en Karlsbad

[Londres] 21 de enero de 1877

Querido amigo:

Ante todo, mi más sentido agradecimiento por la sal curativa y mi pesar porque su primera y larga carta se haya perdido.

Mañana sale de aquí un pequeño paquete de libros dirigido a Madame Wollmann, que contiene para su prima la edición francesa de “El Capital” y para usted (¡de parte de la “niña”!) la “Histoire de la Commune” de Lissagaray.

El desfile del partido socialdemócrata en Alemania, con motivo de las elecciones al Reichstag, no sólo ha sobresaltado rudamente a nuestros bienamados filisteos alemanes, sino también a *les classes dominantes* en Inglaterra y Francia. Un periódico inglés, entre otros, señala con mal disimulada rabia el contraste entre “the melodramatic fits and starts of the French and the businesslike way of proceeding of the German socialists”.

Que también los ideólogos de la burguesía alemana se ven cada vez más contagiados por el veneno insidioso lo demuestra, entre otras cosas, un pequeño folleto del bien conocido por usted Schäffle, aparecido recientemente, titulado: “La quintaesencia del socialismo”. Debería usted encargar esa cosa por pura diversión. Está lleno de comicidad involuntaria. En efecto, por un lado, el opusculillo está destinado, como el propio autor insinúa, especialmente a los curas protestantes, los cuales no pueden dejarles en exclusiva a sus rivales católicos el coqueteo con el socialismo. Por otro lado, el señor Schäffle se pinta, con auténtica fantasía de suabo, el futuro milenio socialista de un modo tan primoroso, que será el reino perfecto de los apacibles pequeños burgueses, un paraíso sólo habitable por Karl Mayers.

Junto a un tiempo indecible, bochornoso, lluvioso y con una niebla tan negriamarillenta que, como me sucede ahora, hay que tener encendido el gas durante toda la mañana, campa aquí por sus respetos la “Oriental Question”. A cada paso le agarra a uno por la solapa un John Bull cualquiera: “Now, Sir, what do you think of the Oriental Question?” La cortesía le prohíbe a uno dar la única respuesta pertinente: “I think, Sir, that you are a damned ass.”

Por lo demás, sea cual fuere el resultado de la guerra —favorable o desfavorable para el padrecito de Petersburgo—, este “hombre enfermo”, aturdido y desorientado por el histérico vocerío filantrópico del liberal “party of profit at any price” inglés, ha dado la señal para una convulsión que se venía preparando desde hace tiempo en su propio imperio, la cual, en su resultado final, acabará con todo el actual *statu quo* de la vieja Europa.

Salude a su querida prima de todo corazón de mi parte, y emprenda seriamente el estudio del inglés hablado, pues para un caso de necesidad, Inglaterra sigue siendo siempre el mejor lugar para establecerse allí con la consulta médica.

Su fielmente entregado,

Karl Marx