en Hubertusburg

Londres, 27 de enero de 1874

Querido Liebknecht,

Me alegra que me des ocasión de escribirte, pues con las muchas y diversas cosas de que he tenido que ocuparme últimamente, la correspondencia, si no, se estanca por completo. Así que, ad rem.

Poco — quizá 8 días — antes del Congreso de Ginebra, recibimos un pequeño folleto de 16 páginas procedente de Ginebra, firmado por Perret, Duval y otros 6 u 8 nombres más, en su mayoría, como los dos citados, dirigentes de la Internacional de Ginebra y principales alborotadores contra los jurassianos. En él se declaraba que el Congreso de La Haya había obrado mal, que era preciso debilitar al Consejo General, quitarle el derecho de suspensión, trasladarlo de nuevo a Europa, pero excluyendo a Londres por 2 años (¡los necios, como si nosotros acá lo anhelásemos!), etc., etc. Luego vino una carta de Perret; aunque principal instigador y fautor de todo el alboroto con los bakuninistas, decía que había que hacer estas concesiones, y entonces «las secciones jurasianas» — la una de Münster-Moutier — se les unirían. — Tanto Perret como todos los demás ginebrinos nos habían dejado en la oscuridad hasta última hora sobre este nuevo giro, nunca nos respondían a las preguntas sobre el estado de cosas en Ginebra y, por tanto, nos mantuvieron en la creencia, alimentada por ellos, de que podíamos contar en Ginebra con un apoyo incondicional — ya que el Consejo General de Londres sólo por esas mismas personas se había metido en la pendencia con los bakuninistas y se había visto enredado por ellas cada vez más profundamente. ¡Sí, Perret nos había mentido aún 14 días antes, diciendo que el Comité Romando estaba compuesto ahora de otro modo y que él se había retirado! Well, como todas las noticias nos hacían prever que el congreso sería un puro congreso local ginebrino, a lo sumo un congreso suizo con escasa participación extranjera, finalmente llegamos a la decisión de no acudir en absoluto. El desarrollo ulterior demostró que habíamos tenido razón, y Becker pudo decir a los ginebrinos, convertidos de repente en «antiautoritarios», que resolvieran lo que quisieran, que nadie se ocuparía de ello y que el próximo congreso lo echaría todo de nuevo por tierra.

Entre tanto, supimos todo el complot. Detrás del asunto no había nadie más que el aventurero C. Cluseret, quien les había redactado también el famoso opúsculo. El hombre creyó llegado el momento en que podría ponerse al frente de la Internacional y trasladar el Consejo General a Ginebra; esta última idea había gustado también a las pequeñas notabilidades locales ginebrinas, y esperaban poder convertir la Internacional en un instituto suizo de chismorreo local, tocando ellos el violín principal. En esto, el señor Perret estaba en correspondencia continua con Jung, aquí, quien, según el estilo por él adoptado desde La Haya, le llenaba la cabeza de mentiras acerca del gran apoyo que recibirían de aquí si reducían la Internacional a un mero instituto de apoyo a las huelgas, etc. Los faiseurs ginebrinos siguieron el juego, y así surgió la «Union des Travailleurs», periódico que no tenía a nadie detrás más que a Cluseret, Perret y Cía., y a su proyecto de una Ligue universelle. Era un nuevo intento, algo modificado, de hacer de la Internacional instrumento servil para los ginebrinos.

Pero el proyecto nació muerto. Las correspondencias del periódico desde Alemania, Bélgica y Francia se fabricaban todas en Ginebra; sólo la de Londres era de Jung y mentía como sólo Jung ha aprendido a mentir desde hace 15 meses. Cuando llegaron a las secciones ginebrinas, fracasaron con sus pequeños planes en todas partes sin excepción. Los belgas no han querido saber nada de ellos, y ahora el congreso de Sheffield, como cualquiera que conozca las tradeuniones inglesas tenía que saberlo de antemano, los ha mandado a paseo también. Con ello este planecillo ingenioso queda enterrado, y el señor Perret puede retirarse ahora de verdad.

Ves, pues, cómo los mismos pequeños asnos que echaron a perder evidentemente el congreso de Ginebra, cambiaron de color en seguida y ensayaron un nuevo timo, que por fortuna ha fracasado. El folleto sobre la Alianza ha alcanzado, por lo demás, su objetivo. Toda la prensa de los disidentes — que era una prensa artificial y se mantenía sólo gracias al prestigio de la Internacional — está kaputt. «L'Internationale» de Bruselas, probablemente también «Le Mirabeau», por no hablar de «La Liberté», han dejado de aparecer, lo mismo que los miserables periodicuchos españoles e italianos. Si todavía salen «La Federación» y el «Bulletin Jurassien», no puedo afirmarlo con certeza, pero creo que no. En lugar de esta prensa sectaria irá surgiendo poco a poco otra mejor, lo que, no obstante, llevará probablemente algún tiempo, y eso no hace daño. Los elementos podridos tienen que desgastarse por completo antes de que puedan venir otros mejores.

Aquí, toda la masa de los líderes obreros pagados por la burguesía, especialmente por Samuel Morley, se lanza con todas sus fuerzas a hacerse elegir por los burgueses como candidatos obreros (Working Men's Candidates) para el Parlamento. Pero probablemente no lo lograrán, por mucho que yo deseara que toda la pandilla entrase, por las mismas razones que me alegro de la elección de Hasenclever y Hasselmann y sólo lamento todavía a mi pesar la ausencia de Tölcke. El Reichstag arruinó a Schweitzer, también los arruinará a ellos. Allí se acaba el timo, allí hay que mostrar los colores.

¡Las elecciones en Alemania sitúan al proletariado alemán a la cabeza del movimiento obrero europeo! Por primera vez los obreros eligen en masa a sus propias gentes, se presentan como partido propio, y además en toda Alemania. Que seguirán medidas para restringir el derecho electoral es difícil de dudar, aunque no sea hasta dentro de 1-2 años. Cuánta razón tiene el socialista feudal R. Meyer al decir que la Asociación General de Obreros Alemanes se vuelve cada vez más internacional — a pesar de los jefes — lo demostró la segunda elección en Francfort, donde los asnos tuvieron que votar al fin por Sonnemann y se comportaron del todo correctamente: primero por nuestro hombre, y en la votación de desempate, si el nuestro no sale, por el enemigo del gobierno, quienquiera que sea. Esto sin duda les ha resultado muy difícil a los jefes. Pero el desarrollo histórico tiene sus leyes, contra las que no puede nada ni el poderoso Hasenclever.

Ya tenéis noticias sobre Marx. Está mejor, pero necesita sobre todo cuidado para no trabajar demasiado. Esta mañana hemos ido juntos a caminar por Hampstead Heath, y eso debería hacerlo cada día; pero ello te demuestra también que no hay ni que hablar de guardar casa, etc.

Supongo que el Reichstag os dejará despotricar tranquilos, por lo cual sería muy bueno que resultara elegido Jacoby.

Quería escribir algo para el «Volksstaat» sobre Alemania, pero me he enredado a este propósito en tantos estudios económicos y estadísticos que probablemente saldrá un librito, si no un libro entero.

Saludos cordiales a Bebel.

Tuyo,
F. E.