en Hannover

Londres, 1 de julio de 1873

Querido Kugelmann:

Toda la noticia de la enfermedad de Marx proviene de ese estúpido Barry, que la ha llevado a los periódicos, y quien recibirá un buen rapapolvo cuando se deje ver.

El caso en sí es el siguiente. Desde hace varios años, Marx padecía, de manera intermitente pero en grado creciente, de insomnio, que él disculpaba con toda clase de pretextos endebles, por ejemplo, con una arraigada tos de laringe; pero el insomnio persistió después de curada la tos. El trabajo de condenado que le ocasiona la traducción francesa del “Capital” —tiene que rehacerla, por así decirlo, por completo—, las prisas del editor y otras incomodidades relacionadas con ello y añadidas agravaron la cosa; pero él no quería dejar de lado el trabajo de revisión, hasta que por fin apareció una presión notable en la región de la coronilla y el insomnio se intensificó hasta el grado máximo, de modo que incluso dosis muy fuertes de cloral resultaban ineficaces. Yo conocía el caso por experiencia con Lupus, que también primero se puso enfermo de tanto trabajar, luego fue descuidado por el médico y después tratado equivocadamente por meningitis; le dije enseguida a Marx, pues, que se trataba del mismo estado que en el caso de Lupus y que debía dejar de trabajar. Al principio él trataba de salir del paso con bromas malas, pero pronto comprobó por sí mismo que, cuanto más se esforzaba, menos capaz de trabajar se volvía; así que le moví a ir a Manchester a consultar a Gumpert. Éste se encontraba precisamente en Celle con su primo, el capitán Wachs, de modo que Marx tuvo tiempo de reponerse unos doce días en Manchester antes de que Gumpert llegara. Yo le había escrito a Gumpert mi opinión y le había dicho también que Marx suele recuperarse muy rápidamente. Gumpert me dio toda la razón y puso a Marx bajo una prescripción estricta: no trabajar más de dos horas por la mañana y dos horas por la noche, desayuno obligatorio y paseo obligatorio después del desayuno, vinos ligeros con agua de Seltz, mucho ejercicio, vientre abierto, una receta que no he visto, dosis muy fuertes de cloral en caso de insomnio persistente, etc. Marx volvió mucho mejor de Manchester, y aunque no se mantiene siempre por igual, cosa que no era de esperar, está con todo mucho mejor, incluso en los días malos, que antes. Pienso sacarlo pronto, por algún tiempo, completamente de su rutina de trabajo, lo que, por lo demás, Gumpert le ha prescrito también como remedio curativo definitivo; y cuando tenga dos o tres semanas de reposo y aire libre, ya podrá soportar de nuevo un pequeño embate. En cualquier caso, duerme de cuatro a cinco horas por la noche sin cloral y de una a hora y media después de comer, y eso es más de lo que ha hecho en casi un año —en La Haya, por ejemplo, apenas durmió—. Por lo demás, esta vez sabe que la cosa es seria y sigue las prescripciones con una rigurosidad casi pedante, y como todo empeoramiento se descubre de inmediato, siempre puedo predicarle a tiempo reposo y recuperación.

Por lo demás, las cosas por aquí van regular. Jenny está esperando su parto (pero no le dejes notar que te lo he escrito). Lafargue y yo hemos terminado ya el trabajo sobre Bakunin y la Alianza acordado por el Congreso; en cuanto la comisión lo apruebe, se imprimirá; armará un escándalo de mil demonios. Lafargue y Dupont han montado una fábrica de instrumentos de hojalata para explotar una patente tomada por Dupont; Serraillier es su vendedor. Johannard se ha ido a Liverpool; Vichard finge realizar negocios comerciales; Mottershead sigue bebiendo; Hales y Jung han fracasado estrepitosamente con su intento de hacer secesión aquí; Eccarius ha desaparecido desde que el Parlamento no se disuelve. Las demás cosas las he enviado al “Volksstaat”, donde lo leerás en el próximo número.

Con el mejor saludo.

Tuyo,

F. Engels