en Ginebra

Londres, 14 de junio de 1872

Querido viejo:

Con tu cálculo respecto al Congreso no estamos aquí del todo de acuerdo y, por ejemplo, los jurasianos, con sus consabidas maniobras, y los italianos por sí solos enviarían seguramente 30 delegados, si no 50. Pero eso, por desgracia, es de momento lo de menos. Lo que hace imposible el Congreso en Suiza este año es la desdichada y del todo innecesaria escisión que, con motivo de la revisión constitucional, se ha producido entre los obreros suizos alemanes y franceses y que ha dado a los jurasianos ocasión para tanto júbilo y para una exposición tan digna de su superioridad abstencionista. Aquí no podemos por menos que atribuir la misma culpa a ambas partes. La constitución suiza revisada era, en el mejor de los casos, poco más que un progreso burgués muy moderado, que por una parte imponía algún movimiento a los bárbaros de los cantones primitivos, pero que por otra podía frenar en su propio desarrollo a los cantones más avanzados, en particular a Ginebra —ciudad industrial constituida en república independiente, en una situación excepcionalmente favorable—, al ponerlos bajo el control de la mayoría campesina suiza global. Según la localidad, había pues cosas que decir a favor y otras en contra de la revisión; mis simpatías personales se habrían inclinado más bien a favor que en contra; pero a buen seguro todo ese trasto no valía la pena de hacer de ello una cuestión de disputa en el seno de la Internacional y de dar a los jurasianos ocasión de decir: Mirad, nosotros los salvajes somos sin embargo mejores personas, ¡nous nous abstenons!, mientras los demás se pelean por la barba del emperador y demuestran que toda política es perjudicial. — Sabemos muy bien cómo se las gasta la gente en un nido siempre pequeño como Ginebra y en toda Suiza, donde todos se conocen personalmente y donde, por tanto, todo movimiento político adopta la forma del chisme y de la camarilla, y por eso no tomamos la cosa tan a pecho y pensamos que el sentimiento proletario volverá a imponerse en poco tiempo y a allanarlo todo, pero, como digo, celebrar el Congreso en Ginebra se hace desgraciadamente imposible por ello, y pensamos ahora en Holanda.

A Utin, que con todo eso es un muchacho terriblemente honrado (aunque, naturalmente, por ruso no sea ni alemán ni francés), la ausencia de la camarilla local ginebrina también le sentará bien. Por lo demás, le he escrito exactamente en el mismo sentido y le he dicho que no compartimos en modo alguno su opinión sobre el federalismo, tal como la predica en la «Égalité». Pero todo eso son cuestiones secundarias, y nuestro verdadero campo de batalla se halla en realidad en otra parte completamente distinta. Espero tener pronto noticias de que vosotros dos, los no suizos, habéis olvidado vuestra querella local suiza y la habéis ahogado en una jarra común de Yvorne o de Cortaillod. ¡La entera Asamblea federal suiza habría puesto el grito en el cielo si os hubierais presentado ante ella con lo de la emancipación de los obreros por los obreros mismos!

Vaillant se encuentra, por lo que sé, bastante bien, y Frankel también, más que bien incluso, pues es de naturaleza muy enamoradiza. Ayer vi a Jung; parece haberse recuperado del reumatismo que lo atormentó hace un año y medio. Marx está asimismo considerablemente mejor que el invierno pasado, pero tiene mucho trabajo con la segunda edición alemana y con la traducción francesa de «El Capital», que aparece ahora. La rusa ha salido y está muy bien. Por lo que a los rusos en general se refiere, existe una diferencia enorme entre los rusos llegados antes a Europa, nobles, «aristocráticos», a los que pertenecen Herzen y Bakunin y que son todos unos farsantes, y los rusos que vienen ahora, surgidos del pueblo. Entre estos últimos hay personas que, por talento y carácter, figuran sin duda entre los mejores con que cuenta nuestro partido, tipos de un estoicismo, una firmeza de carácter y al mismo tiempo una comprensión teórica verdaderamente admirables.

¿Cómo se titula, pues, tu nuevo escrito, todavía en estado embrionario?

Fraternalmente tuyo
F. Engels