un acuerdo del congreso del año pasado.

Es usted un hombre terriblemente acosado por las enfermedades. Cualquiera diría que Braunschweig tiene un clima espantosamente malsano. ¡Gota, reumatismo, sarampión y encima una enfermedad desconocida, eso es para poner los pelos de punta! Esperemos que todo transcurra favorablemente.

¡Qué persona tan miserablemente mezquina ha de ser ese Helmholtz, para enfadarse tan solo por unas declaraciones de un Dühring, y además hasta tal punto que plantea a la facultad de Berlín la disyuntiva: o se larga Dühring o me largo yo!!!?! ¡Como si la totalidad de los escritos de Dühring, con toda su rabiosa envidia, tuvieran en la ciencia siquiera el peso de un pedo! Pero, desde luego, Helmholtz es ciertamente un experimentador muy distinguido, mas como pensador no es en modo alguno superior a Dühring. Y además, el profesor alemán es la culminación del espíritu pequeñoburgués y pueblerino alemán, y esto señaladamente en Berlín. ¡En qué otro lugar podría un hombre, por ejemplo, de la reputación científica de Virchow, cifrar su más alta ambición en… llegar a ser concejal!

Usted se asombrará todavía de lo que llevan dentro los turcos. ¡Si al menos tuviéramos en Alemania un parlamento como el de Constantinopla! Mientras la masa popular —aquí el campesino turco e incluso el mediano terrateniente turco— esté sana, y lo está, una comunidad oriental así puede resistir golpes de lo más increíble. Cualquier otro pueblo habría sucumbido a los cuatrocientos años de corrupción capitalina heredada de los bizantinos; a los turcos les basta con desprenderse de la capa superior para estar a la altura de Rusia por completo. Traición, venalidad de los jefes militares y comandantes de fortalezas, dilapidación de los fondos destinados al ejército, malversaciones de todo tipo: todo aquello que arruinaría a cualquier otro Estado, en Turquía se da ciertamente en abundancia, pero no tanta como para que sucumban a ello. El único peligro para los turcos reside en la injerencia de la diplomacia europea, y señaladamente en la de los ingleses, que apartan a los turcos del empleo desinhibido de sus medios de combate y les exigen que toleren las provocaciones más inauditas. Así, por ejemplo, si los rumanos dejan entrar a los rusos en el país, ¡los turcos deben considerar esto como un acto de neutralidad y no ocupar y fortificar las cabezas de puente de sus fortalezas en territorio valaco! —¡Dios nos libre! ¡Eso sería una violación de la neutralidad rumana! ¡Y los turcos han sido tan bonachones que han seguido esas frases inglesas y austríacas, debilitando con ello en más de la mitad la capacidad de resistencia de sus fortalezas del Danubio!

El paso del Danubio por los rusos en Matschin, que yo predije a Marx hace ya 3 semanas, es el reconocimiento de su incapacidad para forzar el paso allí donde podría serles de alguna utilidad, a saber, más arriba de la Dobruja. Los rusos tienen que enviar al menos 2-3 cuerpos de ejército a través de la Dobruja si quieren forzar la posición de Tschernavoda - Küstendsche — cómo piensan alimentarlos y cuántos de ellos llegarán a su destino, eso quisiera yo saber. Esta acción les viene impuesta a los rusos por la derrota de los montenegrinos, que no se puede dejar pasar sin hacer algo. La campaña probablemente se pondrá ahora en marcha, y los rusos tienen que elegir: o enviar al otro lado del Danubio tantas tropas como militarmente se precisan —y no pueden alimentarlas—, o bien menos, no más de las que pueden alimentar, y entonces la campaña se estancará pronto. A pesar de todo, en el próximo período lloverán también éxitos rusos en el Danubio —todos los cuales no significan absolutamente nada.

Un cordial saludo de su

F. E.