¡¿en Ramsgate?!

21 de agosto del 75  
Germania, Schloßplatz  
Karlsbad

Querido Fred:

El domingo pasado llegué aquí. El Dr. Kraus ya se había marchado otra vez a Gmund, donde está con su familia; ha vuelto a arreglar las relaciones con su mujer.

Tal como me lo había propuesto, ahora soy mi propio médico, y, según me confió el Dr. Gans con callada melancolía, ése es el caso de una tercera parte de los bañistas de más edad. También ejerce sobre mí un efecto muy saludable la ausencia de mi médico de cabecera, Kugelmann.

Pese al cambio de personas, el público presenta aquí hoy el mismo aspecto de siempre: el *average man* de Quetelet constituye la excepción; en lugar de él predominan los extremos, las obesidades de tonel y las delgadeces de huso.

Paso por lo menos 12 horas al aire libre, y, una vez despachado el negocio, mi principal placer consiste en descubrir nuevos paseos, puntos de vista y panoramas en los bosques de las montañas, exponiéndome con ello a tantas más sorpresas cuanto menor es mi sentido de la orientación.

A partir de hoy –en que he recibido el billete para pagar la tasa de cura– estoy a salvo de la policía. Me inscribí como Dr. phil. y no como rentista, lo cual viene bien a la bolsa. Mi homónimo, el director de policía de Viena, tiene la amabilidad de llegar siempre al mismo tiempo que yo.

Ayer por la tarde fui al *Hopfenstock*, famoso por su cerveza, a beber mi vaso de agua mineral de Gießhübl. Se encontraban allí filisteos de Karlsbad, y toda la conversación giraba en torno a la inagotable cuestión de disputa y de partido sobre las respectivas ventajas de la vieja cerveza de Pilsen, la cerveza burguesa y la cerveza de acciones. —¡Vaya! —dijo uno—, con la vieja me bebo 15 vasos (y son grandes) como quien no quiere la cosa. —Pues bueno —dijo el otro—, yo también fui hombre de partido, pero ahora estoy por encima de esas rencillas. Me las bebo todas mezcladas y con el mismo resultado, etc. Junto a estos sabios *natives* se sentaban, sin embargo, dos *swells* berlineses, referendarios o algo por el estilo. Discutían sobre las excelencias del café en los diversos y famosos restaurantes de Karlsbad, y uno aseguraba con solemne seriedad: ¡Está estadísticamente (!) demostrado que el mejor café es el del jardín de Schönbrunnen! En esto gritó un *native*: ¡Nuestra Bohemia es grande, grandes cosas realiza! Su cerveza de Pilsen se envía a todos los países; en París, el gran cervecero Salzmann ha abierto ahora una sucursal, ¡y también va a América! Lástima que no podamos enviarles nuestras grandes bodegas excavadas en la roca, ¡y ésas forman parte de la Pilsen!

Después de haberte comunicado así, en esencia, las nuevas revelaciones que he obtenido hasta ahora aquí sobre el ajetreo del mundo, algo sobre mis peripecias de viaje.

En Londres subió a nuestro vagón, con gran prisa, un judiezuelo de aspecto astuto, con una pequeña maleta bajo el brazo. Poco antes de Harwich busca las llaves para abrir su maleta y ver, según dice, si su mozo de la oficina le había metido la ropa necesaria. «Pues yo —dijo— recibí en la oficina un telegrama de mi hermano desde Berlín para que partiese inmediatamente hacia allá; así que envié al mozo a mi casa a buscar los trastos necesarios.» Después de mucho buscar de un lado para otro, encuentra al fin, no la llave auténtica, pero sí una que abre, y descubre que los pantalones y la chaqueta no hacen juego, que faltan los camisones, el sobretodo, etc. En el barco, el judiezuelo me abrió su corazón. «¡Una estafa así no se ha visto en el mundo!», gritaba una y otra vez. La historia era la siguiente: Un yanqui alemán llamado Börn- o Bernstein, recomendado por su amigo berlinés Neumann, le había estafado 1.700 libras, ¡a él, que pasa por uno de los comerciantes más listos! Este sujeto, que dice dedicarse al comercio africano, le presentó facturas por muchos miles de libras en mercancías compradas en Bradford y Manchester a las mejores casas; el barco con ellas está en Southampton. Sobre esa base, le entregó el anticipo solicitado. Pero como no vuelve a saber nada del individuo, empieza a preocuparse. Escribe a Manchester y Bradford, y me muestra las cartas de respuesta, cuyo contenido es: Börnstein había tomado muestras y comprado mercancías, pero el precio de ambas debía pagarse al retirar las mercancías; las facturas eran meramente formales; las mercancías nunca fueron retiradas. En Southampton se procede al embargo y resulta que las mercancías embarcadas por Börnstein consisten únicamente en fardos rellenos de colchones de paja. Nuestro judiezuelo, a quien, aparte de las 1.700 libras, le irritaba sobre todo que se hubiera engañado a un comerciante tan curtido, escribió a su amigo Neumann y a su hermano en Berlín. Éste le había comunicado por telégrafo que habían descubierto a Börnstein en Berlín, que habían avisado a la policía, la cual lo vigilaba, y que debía ponerse en camino inmediatamente. —¿Va usted a echarle la justicia encima? —le pregunté. —¡Ni pensarlo! Quiero quitarle el dinero. —Yo: Se lo habrá pulido ya. —Él: ¡Ni pensarlo! Si ya ha estafado a la gente en la City (y aquí enumeró a toda clase de sujetos) por 12.000 libras. A mí tiene que pagarme. Los demás ya verán cómo le echan el guante. Lo mejor fue que, al llegar a Rotterdam, resultó que sólo podía viajar hasta Minden y que no podría salir de allí hasta el día siguiente a las 11 de la mañana. El tipo maldecía como un loco a la *Railway Administration*. De nada sirvió.

