en Hoboken

[Londres] 27 de sept. de 73

Querido Sorge:

Mi mujer te ha escrito varias veces sobre mi estado de salud; he estado en gran peligro de apoplejía y aún padezco mucho de la cabeza, de modo que tengo que limitar mucho mi tiempo de trabajo. Ésta es la única razón de mi largo silencio. Sólo he escrito una vez a Nueva York, que yo recuerde, a Bolte, pues de tu carta me pareció que una intervención mía podría ser útil para apaciguar y aclarar las cosas.

El fiasco del congreso de Ginebra!!! era inevitable. Desde el momento en que aquí se supo que de América no vendrían delegados, la cosa ya se torció. En Europa se había tratado de presentaros como meros comparsas. Si vosotros no aparecíais y nosotros sí, ello habría valido como confirmación del rumor que nuestros adversarios habían propagado con tanta ansiedad. Además, se habría considerado como prueba de que vuestra Federación Americana sólo existía sobre el papel.

Por lo demás: la Federación Inglesa no reunió dinero para un solo delegado; los portugueses, españoles e italianos nos comunicaron que, en esas circunstancias, no podían enviar delegados directos; de Alemania, Austria y Hungría las noticias eran igualmente malas; la participación francesa estaba fuera de toda cuestión.

Era, pues, seguro que, en esas condiciones, el congreso debía componerse en su gran mayoría de suizos e incluso de ginebrinos locales. De la propia Ginebra no teníamos noticias; Outine ya no estaba allí, el viejo Becker guardaba un obstinado silencio y el señor Perret escribió una o dos veces… para despistarnos.

Finalmente, poco antes del cierre, llega una carta del Comité Románico de Ginebra al Consejo Federal Inglés, en la que los ginebrinos se niegan, en primer lugar, a aceptar, ellos mismos, mandatos ingleses, escriben con una empalagosa actitud conciliadora y adjuntan un folleto (firmado por Perret, Duval, etc.) dirigido directamente contra el Congreso de La Haya y el antiguo Consejo General de Londres.

Esos tipos van en él, en muchos aspectos, más lejos que los jurásicos; por ejemplo, exigen la exclusión de los llamados trabajadores intelectuales. (Lo más hermoso del caso es que este engendro lo ha escrito el miserable aventurero militar Cluseret —quien en Ginebra se hace llamar fundador de la «Internacional» en América—. El señor quería el Consejo General en Ginebra para ejercer desde allí una dictadura secreta.)

Esta carta, junto con su anexo, llegó a tiempo para disuadir a Serraillier de ir a Ginebra!!! y (como también lo hizo el Consejo Federal Inglés) protestar contra las maniobras de aquellos sujetos y anunciarles de antemano que su congreso sería tratado como mero asunto local ginebrino. Fue muy bueno que no fuera nadie que pudiera poner en duda, con su presencia, este carácter del congreso.

A pesar de todo, los ginebrinos no lograron adueñarse del Consejo General, pero, como ya sabrás, han echado a perder todos los trabajos realizados desde el primer congreso de Ginebra, e incluso han llevado a cabo muchas cosas contrarias a las resoluciones allí adoptadas.

En mi opinión, dada la situación europea, es sumamente útil dejar pasar a segundo plano, por el momento, la organización formal de la Internacional y, en la medida de lo posible, no soltar el punto central de Nueva York, precisamente para que ningún idiota como Perret o aventureros como Cluseret se apoderen de la dirección y comprometan la causa. Los acontecimientos y el inevitable desarrollo y enredo de las cosas velarán por sí mismos por la resurrección de la Internacional en una forma mejorada. Por el momento, basta con no dejar escapar del todo la conexión con los más capaces de los distintos países y, por lo demás, no preocuparse un ápice de los acuerdos locales de Ginebra, ignorarlos sencillamente. La única buena resolución que allí se tomó, la de aplazar el congreso por 2 años, facilita esta manera de actuar. Además, es un contratiempo para los cálculos de los gobiernos continentales el que el fantasma de la Internacional, ante la inminente cruzada reaccionaria, se niegue de momento a prestar sus servicios, y que los burgueses, por el contrario, den por felizmente enterrado al fantasma en todas partes.

A propósito. Es absolutamente necesario que se nos devuelva el libro de cuentas de la administración de los fondos de los refugiados de la Comuna. Lo necesitamos imperiosamente para nuestra propia justificación frente a insinuaciones calumniosas. No tenía absolutamente nada que ver con la función general del Consejo General y, en mi opinión, nunca debería haber salido de nuestras manos.

Espero que el pánico americano no adquiera dimensiones excesivas ni tenga un contragolpe demasiado grande sobre Inglaterra y, por consiguiente, sobre Europa. Antes de la crisis general periódica siempre preceden crisis parciales de ese tipo. Si son demasiado violentas, no hacen más que descontar la crisis general y quitarle la punta.

Con el más cordial saludo de mi mujer,

Tuyo,  
Karl Marx

Me alegrará que me envíes recortes de los periódicos yanquis sobre la crisis.

¿Cuál es la dirección de nuestro común amigo, el albacea testamentario de Weydemeyer?

Engels mandará la próxima semana los 25 ejemplares de la «Alianza» que aún os corresponden.

Asociación Obrera