en Hoboken

Londres, 25 de nov. de 1873

Querido Sorge:

Hace unos días he regresado de Alemania, adonde me habían llamado la enfermedad y la muerte de mi madre, y he encontrado tu carta del 22 de octubre. Me haces, sin saberlo, una injusticia al reprocharme que se te haya mantenido tanto tiempo en el desconocimiento de lo aquí decidido y sucedido. He aquí los hechos. Marx y yo, tras largas vacilaciones y después de haber llegado informes tibios de algunas regiones y de que siguieran sin llegar noticias de otras, habíamos llegado a la convicción de que el congreso vendría a ser un congreso esencialmente local suizo y de que, puesto que tampoco vendría nadie directamente de América, lo mejor sería que nosotros nos mantuviéramos al margen. (A esto se añade que ni Marx ni yo recibimos ningún mandato, fuera del alternativo de América.) Tan pronto como esto quedó definitivamente decidido, yo marché a Ramsgate, donde se encontraba ya mi familia, a tomar baños de mar, que me eran muy necesarios a causa de mi insomnio permanente y de mi irritabilidad nerviosa. Allí me escribió Marx acerca de los descubrimientos hechos de repente, relativos a la traición de los de Ginebra, que hicieron necesario el acuerdo de no dejar asistir al congreso ni siquiera a Serraillier. Yo ya me había percatado bastante de ello por la carta de Marx y di mi aprobación con la condición de que Serraillier os escribiera de inmediato. Un par de días después fui por veinticuatro horas a Londres para pagar al impresor del folleto sobre la Alianza y para organizar el envío, examiné los documentos pertinentes y me convencí de que habría sido la mayor insensatez que Serraillier hubiera asistido como vuestro representante; su inasistencia y la nuestra, así como la de todos los alemanes salvo uno, estamparon al congreso como una simple reunión local, que frente a los aliancistas presentó un aspecto todavía bastante decoroso, pero que frente a la Internacional se quedó sin influencia moral alguna. Además, la situación general del mundo era tal que todo congreso tenía que resultar un fracaso, como de hecho ya ahora ambos, el aliancista y el de la Internacional, han caído en el más completo olvido. Pues bien, yo insté a Marx a comunicároslo de inmediato y me marché de nuevo, creyendo hasta recibir tu carta que así se había hecho. Marx, por su parte, era de la opinión de que Serraillier os había dado las primeras noticias al devolver el dinero y que, por tanto, él podía esperar hasta estar en condiciones de daros también cuenta del desenlace del congreso, etc.

El dinero, en cambio, según supimos la semana pasada, fue entregado por Serraillier a Lafargue para que lo guardara; en estos días yo me lo haré dar por él y haré lo necesario. Tengo mucho trabajo con la revisión de la traducción alemana que me han enviado del folleto sobre la Alianza, que es detestablemente mala –aparece editada por Bracke en Braunschweig. La tuya, en la medida en que la tengo, me ha sido muy útil para la corrección de aquélla. Naturalmente, el asunto apremia y tengo que trabajarlo a fondo, porque el manuscrito tiene que ser devuelto esta misma semana.

Marx se fue ayer con su hija menor a Harrogate, en Yorkshire, donde ambos deben reponerse algún tiempo. Lo necesitaba: los síntomas agudos de esta primavera habían desaparecido, pero se había instalado un estado crónico de depresión cerebral que lo inhabilitaba para el trabajo y le quitaba las ganas de escribir, y que, de prolongarse demasiado, podría acarrear malas consecuencias. Ahora visitará en estos días en Manchester a nuestro amigo Gumpert, el único médico en quien tiene plena confianza y que ya lo trató en la primavera. A este estado suyo hay que atribuir también el que hayas tenido que esperar tanto tiempo noticias.

Bakunin, como respuesta al folleto, ha enviado al “Journal de Genève” y a los jurasianos su declaración de muerte política: yo me retiro – dorénavant je ne troublerai plus personne et je ne demande que ce qu’on me laisse tranquille à mon tour. En lo cual se equivoca de medio a medio. Fuera de eso, ni el menor intento de responder a nada.

Outine está aquí desde hace unas cuatro semanas y nos ha contado otras maravillas todavía mayores sobre Bakunin. El tipo ha aplicado honradamente su catecismo en la práctica; desde hace años él y su Alianza viven sólo del chantaje, confiando en que nada pueda publicarse al respecto sin comprometer a otras personas a las que hay que guardar consideración. No tienes idea de qué banda de canallas es ésa. Por lo demás, en su pseudo-Internacional reina un gran silencio, el folleto ha hecho estallar el engaño, y los señores Guillaume y Cía. tienen que dejar crecer algo de hierba sobre el asunto. En España se han liquidado ellos solos, véase mi artículo en el “Volksstaat”.

Igual de silencio reina en la verdadera Internacional. De Mesa, a quien escribí en septiembre, sigo sin respuesta. En Portugal los compañeros están perseguidos y tienen que andarse con cuidado. En Italia se ha formado una sección en Melegnano, lo que por la presente comunico al Consejo General, dirección al pie. “La Plebe” aparece, pero muy irregularmente, y hace grandes esfuerzos de mediación. Esto es todo lo que tengo que comunicar. La Federación local, después de haber dado muerte definitiva a Jung, Hales y Cía., sufre fuertemente de tisis; la gente casi ya no logra reunirse.

Un fuerte abrazo.

Tuyo
F. Engels

Dir. para Melegnano: Luigi Zoncada, Melegnano, Provincia de Milano, Italia.