En el barco tuvimos un huésped singular: un muerto. El que lo acompañaba era un alemán pelirrojo; me contó que el muerto se llamaba Nassauer, un joven de 34 años de Maguncia, que había ido de visita a Londres y fue atropellado; su familia quería que lo sepultaran en casa. El acompañante del cadáver tampoco pudo proseguir viaje de inmediato. El capitán del barco le explicó que no podían entregar el cuerpo hasta que cumpliese ciertas formalidades ante el cónsul alemán.

Entre Colonia y Fráncfort (viajé de un tirón) subió un cura católico de aspecto mundano. Por su conversación con los demás colegí que regresaba de Dublín, donde había asistido a la fiesta en honor de O’Connell, a Fráncfort, su lugar de residencia. Hablaba con gran animación. En Coblenza, donde cambiaron los vagones, quedé solo con él en el departamento. Había hecho la nueva ruta por Vlissingen: el barco, evidentemente, infinitamente preferible a la sucia barraca de Harwich. Traté de sonsacar algo sobre el *Kulturkampf*. Pero al principio se mostró desconfiado y sumamente reservado, aunque habló con gran entusiasmo de la elocuencia de monseñor Cappele. Al fin, el Espíritu Santo acudió en mi ayuda. El cura sacó su botella; estaba vacía; y entonces me contó que desde su llegada a Holanda venía padeciendo hambre y sed. Le ofrecí la botella de coñac, que a los pocos tragos lo puso en vena. A partir de ahí se despachó a sus anchas. Cuando subían pasajeros, les gastaba bromas malas en su lengua materna, pero proseguía su conversación conmigo en inglés, que habla muy bien. «Nuestra libertad en el Imperio alemán es tan grande que uno se ve obligado a farfullar en inglés sobre el *Kulturkampf*.»

Al bajar en Fráncfort, le dije –manteniendo oculto mi nombre– que no se extrañara si en los próximos días leía en los periódicos algo sobre una nueva conjura entre la internacional negra y la internacional roja. En Fráncfort me enteré (en la redacción de la *Frankfurter Zeitung*) de que mi acompañante había sido el señor Mutzelberger, que en cierto modo hace allí las veces del obispo católico. Sin duda habrá encontrado también mi nombre en la *Frankfurter Zeitung* (que lee). El periódico había publicado una nota sobre mi paso.

Vi a Sonnemann, que precisamente había vuelto a comparecer ante el tribunal por haberse negado a dar el nombre de un corresponsal, y había obtenido un nuevo aplazamiento de 10 días, aunque esta vez por última vez. Sonnemann es un hombre de mundo, al que sin embargo se le nota la conciencia de su propia importancia. En una larga conversación me expuso que su objetivo principal es atraer a la pequeña burguesía al movimiento socialdemócrata. La fuerza financiera de su periódico reside en que es considerado el mejor diario bursátil y mercantil del sur de Alemania. Sobre el servicio que su periódico presta como difusor político de la prensa obrera es plenamente consciente. Pero, por otra parte, ese partido no hace nada por él. Así, por ejemplo, había contratado a Vahlteich como corresponsal; pero la dirección de los coaligados le prohibió la correspondencia. Liebknecht se comporta en el Reichstag con demasiada demagogia; Bebel, en cambio, goza del reconocimiento más general, etc. Volveré a verlo a mi regreso. También vi al Dr. Guido Weiß, que estaba unos días de visita a su hija (esposa del Dr. Stern, uno de los redactores de la *Frankfurter Zeitung*). Si hubiera llegado a la redacción unos minutos antes, me habría ocurrido una desgracia: un encuentro con Karl Mayer, de Suabia (el ex-director del *Beobachter*).

Dicho sea de paso: los negocios en Fráncfort y en todas las plazas comerciales importantes marchan aún mucho peor de lo que se ve por los periódicos alemanes.

Tu amigo Cafiero vive con Bakunin y además le ha comprado la casa en Lugano.

Y ahora, *vale faveque*; tengo que volver al negocio. Muchos saludos a Madame Lizzy.

Tuyo

Mohr