en Londres
(Borrador)

[Londres, hacia el 18 de septiembre de 1873]

Estimado ciudadano:

El lunes encontré la carta de usted que Miss Carroll había dejado en mi casa. Ese día y el martes estuve tan ocupado con asuntos relacionados con los refugiados franceses y con negocios de la Internacional, que no pude atender ni siquiera los más urgentes de mis propios asuntos, y mucho menos hallar tiempo para contestar las numerosas cartas que hallé a mi regreso a la ciudad. De lo contrario, le habría escrito de inmediato comunicándole que no podría presidir por usted el próximo domingo.

El martes, cuando estaba a punto de salir para despachar algo que no admitía demora y que debía quedar resuelto antes de la una de ese día, se presentó de nuevo Miss C[arroll]. Era la una y media, y yo tenía que recorrer una milla hasta el lugar. Aunque hubieran llegado una docena de mis más viejos amigos desde el otro extremo del mundo, no habría podido recibirlos en ese instante en que no me sobraban ni cinco minutos. Habría tenido que tratarlos exactamente como traté a Miss C[arroll].

Después de describirle, con la mayor cortesía que me fue posible, mi momentánea situación, ella me preguntó de modo categórico si presidiría o no por ella; lamenté no poder hacerlo, pues ya tenía un compromiso para esa noche, y le reiteré mi pesar por tener que dejarla tan súbitamente; acto seguido, me interrumpió y ni siquiera me dio tiempo a preguntarle cuándo y dónde podría hablar de nuevo con ella, sino que dijo que ya estaba acostumbrada a cosas semejantes por parte de los internacionales que viven en Londres, y se marchó.

Me dio lástima, y atribuí su comportamiento a la sensibilidad exagerada que a menudo provoca un contratiempo. Por desgracia, la carta deliberadamente ofensiva que me ha escrito después no me deja duda alguna acerca de lo que se esconde tras toda esta virtuosa indignación.

Presidir el domingo es un honor que me vi forzado a declinar:

1. porque, como he dicho, tenía un compromiso previamente concertado;

2. porque, contrariamente a lo que usted supone, no recuerdo haber oído jamás con anterioridad el nombre de Miss C[arroll]; tampoco pude obtener más información de una o dos personas a quienes pregunté.¹ Y no se puede esperar que yo presida por alguien de quien no sé nada o casi nada.

3. Jamás he presidido un mitin público de ingleses, y tampoco pienso hacerlo. La única vez que presidí por usted, fue en una reunión de una sociedad alemana privada, de la cual yo era miembro.

En todo caso, este pequeño incidente no habrá sido inútil si usted aprende de él que no procede proponer a personas como presidentes ni utilizar de otro modo sus nombres, sin haberse puesto previamente de acuerdo con ellas y haber obtenido su consentimiento.

Fraternalmente suyo

¹ Tachado en el manuscrito: Aun suponiendo que ella fuese lo que usted debió de creer que era cuando me la recomendó, a saber, una revolucionaria sincera, debería usted saber, no obstante, que las hay en gran número y de las más diversas tendencias, y que ninguno de nosotros podría identificarse públicamente con todas y cada una de ellas. Como no conozco en absoluto las opiniones de Miss C[arroll], podría haber sido mi deber, al término de su discurso, levantarme y manifestar una opinión divergente sobre partes de lo dicho por ella, con lo cual habría perjudicado más que beneficiado.