en Leipzig

Londres, 12 de octubre de 1875

¡Querido Bebel!

Su carta confirma plenamente nuestra opinión de que la unificación se ha precipitado por nuestra parte y lleva en sí el germen de futuras discordias. Si se logra aplazar esta discordia hasta después de las próximas elecciones al Reichstag, ya sería bueno…

El programa, tal como está ahora, consta de tres partes:

1. Las frases y consignas lassalleanas, cuyo haber sido aceptadas sigue siendo una vergüenza para nuestro partido. Cuando dos fracciones se ponen de acuerdo sobre un programa común, ponen en él aquello sobre lo que están de acuerdo y no tocan aquello sobre lo que no lo están. La ayuda estatal lassalleana figuraba ciertamente en el programa de Eisenach, pero como una de las muchas medidas de transición y, por todo lo que he oído, sin la unificación era bastante seguro que este año, a propuesta de Bracke, el congreso la habría eliminado. Ahora figura como el remedio único, infalible y exclusivo para todas las dolencias sociales. Dejar que se nos impusieran la «ley de bronce del salario» y otras frases lassalleanas fue para nuestro partido una colosal derrota moral. Se convirtió al credo lassalleano. Esto es algo que no se puede negar. Esta parte del programa es el yugo caudino bajo el cual nuestro partido ha pasado arrastrándose para mayor gloria del santo Lassalle;

2. de reivindicaciones democráticas, redactadas completamente en el sentido y el estilo del Volkspartei;

3. de exigencias al «Estado actual» (sin que se sepa a quién van dirigidas las demás «exigencias»), que son muy confusas e ilógicas;

4. de proposiciones generales, tomadas en su mayor parte del «Manifiesto Comunista» y de los Estatutos de la Internacional, pero tan refundidas que contienen o bien totales falsedades o bien puro desatino, como Marx lo ha demostrado detalladamente en el artículo por usted conocido.

El conjunto es en sumo grado desordenado, confuso, incoherente, ilógico y bochornoso. Si entre la prensa burguesa hubiera una sola cabeza crítica, habría examinado este programa frase por frase, investigado cada frase en su contenido real, puesto de manifiesto con toda claridad el disparate, desarrollado las contradicciones y los gazapos económicos (por ejemplo: que hoy los medios de trabajo son «monopolio de la clase capitalista», como si no existieran terratenientes; la cháchara de la «emancipación del trabajo» en vez de la clase obrera, ¡cuando el trabajo mismo es hoy, precisamente, demasiado libre!), y habría puesto en ridículo de forma espantosa a todo nuestro partido. En lugar de ello, los burros de los periódicos burgueses han tomado este programa completamente en serio, le han atribuido lo que no contiene y lo han interpretado en sentido comunista. Los obreros parecen hacer lo mismo. Sólo esta circunstancia es la que ha hecho posible que Marx y yo no nos hayamos desolidarizado públicamente de semejante programa. Mientras nuestros adversarios, así como los obreros, le imputen a este programa nuestras ideas, nos está permitido guardar silencio al respecto.

Si está usted satisfecho con el resultado en la cuestión de personas, entonces las pretensiones por nuestra parte tienen que haber caído bastante bajo. Dos de los nuestros y tres lassalleanos. Así que también aquí los nuestros no son aliados con igualdad de derechos, sino vencidos y de antemano puestos en minoría. La actuación del comité, por lo que conocemos de ella, tampoco es edificante: 1. Acuerdo: no incluir en la lista de publicaciones del partido los dos escritos de Bracke y B. Becker sobre Lassalle; si esto ha sido revocado, no es culpa del comité ni tampoco de Liebknecht; 2. Prohibición a Vahlteich de aceptar la corresponsalía para el «Frankfurter Zeitung» que le había ofrecido Sonnemann. Esto se lo ha contado el propio Sonnemann a Marx cuando pasó por allí. Lo que aún me extraña más en todo esto que la arrogancia del comité y la docilidad con que Vahlteich se ha plegado, en lugar de mandar al comité a paseo, es la colosal estupidez de este acuerdo. El comité debería más bien preocuparse de que un periódico como el «Frankfurter» sea servido desde todos los lugares únicamente por gente nuestra.

… En que todo este asunto es un experimento educativo que, aun en estas circunstancias, promete un éxito muy favorable, tiene usted toda la razón. La unificación como tal es un gran éxito, si se mantiene dos años. Pero, indudablemente, se habría podido obtener mucho más barata.