en Lieja

Londres, 10 de junio de 1872

Querido Cuno:

Con toda prisa, unas pocas palabras. Envuelto en una «Kölnische Zeitung», he enviado hoy por el primer correo a Herman 2 ejemplares (uno de ellos para usted) de la circular del Consejo General sobre las intrigas bakuninistas. En ella encontrará usted todo el material necesario de la A a la Z.

Sobre la sociedad secreta española la Alianza, tenemos ahora las pruebas en la mano, y los individuos van a llevarse una alegría en el Congreso. En Italia la cosa existe seguramente también. ¡Si Regis pudiera viajar por allí! Pero el pobre diablo se encuentra ahora en Ginebra de repartidor de periódicos, sólo para poder vivir. Cafiero en Nápoles y alguien en Turín, que aún no sé quién es, han traicionado cartas mías dirigidas a los jurásicos. Por el asunto en sí no me importa, pero el hecho de la traición es desagradable. Los italianos tendrán que pasar todavía por una pequeña escuela de experiencia para aprender que un pueblo campesino tan atrasado como el suyo sólo se pone en ridículo si pretende prescribir a los obreros de las grandes naciones industriales cómo han de emanciparse.

Por lo demás, ya no recibo periódicos italianos y, por tanto, tampoco puedo enviarle ninguno. Cafiero, que siempre los enviaba, tiene evidentemente mala conciencia.

La carta de Düsseldorf que le remití la habrá recibido usted.

Que en Bélgica la cosa tiene un aspecto bastante lamentable, lo sabemos. La flojedad de esta nación neutral (sit venia verbo*) es la causa de que un intrigante y un asno puedan llevar allí la voz cantante. La Internacional en Bélgica decae más cada día, gracias a la indolencia de los dirigentes inteligentes y fiables. Por lo demás, los intrigantes que llevan la palabra nos han hecho el mayor favor con su nuevo proyecto de estatutos. La propuesta supresión del Consejo General ha puesto fin al último vestigio de su influencia (que, como la de una de las federaciones más antiguas, no era pequeña). Los españoles declaran esto directamente como una traición. Es una lástima que usted no vaya a España; esa gente le gustaría, pues después de todo, de todos los pueblos latinos son los que tienen más fondo. Y usted podría ser muy útil allí; ellos necesitan un poco de teoría alemana y son muy receptivos para ella, y al mismo tiempo poseen un fanatismo, un odio de clase contra los burgueses del que en el Norte, y también los tambaleantes italianos, no tenemos idea.

El verdadero inspirador del proyecto de estatutos belga es, naturalmente, una vez más Bakunin. El proyecto es de Hins, y éste es instrumento de Bakunin por afinidad de almas y por su mujer rusa.

Liebknecht entra el 15 de este mes en el calabozo.

Tan pronto como mi gente esté de nuevo en Manchester, volveré a buscar algo para usted. Ahora no puedo hacer nada. Con toda su mala suerte, tiene usted la suerte de ejercer un oficio con el que en todas partes, al menos para lo más necesario y en el continente, se encuentra bastante fácilmente colocación. Aquí, por la diferente organización del trabajo, es mucho más difícil.

Su reciente descripción de la impresión que le causó Düsseldorf me ha hecho reír de buena gana. Y nosotros, filisteos de Wuppertal, para nosotros Düsseldorf fue siempre un pequeño París, donde los piadosos señores de Barmen y Elberfeld mantenían a sus queridas, iban al teatro y se divertían a lo grande. Pero allí donde uno tiene a su reaccionaria familia sentada, el cielo es siempre de plomo. Y además, el progreso del desarrollo industrial, que también ha alcanzado a Düsseldorf, tiene en toda Alemania un carácter extremadamente opresivo, mortalmente aburrido, de modo que ya me puedo imaginar que la desolación y la tristeza de Wuppertal hayan conquistado ahora también Düsseldorf. Bueno, una buena mañana volveremos a expulsarlo y cantaremos la vieja canción que hace treinta años se cantaba en Milán:

Nun, nun, semper nun
E se ciappem la ciioppa
La pagaremo nun!

Pero la cuenta la pagarán los burgueses.

Suyo, F. Engels

* con perdón de la palabra  
** finalmente: ¡Nosotros, nosotros, siempre nosotros! / y cuando tengamos que pagar la cuenta, / ¡la pagaremos nosotros!