en Braunschweig

Londres, 24 de abril de 1877

Querido Bracke:

Difícilmente obtendrá usted el cliché de París, pues Lachâtre está en el exilio y su negocio bajo secuestro gubernamental; ¡el administrador es un archirreaccionario y hace todo lo posible por arruinar la editorial! Por lo demás, el retrato es pésimo y en él no se reconoce en absoluto a Marx; podemos enviarle una fotografía mejor, si usted quiere. La biografía se la escribiré con gusto; dígame cuántas páginas de almanaque, máximo y mínimo, desea, para que yo sepa entre qué límites de espacio he de moverme, y asimismo el plazo de entrega.

He recibido con agradecimiento los 3 informes taquigráficos; lástima que no tuvieran ustedes un tema mejor; cuando uno ha de remitirse constantemente a testigos que por el momento aún ocultan sus nombres, está en mala posición. Sin embargo, el objetivo se ha alcanzado, pues la votación favorable en la sociedad está, de todos modos, fuera de duda. El discurso de Bebel es excelente: claro, objetivo y certero.

No habría llegado a la sospecha de influencias dühringianas si Liebknecht me hubiera hablado con franqueza y me hubiera prometido poner remedio. Estaba expresamente acordado que cada semana apareciese un artículo; cuando me quejé del incumplimiento, Liebknecht me hizo esperar más de diez días, durante los cuales, a pesar de hallarse él en Leipzig, no se notó la menor señal de remedio, y finalmente me escribió que le ahorrase mis reproches superfluos — eso fue todo, ni una palabra de poner remedio para el futuro. Como ignoro por completo qué influencia ejercen ahora otras personas en la redacción, no me quedó más remedio que dar por supuesto lo anterior y mover a Liebknecht mediante un ultimátum a cumplir sus promesas. Le he escrito que puede mostrar mis cartas al respecto a cualquiera si le apetece; así que, por lo que a mí respecta, están a su disposición.

Aquí la gente me abruma literalmente con reproches, diciendo que consiento que los artículos se impriman como meros rellenos, sin que nadie pueda seguir el hilo. Y si considera usted que ésta es ya, por lo menos, la sexta vez que ocurre la misma historia —que primero recibo las más hermosas y terminantes promesas y después sucede regularmente justo lo contrario—, comprenderá usted que uno acabe por hartarse.

Así que los rusos están en Bucarest. Ojalá los turcos ocupen inmediatamente todas las localidades situadas frente a sus fortalezas del Danubio en la orilla rumana y las conviertan en cabezas de puente. En especial Kalafat (Widdin), Giurgewo (Rustschuk) y Kalarasch (Silistria). Eso obligaría a los rusos a sitiar esas fortalezas en ambas orillas, es decir, con el doble de fuerzas, y les haría perder mucho tiempo. Y cada soldado que los rusos se vean obligados a dejar en Rumanía facilitará a los turcos hacerles frente en campo abierto e impedirles la toma de las fortalezas. Asimismo, espero que Abdul Kerim, tal como prometió, envíe 20.000 circasianos a Rumanía para destruir los ferrocarriles y forrajear a conciencia. ¡Qué mérito ha contraído Strousberg al construir los ferrocarriles rumanos de un modo tan espléndidamente poco sólido que ya ahora les fallan a los rusos en su servicio!

En cuanto a la reglamentación del trabajo. Cross, el ministro del Interior de aquí, ha presentado un bill en el que todas las numerosas y en parte contradictorias leyes sobre limitación de la jornada laboral quedan refundidas en una sola acta y sólo así se hacen ejecutables. Procuraré hacerme con la cosa y enviársela a usted o a Liebknecht, para que los asnos liberales vean por fin lo que un ministro conservador se atreve a hacer aquí en esa dirección.

Cierre del correo y hora de comer. Saludos a todos los amigos.

Suyo,  
F. E.