en Hoboken

[Londres,] 4 de agosto de 1874

Querido Sorge:

Mi largo silencio no tiene disculpa alguna; *cependant il y a des circonstances atténuantes*¹. ¡La maldita enfermedad del hígado ha hecho tales progresos en mí que me ha resultado positivamente imposible continuar la revisión de la traducción francesa (que, en realidad, viene a ser casi una refundición completa) y, muy a regañadientes, he tenido que plegarme a la orden médica de ir a Karlsbad². Me aseguran que, a mi regreso, estaré de nuevo en plena capacidad de trabajo, y la incapacidad de trabajar es, de hecho, la sentencia de muerte para todo hombre que no sea una bestia. ¡El viaje es caro, la estancia más cara aún y, encima, es incierto si el necio gobierno austríaco no me expulsará! Los prusianos apenas serían tan estúpidos, pero les encanta inducir a los austríacos a dar semejantes pasos comprometedores, y creo, en verdad, que las falsas noticias de prensa según las cuales Rochefort quiere ir a Karlsbad, etc., parten del señor Stieber y, en última instancia, van dirigidas contra mí. No tengo ni tiempo ni dinero que perder y, por ello, he decidido solicitar la naturalización inglesa*; pero es muy posible que el *home minister* inglés*, que dispone de la naturalización como un sultán, me agüe la fiesta. El asunto se decidirá probablemente esta semana. En cualquier caso, viajo a Karlsbad, también por mi hija menor³, que ha estado grave y seriamente enferma, apenas acaba de estar de nuevo en condiciones de viajar, y a quien su médico le ha prescrito asimismo Karlsbad.

Hace cosa de una semana nos ha golpeado una gran desgracia: la muerte del bebé de once meses⁴ de Jenny (la señora Longuet), un chiquitín encantador. Ha caído víctima de una cholerina fulminante.

Adjunto he dado recibo del dinero que me habéis remitido (que mucho mejor se habría quedado en Nueva York, pues de cuando en cuando necesito cosas americanas, quiero decir publicaciones). Debes transmitir también a la Sección I mi más cordial agradecimiento por la cajita de cigarros exquisitos.

Los pocos franceses (me refiero a aquellos que todavía se mantuvieron unidos a nosotros en La Haya) han demostrado ser en su mayoría unos sinvergüenzas, en particular el señor Le Moussu, que me ha estafado a mí y a otros importantes sumas de dinero y que luego ha intentado lavarse las manos mediante infames calumnias, haciéndose pasar por un alma bella incomprendida.

En Inglaterra, la Internacional está por el momento prácticamente muerta; el Consejo Federal de Londres sólo existe como tal nominalmente, aunque algunos de sus miembros actúan de manera individual. El gran acontecimiento es aquí el redespertar de los *agricultural labourers*. El fracaso de sus primeros intentos no les hace ningún daño, *au contraire*⁵. En cuanto a los obreros urbanos, sólo cabe lamentar que toda la pandilla de los cabecillas no entrara en el Parlamento. Es el camino más seguro para deshacerse de esa canalla.

En Francia, se están organizando sindicatos obreros en las diversas grandes ciudades, que mantienen correspondencia entre sí. Se limitan a objetos puramente profesionales y no pueden actuar de otro modo. De lo contrario, serían reprimidos sin contemplaciones. Así conservan una especie de organización, un punto de partida para el momento en que vuelva a ser posible un movimiento más libre.

España, Italia, Bélgica demuestran, con su impotencia práctica, el contenido de su suprasocialismo.

En Austria, la gente trabaja bajo las más difíciles circunstancias; se les ha impuesto la máxima prudencia y, sin embargo, han dado un gran paso adelante: ¡lograr que los obreros eslavos de Praga y otros lugares actúen conjuntamente con los obreros alemanes! En el último período de mis sesiones en el Consejo General de Londres, me había esforzado en vano por propiciar un entendimiento semejante.

En Alemania, Bismarck trabaja para nosotros.

La situación general europea es tal que empuja cada vez más hacia una guerra general europea. Tenemos que pasar por ella antes de que quepa pensar en una eficacia exterior decisiva de la clase obrera europea.

Mi mujer y mis hijos te envían sus mejores saludos.

Tuyo,
Karl Marx

La publicación del folleto de B. Becker sobre el movimiento de Lassalle, pese a todos los defectos que se le pegan, es muy útil para acabar con la secta.

Habrás notado que, de tiempo en tiempo, en el *Volksstaat* se hacen valer fantasías filisteas medio eruditas. Esas cosas provienen de maestrillos, doctores, estudiantes. Engels le ha lavado la cabeza a Liebknecht, lo cual parece serle necesario de vez en cuando.

Al juzgar la situación francesa, particularmente la de París, no hay que olvidar que, junto a las autoridades oficiales militares y políticas, actúa también en secreto la banda de perros charreteros bonapartistas de la que el gran republicano Thiers formó los consejos de guerra para masacrar a los communards. Éstos constituyen una especie de tribunal secreto del terror; sus *mouchards*⁶ están por todas partes y, sobre todo, hacen inseguros los barrios obreros de París.

¹ sin embargo, existen circunstancias atenuantes.
² Se refiere a Karlsbad (hoy Karlovy Vary).
³ Eleanor.
⁴ Hijo de Jenny (hija mayor de Marx) y Charles Longuet.
⁵ al contrario.
⁶ soplones.